No llores que tu llanto Enturbia la alegría, Trueca en eclipse el día, Pone mordaza al canto Y se hace en mí quebranto Y triste malandanza. No llores; la bonanza Vendrá tras de la agreste Tormenta, en su celeste Dará a luz la esperanza.
A veces compro un libro por azar de algún autor por mí desconocido. Sólo ha de ser poeta. Entro en la librería y con los ojos cerrados como noche de ancha niebla lo elijo y leo luego algunos versos. Si me gustan comienza la aventura, tal vez hacia un edén, quizá a un desierto. Aquella tarde en Huelva tuve suerte; había descubierto a una poeta rotunda, inteligente, amable, fértil, con una cadenciosa melodía llevando suavemente en sus poemas al éxtasis más hondo de la idea. Más tarde esa poeta resultó un ser humano humilde y generoso, sensible, inteligente, amable, dulce; y qué hermosa mujer, la puñetera, aun vista tras los ojos de la niebla.
Hoy junto a tu dolor mientras tú me dejabas conmovido estrecharlo en mis brazos y hacerlo igual que tuyo mío no sé pero he sentido que aquello que abatiéndome hace tanto dijiste no era cierto. Y no sabes cuánto y cómo he llorado.
Estoy pensando en ti. No se qué sientes. No digo ya por mí, digo por todo; Los sueños, lo imposible, el miedo, el llanto, Las huellas en la arena, la esperanza, La risa, el horizonte, el desamparo. Llevo pensando en ti casi 10 años. 10 años ocupando mi memoria, 10 años sin dar tregua como un cáncer Que duele y crece y duele y duele y duele, 10 años sin saber ni haber sabido, Qué sientes, cómo estás, ni si sentiste Alguna vez metido en tu memoria Doliendo mi recuerdo. Como un cáncer. Sin saber que sentía. Si yo, acaso, También te echaba en falta recordándote.
Hará ahora 15 días Que me llamó en la tarde un editor De esos de mala muerte y verbo fácil, Diciendo estar interesado En publicar mi obra completa. Sin llegar a dudarlo un solo instante Le respondí que no, Que no eran mis poemas un producto Que hubiese de poner jamás en venta. El tipo me rogó que, por lo menos, Dejase me contase cara a cara Los muchos pormenores de su oferta. Pensando que tal vez fuese un buen modo De asesinar de forma divertida El tiempo sin sentido que me sobra, Me di cita con él, tras el ocaso, En un sucio tugurio frecuentado Por putas tristes y hoscos proxenetas. Después de mucho hablar -el tipo era insistente-, De 3 ó 4 porros Y más de 10 cervezas, Llegamos a un acuerdo: A cambio de tan sólo un ejemplar Que habría de enviar con 13 rosas Un día del 4º mes año tras año A una casa hace mucho inhabitada, Podría publicar lo que quisiera. Mas sólo habría de hacerlo tras mi muerte Y siempre que la misma aconteciese, Violenta, repugnante, aterradora, Manchando, salpicando mis escritos, las paredes, De vísceras y sangre. Pero hace tantos días –ya dije que unos 15- Que empiezo ya a temerme que el sujeto Tal vez se haya rajado Y no dé cumplimiento a lo pactado Sin firmas de por medio como suelen Hacer los malhechores Y alguna vez también los caballeros.
No haber podido estar no haber sabido. No haber estado allí compartiendo el dolor y tratando de hacer menos cruda y luctuosa solitaria y violenta la impotencia que quiebra la esperanza y el ánimo cuando un tiempo que fue lumbre de nuestro tiempo muda en polvo y cenizas. No haber podido estar no estar no haber sabido no saber.
Cada mañana al despertar me digo “este ha de ser, este es al fin, llegó mi día. El día D y la hora H, el desembarco haciendo frente al frío, desafiando las minas enterradas en la arena, las balas enemigas, las piernas y los labios amputados, el humo y el estruendo, los cadáveres, las vísceras, la sangre, la metralla, los gritos de pavor de los heridos que saben que se mueren, que están muertos. Este ha de ser. Allá, tras de las dunas, me esperan paz y calma, el armisticio laureles de victoria, el paraíso.” De súbito un impacto alcanza el pecho, un plúmbeo proyectil de angustia y miedo penetra, estalla, astilla, hace pedazos los huesos, los pulmones, las arterias, y abate la esperanza contra un mar que, hecho resaca, arrastra sus despojos moribundos hacia el fondo de un sueño pegajoso que se quiebra en el disparo celeste en que despunta cada aurora.
