miércoles, 3 de junio de 2015

Revelación

Bajo el puente, el estío,
que año tras año se hace
más largo, ardiente y seco,
ha devorado el agua.

Al sol del mediodía,
el cauce descarnado,
mirado desde arriba,
se me antoja el osario
de un cadáver anónimo
que, sin crimen alguno,
pereció ajusticiado.

Un rebaño de cabras,
luego de transitar
el lecho mansamente,
se pierde entre la fronda
de matorral chaparro
que aún resiste al avance
desbocado del páramo.

Es cuando, con los ojos
clavados en los cantos
rodados, me percato
de la agonía sin vuelta
atrás de la longeva
estructura romana.

Los puentes no están hechos
para salvar los cauces
caudalosos; se hicieron
para gozar, ajenos
al tiempo, contemplando
como fluyen las aguas.

1 comentario:

carlos parejo dijo...

Bello poema al patrimonio de Roma hispánica y su arquitectura integrada en el paisaje