domingo, 14 de diciembre de 2014

Devoción

Siempre he tenido miedo a las iglesias. Cuando aún no había nacido, nombraban a dios padre, y estallaba, en mi oído, el torvo crepitar de los Infiernos. El Hijo era otra cosa: también era un Proscrito, un Condenado. De lo que no me cabe duda alguna ,es de la Inexistencia del espíritu santo; me lo dijo María Magdalena –y yo confío en Ella como en Nadie-, besándome los párpados. Malena es una mezcla de Monica Bellucci y Michelle Pfeiffer: la Belleza Imposible. Cuando me hace el amor, remueve los cimientos de mis credos, y pienso que es un Ángel. Luego, mientras echamos un pitillo, entro en razón de nuevo y vuelvo a darle crédito -¡qué espanto!- sólo a la Carne al fuego del Pecado, preludio intrascendente del Vacío. Se me olvidó decir que esta María Magdalena, a la que amo sobre todas las cosas, no tiene que ver Nada con Aquella del nuevo testamento. Y que su nombre no es María –o, al menos, no es María Magdalena. Nunca le hice el amor; ¿se puede imaginar mayor Calvario? Ni siquiera mi miedo a las iglesias.

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