Muerto sin ti Que has muerto, Que, al quitarme tu vida, Me quitaste la vida, Te extinguiste, te fuiste Como lo hacen los muertos. Y yo aquí recordando, Ignorado, olvidado; Con tanta tierra encima, Duelo, vértigo, espanto, Sin morir aun tan muerto, Escarbando en la tierra, Llorándote, buscando Un no sé qué en la nada.
Te exhorto te convoco. Febril ahogado solo te ruego ven te ruego que acudas en mi auxilio que arranques que depongas que acalles esta súplica que entregues al olvido este runrún insomne sin eco que confunde su nombre con tu nombre.
Acuérdate de cuando fuimos niños los turbios niños de cuando fuimos vivos por pura complacencia del destino. Mudos. Turbios niños Callados cuando fuimos niños Creciendo silenciosamente educados. Nunca fuimos realmente niños en mitad del dolor amargo de las guerras. ¿Y ahora? nunca seremos nada Nunca es imposible así con este aire de injusticia brutal acometida ante los ojos. Acuérdate de cuando turbios niños fuimos despoblados. Nada como entonces a pesar de todo.
José Antonio Labordeta, poeta, cantautor, actor y, entre otras muchas cosas, político honesto y sin pelos en la lengua (rara avis, pues), ha muerto la pasada noche en Zaragoza. Descanse en paz.
Recuerdo con nostalgia aquel primer poema; aquel en que te hablaba del brillo de una estrella, un gnomo y renacidas creencias en la magia. No fueron buenos versos; mas tú los valoraste como si hubiesen sido de Borges o Cortázar; como una sinfonía de Mozart o de Mahler, o el Himno a la Alegría de Ludwig van Beethoven. Ya ves que, con el tiempo, mis versos han ganado en ritmo, rima y métrica, así como en retórica; mas ya no hablan de magia, estrellas, fe, esperanza, y suenan sus acordes a endecha y elegía. Y hoy que, cuando rasga sus fúnebres mordazas, tan sólo, a tus oídos, estruendo es mi poesía; recuerdo con nostalgia aquel primer poema.
El pueblo está tranquilo, como si no estuviese pasando nada. Al cabo, sólo han sido unos centímetros, y a base de toneladas de vaselina de las marcas la Roja, ahorasíahorametocaamí o, entre otras muchas, tonteríaslasjustas, ser objeto de la brutal sodomización de los poderosos, de las sanguinarias mafias económico-políticas que rigen nuestros destinos ya casi sin destino, puede llegar a parecernos que resulta hasta agradable.
Pero esta desmedida y hasta ahora nunca antes conocida ofensiva criminal del fascismo económico y sus pusilánimes mamporreros políticos de estómagos agradecidos y sonrisas profident sólo acaba de empezar. Y no cejará en su empeño hasta habernos succionado la última gota de aliento, de esperanza, y haber transformado nuestro presente en un páramo reseco y sombrío sin la leve luz de una utopía, y el futuro de nuestros hijos en un desierto, en un presidio, en una sucia mazmorra en la que, para subsistir día a día, tendrán que jugar a cada instante y al unísono los roles de torturadores y torturados, como deleznables y sucios peones del darwinismo social a ultranza, de la ley sin ley de la jungla.
