viernes, 8 de julio de 2016

Trampantojo


Fuimos juntos al bosque de luciérnagas
gigantes como faros o pétalos de estrellas
cuando la luz no había aún nacido
y el mar era una lámina de azogue
rompiendo con el ímpetu de un ángel
caído sobre el velo de la niebla.
Nos fuimos adentrando en la espesura
reptando como el légamo y el muérdago
que soplan desde el vientre de los sueños
—tus manos alumbraban los senderos
que abríamos cantando himnos bizarros.
Era tanto el sigilo en el periplo
que no dejaban huellas nuestros cánticos.
Yo me propuse ser más que tu cómplice
y tú rogaste al dios de los relámpagos
que incendiase el granizo y la guarida
del miedo y la ceniza de los pájaros.
Pero éramos dos seres condenados
a no entablar querellas contra el frío,
y antes de que las llamas de la bóveda
celeste dibujasen la leyenda
del mapa que llevaba hasta la orilla
que nunca imaginamos, zozobramos
en la pleamar de un cruce sin caminos.
Ya apenas te recuerdo pero sangro
tratando de olvidarte cada ocaso
como lo hacen las grietas taciturnas
de un caserío en ruinas que nunca fue habitado.

2 comentarios:

carlos parejo dijo...

Misterioso y becqueriano, refrescante y sugestivo. Bravo.

mailconraul dijo...

Me uno al aplauso!