martes, 13 de enero de 2015

El diluvio

Tras una vida de trabajo duro, que ya daba a su fin, el burro se negó por vez primera, a dar un paso más. El cielo estaba gris y amenazaba con el Armagedón o un gran diluvio, y el pánico infectaba el rostro fantasmal de los labriegos. “Lo molerán a palos –pensé con desazón-; y no parece estar para esos trotes”. Y me ofrecí a arrastrar la carga. Los labriegos, entonces, se olvidaron del miedo y del largo camino que aún quedaba hasta el mercado, y, alborozados, comenzaron a burlarse. “Y ¿cómo un alfeñique como tú –decían- va a poder arrastrar seis quintales de papas?”. No me importó; durante toda la vida había sido el blanco de las burlas ajenas, y estaba acostumbrado. No sé lo que ocurrió después; sucede con frecuencia que pierdo la memoria. Sólo recuerdo que, cuando empezaron a dar golpes al burro en las costillas, me vi cegado por la cólera. Lo único cierto es que ninguno de los cuatro labriegos llegó nunca al mercado. La carreta, arrastrada por el burro, apareció sola y sin carga ya al ocaso. Una semana más tarde, cesó la búsqueda. La desaparición fue achacada al diluvio.

1 comentario:

carlos parejo dijo...

Drama rural kafkiano. Tus últimos relatos parecen tus sueños más inquietantes, tus pesadillas más extrañas