Tal vez –el enemigo es tan fuerte, hace un juego tan sucio, pega golpes tan bajos- ya no haya manera de pararlos. Tal vez ya cualquier esfuerzo por hacerles frente sea inútil y esta sea la conspiración definitiva. Tal vez ya todas las cartas hayan sido echadas y ese futuro sin apenas futuro de mis hijos, de tus hijos, tenga ya la partida perdida. Pero no será con mi silencio, no con mis brazos cruzados, no con mi irresponsabilidad, no con mi cobardía, no con mi miedo. No, yo no seré un cómplice más en este linchamiento, en esta lapidación, en este empalamiento que pretenden perpetrar contra los inocentes. El 29-S, y el día siguiente, y el siguiente, y el siguiente, y el siguiente, y el siguiente… me revolveré contra estos criminales de cuello blanco con la paz y la palabra y, si fuese necesario, hasta a uñas y dientes. Y no sólo arriesgaré en mi afán mi miserable sueldo de un día o mi puesto de trabajo, sino, de ser necesario, hasta la propia vida. Mis hijos, tus hijos, su futuro, con sólo ese motivo, ya me sobra.
(El aire calcinado reverbera, mudando el mineral fuego en azogue que cian y fresco canta cual sirena.
-El cántico es semilla de deseos-.
De súbito su sed se hace tan grande, que no le basta el agua que retiene el barro sin aliento de sus manos, y, luego de dejar que se le escape, se lanza hacia esa mar dulce y sin límites, pegándose de bruces con un yermo de arena, sólo arena, sólo arena.)
Más vale cántaro en mano que cuento de la lechera.
Cantábamos de niños en la escuela, Formados a la entrada, el Padrenuestro. Con voces inocentes elevábamos Al cielo nuestros ruegos infantiles: Perdónanos, Señor, por nuestras deudas Y líbranos del mal, sin comprender Cuál era nuestro débito o pecado Ni en qué infierno moraba lo malvado. Seguido el Cara al Sol, ¡arriba España!, Que empieza amanecer al paso alegre De aquellos que, en su infame represalia, No cejan, impasible el ademán, De no otorgar la paz al derrotado. Después las cuatro tablas aritméticas; Dos más tres, cinco, dos más cuatro, seis, La leche del franquismo en los recreos, Tres por tres, nueve, tres por cuatro, doce, En una España hurtada y dividida, Asqueada de opresión en su miseria. Más tarde, los linderos de la patria, De la Una, la Grandiosa, la Libérrima: Al norte la memoria de los muertos, Al este una voz libre, la palabra, Al sur la libertad, y hacia el oeste ¡Santiago y cierra España!, el Campeador, La inicua dictadura portuguesa. Al cabo, con los años, comprendimos El vil significado de esos cánticos: Que el mal estaba en las camisas nuevas De sucios patrioteros criminales, Bordadas con el rojo de la sangre De carne de penal y paredones; Que aquella deuda, estigma, no eran otros Que ser los herederos del vencido; Que la Una, Grande y Libre era un presidio Herido y dividido, miserable, Sin paz tras la victoria, donde el llanto Se había de disfrazar tras himnos, loores, Fingiendo que en el fondo de su ergástula Volvía a sonreír la primavera. Cantábamos de niños en la escuela Y hoy vemos con horror que aquellos cantos, En voz de los cachorros sucesores De aquel perro rabioso e impasible, Regresan nuevamente a nuestra tierra, Ocultos tras disfraces de cordero Y un falso pedigrí de democracia. Así que si te dicen que caí, No pienses que fue causa el abandono Del puesto al que te digan me debía, Será por entonar mis propios cánticos.
No es fácil presumir su edad. Debajo del rictus de amargura que atraviesa, como una cicatriz que no ha sanado, su tez de desamparo e intemperie, los años cobran una dimensión que no se mide en lunas o estaciones. Tras mucho caminar sin norte alguno golpeado por la lluvia desde el alba, sentado en las heladas escaleras de un templo, halla a un mendigo que le ruega le deje por piedad una limosna. Le entrega su reloj y las monedas que lleva en los bolsillos, menos una que guarda en un zapato, y pone rumbo camino de la mar con paso grave.
"Tú tienes alas y yo no: con tus alas de mariposa juegas en el aire, mientras yo aprendo la tristeza de todos los caminos de la tierra."
