domingo, 8 de mayo de 2016

La orquídea y la serpiente

Una sierpe sedienta de colmillos cariados
brota del verbo y se hace carne ciega y su tósigo
derrama en los baldíos sépticos del silencio.

Ha cumplido tres lustros de deriva sin ecos;
sin reptar en la gruta donde yace la aurora
junto al trigo en sazón que humedece el rocío.

Se ahoga, en tanto crece como un absceso inicuo,
sin lamer el salitre de la brisa pelágica
ni el letargo precario de mudar el pellejo.

Y atrapada en la sílice del sigilo y la grasa
de una orquídea pagana con pistilos de plástico
y raíces hundidas en tabúes sagrados,

tras silbar invocando a Morta, Nona y Décima,
las sonajas se extirpa y se adentra en el magma
frío y sin vuelta atrás de una matriz de piedra.

(Fue llamada poeta y se supo un gusano
condenado a velar para siempre al espectro
que eludió ser guarida y ubre para su cántico)