sábado, 16 de enero de 2016

Aristoácrata

Era un tipo muy rancio
que aparentaba ser
moderno y anarquista
y escribía simplezas
sin orden ni concierto y menos arte
que una papa cocida,
a objeto de ganarse
a los adolescentes
y así vender sus libros
como si fuesen donuts
y refrescos de cola.
Unos adolescentes
náufragos de la lama
del nihilismo fraguado
por la lobotomía
cultural practicada
a Occidente en los últimos
años del siglo XX
e inicios de este de ahora.
Era un poeta maldito
con mucho o más que mucho,
con todo de maldito
y poco o menos aún,
con nada de poeta,
que si alguien mencionaba
la métrica, al instante
lo asociaba a las tardes
perdidas, cinta en mano,
en los templos de IKEA.
Era un falso poeta,
era un falso profeta,
una mofeta, un falso
y falaz progresista 
que, vestido al estilo
de aquel mayo francés
contrario al consumismo,
no era más que un estúpido
y puñetero pijo,
un as del reciclaje
situado en lo más alto
de la cúspide a base
de comercializar
sus poemas basura.
Era, en definitiva,
un éxito de ventas.

1 comentario:

carlos parejo dijo...

¿No se llamará Joaquín Sabilotodo? Magnífico poema destroyer mitomanias