Dulce María Loinaz
Ojalá nunca sientas cuán duro es que te traten aquellos que quisiste, que sigues aún queriendo, igual que a un apestado. Que anhelando acercárteles como un perro aterido buscando al menos de ellos, tras un largo abandono, una palabra amable; eleven insalvable frente a tu afán, apenas agónica esperanza, la aséptica barrera del más hondo silencio; los muros del desprecio como una cuarentena sin límite de tiempo, como un profundo abismo con fauces de Leteo. Que trates de tender un puente hasta su mundo y, a hachazos inclementes de hirsuta indiferencia, lo abatan, hecho añicos. Que en tan vasta impotencia, te arrojes al vacío y, al ir a abrir las alas, tan sólo halles muñones sin aire en tus espaldas, quedando así a merced del insondable infierno donde muda en cenizas el futuro en el óxido del tiempo detenido. Ojalá nunca sientas lo que siento y habré de seguir aún sintiendo hasta el golpe de gracia que me hermane al vacío.
A mí, cantor de aromas de glicinas ajadas por la nieve prematura, jamás me dedicaron un poema, un tierno madrigal o un tanka al alba, escritos con pasión sobre las mangas violetas del kimono perfumado con gotas temblorosas de rocío. Y amargo es vislumbrar que, cuando falte, tampoco ira la geisha a la que espío detrás de sus biombos de soslayo, a cantarle al cadáver, ya sin alma, que habrá de sucederme tras mi ocaso, con llanto en las pupilas, con nostalgia e inconsolable pena, una elegía.
ESTA mañana, justo al despertarme, he experimentado una suerte de extraña y cegadora iluminación y me he propuesto cambiar de vida y ser escritora y comenzar mi nueva labor profesional relatando los diálogos acaecidos entre una mujer y su sombra. No obstante, ya hace dos horas que cayó la noche -lo supe por el estrépito que produjo la estrella polar al hacerse añicos contra el asfalto de la avenida- y no he logrado escribir una sola palabra. Y no es que piense que las sombras carezcan de aptitudes para el diálogo -sé que, en su oscuro laconismo, nos lo pueden llegar a contar prácticamente todo-, es que nunca tuve una mujer a mi lado y, en consecuencia, ahora estoy absolutamente convencida de que nunca he existido.
Te quiero, eso es seguro; Te busco noche y día tras el impulso eléctrico que desatan las yemas de mis dedos cansados; en la luz que ilumina la palabra vacía y, otorgándole esencia, le da significado.
Te busco, estás, sonrío; Pero un rictus amargo de sal y algas y espuma emerge en la sonrisa, amoratando el labio; hundiéndome en los cánticos de una sirena ahogada que, muda, habita el fondo del más profundo lago.
Te busco, mas me niego a arrastrarte conmigo a las aguas eternas que inhuman mi naufragio. Te quiero, eso es seguro.
De noche, mientras duermes, mientras, plácidamente, descansas y, olvidados tus sueños, yaces sola; hay alguien que, en su lecho, solo, aunque acompañado, solloza inquieto, insomne, uncido a un sueño muerto.
Por qué no vienes, vienes, Te acercas, me aproximas, Me alejas, te distancias; ¿No ves que tengo miedo A hablarte, a tu silencio, A que hables, a callarme, A hallarte, a que te pierdas, A que mueras, que nazcas, A morir, a la vida? Por qué, por qué no vienes.
ESA noche estaba exultante -tanto que no pude probar bocado ni conciliar el sueño-; al amanecer me esperaba el patíbulo. Y nada de una piadosa inyección letal, de sentir entre convulsiones como el veneno va inundando la sangre, agarrotando los músculos y pulmones, la esperanza de que todo no sea más que un mal sueño -según he escuchado referir en numerosas ocasiones, cuando llega ese momento flaquean los ánimos de hasta el más demente-. Gracias a todos los demonios del infierno, el juez había tenido a bien admitir mi petición de ser ejecutado mediante el ya casi olvidado, poco conocido por aquí y más que desagradable método del garrote vil. No veía la hora de que llegase ese instante excitante y único en el que se sienten crujir las vértebras, ese último chasquido eléctrico como un relámpago que todo lo apaga. Camino ya del cadalso, llegó la mala noticia. Mi abogada había conseguido demostrar a última hora inmensas lagunas e irregularidades en la instrucción del sumario, así como que, cuando perpetré los abominables crímenes que me habían llevado hasta allí, lo había hecho afectado por un estado severo de enajenación mental más o menos transitoria. Mi pena era conmutada por la de libertad perpetua. Todos mis sueños, el futuro entero, se me vinieron abajo en ese instante como un castillo de naipes, como una huella en la arena que el mar borra de un único y certero zarpazo, como el cuerpo sin vida de un fusilado. Sin duda, eso suponía que debería volver a las calles, la mendicidad, el hurto, el frío, la lluvia, la soledad, la incomprensión, el desdén, la burla, el hambre. Abatido, no obstante, decidí celebrarlo. Con destreza arrebaté el arma reglamentaria a uno de los guardias y comencé a disparar a todo bicho viviente. La primera en caer con el cráneo reventado y sus cabellos rubios salpicados de sangre fue mi abogada. Era la imagen más bella que había contemplado en toda mi vida. Esta noche estoy exultante; al amanecer me espera el patíbulo.
