martes, 21 de julio de 2015

La réplica

La tarde que la estatua bajó del pedestal
―eran las cinco en punto, 45 grados a la sombra―
no había en derredor alma viviente
que pudiese en un acto de civismo alertar
a las autoridades.
Cuando un tiempo después cayeron en su falta,
la primera medida arbitrada al respecto
fue colocar en su lugar una réplica obrada
de forma apresurada en cartón piedra:
había que evitar a toda costa
que cualquier ciudadano reparase en su ausencia
y con ella en la extrema subversión
del orden ab aeterno establecido.
Al poco se dictó una orden
de búsqueda y captura ―viva o muerta―
y se calificó de deserción
en todo punto inadmisible el abandono
de su puesto por parte de la estatua, aquel soldado
desconocido cagadero de palomas.
Cuando la detuvieron,
dicen que se encontraba
desnuda en una cala de una isla del Egeo
y que en momento alguno opuso resistencia.
Sometida a consejo de guerra sumarísimo
alegó en su defensa
demencia transitoria ocasionada
por las temperaturas insufribles
de aquella tarde, amén
del hecho de no haber gozado nunca
de unas merecidas vacaciones.
Fue ajusticiada a golpes
de martillo y sus restos
utilizados luego
en la cimentación de una muralla.
Esa misma mañana, sin que nadie
advirtiese su fuga hasta unos meses
más tarde, huyó del pedestal su réplica.

1 comentario:

carlos parejo dijo...

Sólo las estatuas pasan más calor que los humanos en este verano II del Cambio Climático XXI, no es de extrañar que quieran emigrar