miércoles, 23 de julio de 2014

86 - 79


Como el superagente 86,
hoy me encuentro sufriendo
un dolor de narices,
y no puedo llamarte,
oh mi sin parangón 99,
rogando ser ungido por tus manos balsámicas
porque mi zapatófono
hiede, contaminado
por mis pies, a cadáver
—tengo el calentador
de agua averiado
y no deja de darme erre que erre
desde hace varios días
largas el fontanero.
Y así me veo obligado a digerir
—como sucede con las hemorroides—
en conventual silencio mi dolor
de narices, y empiezo
—perdóneme la madre superiora—
a estar de tanto voto hasta los "güevos".
Pero qué puedo hacer si no joderme
cuando, al igual que Max, continuamente
me pego con la puerta en las narices.
Y, por ir terminando,
no quiero en ningún caso dejar de mencionar
la lacra que supone que a fuerza de portazos
se haya visto frustrada
mi innata vocación de sumiller,
ni el modo en que este trago me ha empujado
a darle a la botella
tratando de olvidar que he perdido el olfato.
Ah, por todos los dioses del Olimpo,
cómo ansío restar 79
unidades al número
de agente con el cual me identifico
en este deambular por los pasillos
del laberinto absurdo de la vida,
para mudarme en 007.
Quizás así las chicas
malas de la película al oírme
decir "mi nombre es Bond, James Bond" caerían rendidas
a mis pies perfumados
o evitarían al menos
pegarme con la puerta en las narices.
Y así pudiera ser que un día llegase
a distinguir un vino gran reserva
del que se vende en los supermercados
a saldo y envasado en treta brik.

1 comentario:

carlos parejo dijo...

No todos hemos nacido para James Bond, algunos todavía usamos zapatófonos y no somos muy agraciados