Pagué, sigo pagando, pagaré un alto precio. ¿Por qué, a cambio de qué? ¿Por no haber conseguido domeñar mis pasiones? ¿A quién, por cuánto más? ¿A nadie, para nada? Es tan inmerecida la hiel de este des-crédito, que ya sólo mantengo, aun siendo incertidumbre, una hiriente certeza: no sé si aún mucho tiempo; mis bolsillos, vacíos, no soportan ya el peso de esta impagable deuda.
CUANDO supo que gracias a aquella canción del verano -desagradable y lacerante mezcolanza de mal gusto y estrépito- autor, intérprete y discográfica se habían forrado, no pudo dejar de pensar que en la absurda sociedad que le había tocado en suerte, se había ya llegado a un punto en el que bastaba una descomunal gilipollez para, con un poco de fortuna de su parte, poder hacer millonarios a aquellos que la perpetraban. Y, tras considerar que, pese a llevar toda su vida haciendo el gilipollas, seguía siendo más pobre que una rata, concluyó que sólo podía deberse a que estaba irremediablemente gafado.
Tan cerca estás, a veces, Que alcanzan a rozarte Mis manos que, pasmado, No sé si son mis manos; Que tocan tan sin tacto, Que dudan si es tu piel O una piel rara, ajena, La piel que están rozando. Y qué espantoso es esto.
AQUELLA noche soñó que se le caían los dientes. Seis días después -sin ningún tipo de nota aclaratoria, sin que se hubiese producido circunstancia alguna que de algún modo pudiese explicarlo, y sin que uno solo de sus allegados hubiese apreciado tan siquiera un mínimo síntoma en él que pudiese presagiar tal desenlace- se voló la cabeza de un disparo.
Tan sólo sabe un ángel que es un ángel cuando ha caído; cuando, desgarradas sus alas, sangra por la herida abierta, el hueco como cáncer en su espalda.
Y, al fondo del infierno, los demonios, que en éxtasis retozan con su sangre, no saben qué es el fango, la inmundicia, pues nunca, miserables, han volado.
El ángel que ha caído no los odia, tan sólo compadece su ignorancia, que no sepan que el cieno que respiran, dio muerte, aún no nacidas, a sus alas.
Solo dcir T kiero muxo Qe dspues d est tiempo Sin ablarnos ni brt T sigo exando n falta Sin embargo ace tanto Me negast tu kredito Ke carezco d saldo Y est SMS No yegara a dstino
Consume un día más sólo esperando que se obre el gran prodigio, lo imposible: que vuelva el tiempo atrás, a aquella tarde, y todo vuelva a ser como era entonces.
Consume un día más, solo, esperando sin fe ninguna en dioses ni milagros: el tiempo se ha parado, cubre el óxido aquel postrer tictac de los relojes.
Le resta un día menos al lamento brutal que lo consume, a la impotencia, mas mira hacia delante y los segundos se le hacen años luz ya sin estrellas.
El tiempo vuela en tanto él, ya cadáver, varado muere en la hora de su espera.
