martes, 9 de junio de 2015

Cuando yo era un filántropo

Hubo un tiempo en que quise
ser un as de las cosas
por ejemplo académica
o científica y ser
un sujeto capaz
de aportar algo nuevo
y benéfico al mundo

a la felicidad
moderada de cientos
de millones de seres
tocados de algún modo
por la puta desdicha
que deambulan sin norte
por un sur que no existe
y se ahoga no obstante
en sus heces de norte
a sur y de este a oeste.

Y puse en la tarea
todo mi empeño toda
mi ilusión y los cuartos
escasos que mis padres
renunciando al chalé
en la costa y al coche
de alta gama donaron
sin pedir nada a cambio
para tan noble causa.
Yo era en aquellos tiempos
un patético iluso
y estúpido filántropo.

Pero eso fue hace mucho.

Mi vocación actual
—luego de ver a tantos
pijos descerebrados
del deporte TV
o el tráfico de drogas
legales o ilegales
triunfar sin dar un palo
al agua de borrajas—
es tocarme los güevos
viviendo como un dios
en un chalé de lujo
a pie de playa y yendo
a 280
por hora en un Ferrari
de alta gama y sin dar
un puto palo al agua
de borrajas y salga
el sol por Antequera
y que les den por culo
a los que mueren de hambre
o en guerras o aquejados
de cólera o malaria
y que aquellos que vengan
detrás de mí en la línea
sucesoria ¡arreando!
que dicen que es gerundio.

2 comentarios:

carlos parejo dijo...

Poema de ritmo trepidante, como las letrillas satíricas del siglo de Oro, y de tono irónico desesperanzando o burlón del filantropismo

Carlos de la Parra dijo...

Y aún con manifestar el desprecio por los que no llegan al privilegio expresa la angustia existencial inescapable.