lunes, 5 de diciembre de 2016

Cuentos de la Calle Castilla (13): Años 30 (2) (Carlos Parejo)


Había entonces en la Calle Castilla no más de una docena de casas patio con balcones sobresalientes, cuyas cristaleras multicolores sujetaban firmemente herrajes y rejerías afiligranadas. Tras sus visillos las vestiditas niñas de las familias respetables contemplábamos cuanto sucedía fuera. Y si no pasaba nada hacíamos bordados, calcetas, zurcidos u otras labores; recitábamos versos, leíamos en voz alta, cantábamos coplas acompañadas del piano familiar, o rezábamos el rosario. Estaba prohibido que saliéramos a la calle, excepto cuando íbamos acompañadas de las criadas a las escuelas de niños y niñas. Tan sólo recibíamos en casa a algunas otras gentes importantes como el médico, el farmacéutico, el párroco o el procurador. Para ellos se abría media docena de veces al año el inmaculado y coqueto salón de las visitas, el que congregaba nuestros mejores cuadros, muebles y porcelanas. Cuánta envidia nos daba el ama de cría, que sacaba a pasear a los bebés hasta el monasterio de la Cartuja o a la vera del río Guadalquivir cuando venían los días soleados y suaves. Y no digamos la chica de los recados. Era la que se sabía mejor todos los chismes del vecindario. No en vano, desde la primera claridad del día salía a la carbonería y luego a comprar los desayunos en la lechería, la confitería y la tienda de pan y tortas; a media mañana hacía lo propio con las comidas yendo a las tiendas de comestibles y ultramarinos, a las de chacinas y a la frutería. Los días festivos eran la excepción a nuestro habitual encierro, pues íbamos a misa a la iglesia del Patrocinio o a la parroquia de la O; luego acudíamos a la sesión infantil del Cinema Triana y nos sentábamos en la única freiduría o el único restaurant de la calle, dándonos el lujo de comer al aire libre. Las casas de comidas y las posadas, así como las tabernas –que eran muchas-, sólo las veíamos de paso. Entrar en ellas era tabú para las familias respetables. Con todo, nuestro momento mágico era ir al fotógrafo Don Joaquín, e inmortalizarnos en sus placas sepias, con motivo del nacimiento, la primera comunión o boda de alguno de nosotros.

(¢) Carlos Parejo Delgado