Castrados por la gula de los perros, hachazo a quemarropa, a bocajarro, los trinos de los pájaros, los árboles, las nubes, los veneros, los arroyos, los ríos, los estuarios, los océanos, los bueyes, las cosechas, la monarca, los sueños, la esperanza, la utopía, mudaron bajo el rayo y el relámpago de sal que con su rabia los fue ahogando, en yermo pedregal deshabitado. Ha mucho perpetraron la hecatombe; ya sólo se recuerdan de las reses sus trémulos pingajos palpitantes, de hinojos, indefensos, en silencio, comidos por guerreros y chamanes. Yo sigo aquí. Las noches y los días se suceden, sin luces ni penumbras, en este estéril páramo sin nombre, donde la primavera se ha fundido al frío del invierno, la sequía del hálito estival, las hojas muertas taladas en otoño por el viento. No obstante, hubo un periplo, una odisea, afán de exilio de estos grises pagos aun siendo mi destino el hondo Tártaro: mezclando con mi aliento una elegía, viajé hasta los dominios de Caronte; la barca no era más que un pecio en ruinas al fondo del crepúsculo apagado de un túnel sin confines ni horizonte y no se oía el lamento de los muertos. Al verme aparecer clamó el Barquero con tono desolado¡otro insolvente!, ¿Qué ocurre en las regiones de la vida, qué cojones, que aquí llegan las almas de los muertos sin un jodido cuarto? Ya ves como está todo, devastado, la barca hecha un naufragio, la laguna Estigia, un lodazal y a mí me deben la nómina de no sé cuántos años. Así que vete dando media vuelta y vuélvete al lugar del que viniste; no es nada personal, pero hace mucho dejamos de prestar nuestros servicios. Y así es que sigo aquí, espectro errabundo, en este estéril páramo sin nombre, rodeado otras almas cabizbajas, estulta muchedumbre de insolventes, que vagan resignados a su suerte sin crédito, callados, sin mirarse.
Tú no debías, querida, arrancar tu imagen del mundo, quitarnos de la belleza una medida. Enemigos de la muerte ¿qué haremos inclinados a tus pies rosáceos, en tu costado violeta? No has dejado hoja ni palabra del último día tuyo ni un no a cada cosa surgida de la tierra, un no a la monotonía diaria de los hombres. La triste, estival ancla de luna arrastró tus sueños: colinas, árboles, luz, noches, aguas; no confusos pensamientos, sueños reales desprendidos de la mente que decidió, improvisa para ti el tiempo, la vileza venidera. Ahora estás tras de duras puertas, enemiga de la muerte. –¿Quién aúlla? ¿Quién aúlla?- Has matado de un soplo a la belleza, la has golpeado para siempre, la desgarraste sin una lamentación por su loca sombra que sobre nosotros tiende. No bastabas, belleza, soledad deshecha. Has hecho un gesto en lo oscuro, has escrito tu nombre en el aire o aquel no a todo lo que aquí hormiguea y más allá del viento. Sé qué querías con tu nuevo atuendo, sé la pregunta que vacía regresa. No hay para nosotros ni para ti contestación, oh musgo y flores, oh querida enemiga de la muerte.
Hastiado de la parca realidad, ya siempre tan monótona y vacía, ansiaba cada noche soñarse otro en sus sueños. Mas, terca e inclemente, la vigilia con saña se oponía a sus deseos. Maldiciendo el insomnio, la luz de las farolas, el canto de los grillos, y aquel recuerdo estéril que no lo abandonaba un solo instante, mirando turbiamente al firmamento, al cabo se rendía a la impotencia y, henchidos sus sentidos de umbroso diazepam, sin alas descendía hasta un abismo vedado a la ilusión, la fantasía, el tenue resplandor de un espejismo. Después, con cada aurora, al despertar del sueño sin ensueños de los fármacos, de hastio y soledad, muy lentamente, sin fe, seguía muriendo.
