lunes, 13 de marzo de 2017

Hogar, dulce hogar, los paisajes domésticos (3): La mansión del Mikado (Carlos Parejo)


Nuestra “Tierra del Sol Naciente” es azotada varias veces al año por terremotos y tifones. No extraña por ello que a la entrada de mi vivienda haya sólo un farolillo rojo de papel, con mi nombre grabado en su piel. Y es que, aparte de los cuatro postes fijos que se clavan hondamente en el terreno, todo lo demás de la casa lo pueden derribar lo movimientos de la tierra o los vientos intensos, cada pocos años. Las paredes son de maderas finas; tableros desmontables que están barnizados con lacas y dibujados o labrados con primor por dentro y por fuera. Los tejados son, igualmente, una superposición de tableros muy finos, que si nos caen encima no nos provocan serios daños.

Dentro del hogar tenemos unos biombos con la madera labrada como si fuera un encaje, que acotan los diversos espacios domésticos durante el día: el horno para cocinar; el gabinete o despacho para escribir; el taller para trabajar,…A determinadas horas los desmontamos y creamos una gran sala rectangular para las comidas y la ceremonia del té. Una sala de estar donde no hay sillas ni mesas, tan sólo tatamis y bandejas, pues nos sentamos en el suelo. Allí también hacemos el baño en común de toda la familia y dormimos arrebujados unos contra otros en livianas colchonetas de paja. En invierno lo hacemos con un braserillo de cobre a los pies. Y en el seco y cálido otoño, con todas las ventanas abiertas.

Nuestro jardín trasero es el espacio más bello y delicado. Árboles enanos o bonsais lo tapizan, y en él vamos construyendo minúsculas colinas y lagos artificiales, separados por puentes. E incluso levantamos pequeños templetes budistas al modo de las casitas de muñecas de los occidentales. Ninguna rama del jardín se nos caerá encima cuando venga el terremoto o el tifón.

Para saber más. REYNOSO, Juan. En la Corte del Mikado. 1904. Náusica. Barcelona. 2006.

(¢) Carlos Parejo Delgado