sábado, 24 de septiembre de 2016

Gen-ética

―Parece mentira, a su edad, lo del señor T, ¿no te parece?
―Perdona, pero creo que no termino de entender del todo lo que pretendes decir.
―Digo que, con los riesgos que ha corrido y lo mucho que ha luchado durante toda su vida para mantener la mina a flote, está el tío como un pincel.
―Oh, sí, el frío de Baqueira, las rachas de viento en la Bahía de Palma navegando a todo trapo o tanto tener que cambiar de restaurante con el tema, no ya sólo de la mina, sino también de sus otros muchos negocios, debe ser de lo más duro.
―¿No te estarás burlando de mí, verdad?
―Oh, no, lo digo en serio. Este tío debe tener una genética a prueba de esclavistas. No como padre, que era un enclenque y, con apenas 35, ya estaba “eslomao” de picar en la bendita mina. Y mira que era el suyo un trabajo seguro y relajado. Pero él, siempre quejándose de la espalda. De nada valieron las friegas que le daba madre a diario con alcohol de romero. Porque el jornal, aunque decente, no alcanzaba para “fisiokaratecas” y, al mismo tiempo, proporcionar unos buenos estudios a los niños, como decía la pobre. Y, como padre, el abuelo. Siempre los dos con la puñetera espalda. Hasta que se los llevó la maldita silicosis. Antes de los cincuenta. Y yo, con tales antecedentes, qué quieres que te diga, temiéndome lo peor. Qué se le va a hacer, es la sempiterna salud quebradiza de la clase trabajadora…
―No eres más que un jodido cabronazo, siempre lo has sido. Y, como siempre, como desde que éramos bien pequeños, te encanta tocarme los huevos y, a la menor oportunidad, te pitorreas en mis putas narices de todo lo que digo. Nunca entenderé por qué papá y mamá no te enviaron a ti a la universidad en mi lugar. Tú, aunque tan retorcido, eres mucho más listo.
―No, no, hermano, hablo completamente en serio. Y admito que, como no podría ser de otra manera, es la selección natural la que nos pone a cada uno en el lugar que nos corresponde. Porque para conducir la nave y llevarla a buen puerto, con lo peligroso que resulta algo así y el esfuerzo que conlleva, hacen falta hombres con una salud de hierro. Como el señor T. Para agarrar los remos o bajar al agujero vale cualquiera. Mírate tú, con dos carreras, y 10 o 12 horas diarias sentado en esa maldita oficina haciendo labores administrativas para el señor T. Y con esos dolores de espalda; todo el día sentado, que es algo carente de riesgos y que no requiere esfuerzo alguno, y con la espalda reventada. Tan joven. Genética, hermano, eso es todo. Frente a la genética, toda preparación es poca. Si tuvieras la genética del cabronazo del señor T, con tus estudios y tu valía, ya hace tiempo que estarías sentado en el consejo de administración de cualquier gran empresa. Corriendo riesgos. Esforzándote hasta la extenuación. Esquiando. Navegando. Brindando con champán francés tras haber degustado los mejores platos. Pero somos débiles, hermano. Por genética. La jodida y quebradiza genética de la clase obrera. Anda, vamos, te invito a unos mostos de los espléndidos viñedos del señor T. Y a unas bacaladillas.

1 comentario:

carlos parejo dijo...

Antes se decía nacer con buena o mala estrella. En este mundo complejo y globalizado hay que nacer depredador más que herbívoro...