Damas y caballeros, amigos, familiares, a todos buenas noches y gracias por venir a compartir la voz y la palabra. Sin duda, no debieron; seguro que tendrán cosas mejores que hacer que estar aquí para escuchar los sórdidos lamentos de un poeta, sus dudas, frustraciones, su inconsolable queja. No sé. Fregar los suelos, limpiar el polvo a fondo, hacer la cena, la colada, el amor -quizá alguno una guerra-, ver por televisión hasta altas horas algún programa rosa o un concurso, la predicción del tiempo, el fútbol, las noticias e, incluso, los anuncios o la carta de ajuste. Y, acaso, si prefieren estar un rato ociosos y no les apetece permanecer en casa, hay tanto bar abierto que lo sano sería estar tomando unos cubatas y, sin decirse nada, hablando a gritos a causa del volumen tan elevado siempre de la música. También están los clubes de alterne: droga, sexo, a precios asequibles para un bolsillo medio. En fin, hay tantas cosas que pueden ayudarnos a olvidar la cáustica y asaz monotonía que inunda nuestras vidas, el hambre, la miseria, las guerras, la tortura, los ojos de ese niño que nos mira sabiéndose ya muerto en su agonía, la obscena multitud que nos envuelve, haciéndonos sentir, saber, no obstante, tan solos y apocados. Mas qué mariconada la poesía, qué pérdida de tiempo la palabra en este lupanar de sordomudos del mundo cotidiano poblado de alimañas y estúpidos corderos que, sedados, aguardan complacidos su turno, su hora D en el matadero. Así que una vez más les doy las gracias. Ya veo que, como ocurre en estos actos con siempre reducida concurrencia, no son muy numerosos. Sin embargo, ni los más de 100.000 espectadores de un Barça-Real Madrid o una final de Copa podrían otorgar a este poeta tan grata y calurosa compañía.
CUANDO Israel Isidore Baline, más conocido artísticamente como Irving Berlin, compusiera en 1918 “God Bless America”, no es que se quedase corto en reflejar ese típico espíritu patriótico yanqui tan dado a, tomando la parte por el todo, tomarse el todo para la parte. Sólo es que eran otros tiempos y el imperialismo estadounidense, salvo puntuales escarceos en lugares como el norte de África o Japón, se había limitado a dejar caer sus ya pesados y deletéreos tentáculos casi exclusivamente sobre el continente americano. Hoy, cuando la larga historia de crímenes y genocidios perpetrados por los gobiernos y ejércitos de los Estados Unidos y su expansionismo, ya económico, ya militar, ha tocado, y de qué manera, los cinco continentes, es probable que Baline, hubiese titulado ese casi otro himno “americano” “God Bless the World”. Aunque, sin duda, el título más apropiado, en honor a la verdad, debiera ser “Satán maldiga al Mundo”. “God bless America, my home sweet home...”
“Pero escribí y me muero por mi cuenta, porque escribí porque escribí estoy vivo.”
Enrique Lihn
Para hacer frente al tiempo, mar voraz que, sin abras, toda huella devora y transmuda el sendero corredor de la muerte, nos fue dado escribir.
Escribir contra el cuarzo de la hirsuta impotencia lapidando el deseo. Contra el gas deletéreo con hedor a cianuro que destila el silencio.
Escribir contra el láudano que nos prende a los labios a traición la nostalgia. Contra el crudo disparo que a brutal quemarropa descerraja el olvido.
Escribir contra la horca de la ahogada esperanza asfixiando la risa. Contra el hacha del miedo que afilada de insomnio decapita los sueños.
Escribir contra el fuego lento de la hosca hoguera con que mata el destierro. Contra injustas sentencias que en las causas perdidas sonzeppitsuyseppuku.
Escribir conmutando negras penas de muerte por cadenas perpetuas.
Cómo quería, quise. Con la suerte, el azar, la fortuna, en la vida una vez, de mi parte; de qué modo, con qué locura ansiaba, ansié. Pero no pude, no; perdí la fe en mí mismo hace ya tanto tiempo, que a pesar del azar de mi parte, las ansias, no pude, no, no pude.
