viernes, 17 de octubre de 2014

La peste negra


Con la actualidad informativa copada por los asuntos de las tarjetas opacas y el ébola, ningún medio se ha hecho eco alguno de la noticia. Pero aquí, en la aldea, los pocos que no nos pasamos el día, amén de alienados, aterrorizados frente al televisor por miedo a la propagación del contagio por pagos aledaños, hemos tenido la oportunidad de conocerla en riguroso directo y de primera mano.

La cuestión es que un grupo de arqueólogos jordanos lleva varios años tratando de hallar en secreto la localización de la cueva de Alí Baba por nuestras tierras, esgrimiendo como aval para fundamentar tal posibilidad, los casi ocho años de dominación musulmana en la península.

Ayer tarde, ante la expectación de los pocos curiosos que los veníamos espiando de manera descarada a diario desde su llegada, creyeron haberla encontrado. Junto al venero que mana de las rocas en la ladera que linda con el huerto de la tía Cloti. Nunca había experimentado momentos tan emocionantes a lo largo de mi dilatada existencia. A la voz de ¡ábrete, Sésamo!, las rocas se apartaron como por arte de magia, dando paso a una inmensa caverna abarrotada de cofres antiguos. Todos vacíos. Por las huellas, que se adivinaban recientes, y el desorden imperante, resultaba evidente que alguien se había adelantado de manera apresurada a la llegada de los científicos.

No obstante, tras la expectación inicial, el presumiblemente prodigioso hallazgo quedó en nada. Según nos explicó el director de las pesquisas, no había posibilidad alguna de que aquella inmensa cueva fuese el origen de la fortuna de Alí Babá; allí cabían, sin duda alguna, miles de veces cuarenta ladrones.

Ha sido una lástima. De haber sido la cueva auténtica, podría haber supuesto un atractivo turístico de primer orden, y una oportunidad única para sacar del paro a un buen número de lugareños.

1 comentario:

Carlos dijo...

Metáfora cachonda de como se evade al paraiso fiscal extranjero lo que antes se llevaba a una cueva en el campo más cercano como hacía Ali Baba por el 1.100 d.c.