No hay nada más que hablar, ¿verdad?. Qué lástima tan grande esta honda duda, esta agonía de haberme al fin quedado con las ansias, con estas ganas locas por saber si, habiendo sido aun sólo un breve instante, alguna vez me amaste. No obstante estoy de acuerdo, no queda entre nosotros qué decirnos. Por mucho que eche en falta tu palabra y ansíe desbrozar la hiedra estéril que crece en mi garganta silenciándome, qué decir, para qué, si a fuer de interpretar tu hostil silencio, después de tanto tiempo preguntando sin nunca haber hallado una respuesta, dos cosas me han quedado ya muy claras; si en ellas se halla aquello que preciso para seguir vagando en tu recuerdo sin darme por vencido, pero habiendo por siempre renunciado ya a buscarte. Por mucho que me afane en olvidarte, te quiero. Y te querré, no hay duda alguna, hasta que llegue la hora de mi muerte. Y en este afecto inerme, limpio y terco encuentro los motivos y el coraje para seguir de pie pese a la bilis que mana espesa y negra por la herida que me abre infecta la otra certidumbre, que, aun menos importante, es la piadosa cadena que me impide ir en tu búsqueda: que luego incluso de ese último tránsito tú no podrás sentir más que desprecio por este ciego apego y quien, maldito sin nada que ofrecer, lo profesaba. No hay más que hablar por tanto: confluyen en el día de mi muerte, mi afecto y tu desdén, mi exánime pasión frente a la fuerza brutal de tu desprecio, separando por siempre tu camino y el desierto que habito con tan sólo el fatuo oasis de este imposible amor que no rinde. Mas que agua tan hirsuta y tan amarga, que no quita la sed, pero mantiene las ansias en su asfixia respirando. No hay nada más que hablar; lástima grande la duda que no cesa: no poder saber jamás si alguna vez me amaste; que, esclava del pasado, en el futuro no pueda ser verdad tanta belleza.
Existen muchos modos. Quizás tantos o más que granos incontables de arena en el desierto. Todos resultan arduos. Pero el ánimo puede siempre ser adiestrado para asumir con temple, entereza y sosiego, el espantoso trance que conlleva ese tránsito. ¡Mas que hirsuta excepción¡; para hacerlo de amor nunca existieron pautas, nadie está preparado.
Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti, le dijo el sacerdote sordo al mudo, que no sabía latín ni había pecado, y sólo fue a tomar el fresco a aquel confesionario.
Soberbio y elegante, muy puntual, rodeado de asesores por doquier, su chófer, trece escoltas y un bedel, muy propio el Consejero de la cosa, cualCaesar Imperatorqueveni, vidi, vici, llegó y cortó la cinta.
(Aplausos y sonrisasprofident, micrófonos y flashes, apretones de manos de esmerada manicura, "cuidado, Pepe Juan, que si te mueves no sales en la foto y puede que hasta incluso te saquen del pesebre".)
Queda solemnemente inaugurada otra covacha más de Alí Babá y su horda de ladrones.
Que no, que ya no puedo; Ahí queda mi renuncia irrevocable: No puedo ya cargar con este abismo Metido en mí humillando, aniquilando, Quebrándome los huesos hasta el tuétano. Quedaros con mis huellas, mis disfraces, Las vendas, las muletas, la morfina, La paz y el finiquito que merezco Por tanto tiempo atándome a los sueños, Incluso cuando hirsutas pesadillas Mudaron sin dar tregua ni un momento. Que no, que nada espero; Que no me queda ya ningún motivo, Perdido el tren que nunca hubo pasado Por este anden sombrío y solitario Sitiado por lo huero y la demencia. Que no, que ya no quiero; Dejadme que abandone, no insistáis, Que intento levantarme en carne viva Y caigo a tierra exangüe como un muerto. Tan sólo os rogaría, si es que alguno Le dais cierto valor a la quincalla Sin brillo y arruinada de mis versos, Que no dejéis que caigan en las fauces Silentes y amarillas del olvido. Quisiera desertar con la esperanza De que una noche de ancha luna llena Pudieran habitar alma y mirada De aquella por la cual fueron escritos Y estando yo no quiso conocerlos Debido a la afección que le profeso. Que no, que ya
No puedo.
Nota: Sólo se trata de un poema. Ni más, ni menos.
Qué triste qué espantoso haber llegado a esta gélida fiebre a este delirio que anegan de carencias con las sombras las frágiles regiones de lo onírico.
Metido tu recuerdo entre mis sábanas de noche a mi costado mientras duermo no entibia como antaño el subconsciente: no cabe la lujuria ya en mis sueños.
La flor del tabaco
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*(Pues si mata… que mate)*
*A Manolo Rubiales –echando humo.*
*Ayer noche, al quedarme sin tabaco*
*–Estaban los estancos y colmados,*
*Los quioscos...