
(Pasadas ya las fiestas, y con el recuerdo permanente de lo que está ocurriendo en la franja de Gaza, recupero este texto de diciembre de 2001).
Navidad, Año Nuevo, Reyes... estamos en la época de los buenos deseos. La gran mayoría de los que durante estos días somos interpelados sobre lo que nos gustaría que ocurriese con el nuevo año, probablemente daremos respuestas muy similares: que cesen las guerras, que termine el hambre en el mundo, que sea erradicada la explotación laboral de los niños... Por desgracia casi siempre son respuestas vacías, irreflexivas, sin ningún grado de compromiso, cargadas de demagogia hacia nosotros mismos. Porque un compromiso serio con todos estos buenos deseos requiere voluntad de renuncia y el anhelo de un menor gasto superfluo y una mayor sencillez en nuestras vidas.
Nosotros, en cambio, tras expresar tan elevado altruismo de “boquilla”, nos lanzamos en tropel hacia las grandes superficies en adoración del dios consumo incluso de un modo más compulsivo que durante el resto del año. No nos paramos a pensar que la enfermedad, el hambre y la guerra que sufren los habitantes de los países empobrecidos tienen cuota importante de su origen en la ostentación, el despilfarro y la opulencia de nuestra caritativa civilización occidental; que miseria y acaparamiento de riquezas son las dos caras de una misma moneda, y que, por lo tanto, cada uno de nosotros tenemos una parte de responsabilidad (ciertamente unos más y otros menos) cada vez que un niño muere de hambre.
Para que nuestros buenos deseos navideños sean menos virtuales, propagandísticos y “lava-conciencias”, y más comprometidos, reales y efectivos será preciso que comencemos a tomar enseñanza de personas como Mohandas Karamchand Gandhi, “bautizado” por Rabindranath Tagore como Mahatma (el alma grande), que ya hace años nos dejo un pensamiento esencial en este sentido: “Algunos tendremos que aprender a vivir más sencillamente para que muchos puedan sencillamente vivir”. Y Gandhi fue un ejemplo de sencillez, austeridad y renuncia.
¿Está usted dispuesto? ¿Lo estoy yo? La verdad, no sé. En cualquier caso deseo que cada habitante del Mundo pase felices fiestas, que no haya más hambre, ni más guerras, ni más miseria. Ahora perdonen, no es que realmente en este momento necesite nada, pero me voy de compras.
Navidad, Año Nuevo, Reyes... estamos en la época de los buenos deseos. La gran mayoría de los que durante estos días somos interpelados sobre lo que nos gustaría que ocurriese con el nuevo año, probablemente daremos respuestas muy similares: que cesen las guerras, que termine el hambre en el mundo, que sea erradicada la explotación laboral de los niños... Por desgracia casi siempre son respuestas vacías, irreflexivas, sin ningún grado de compromiso, cargadas de demagogia hacia nosotros mismos. Porque un compromiso serio con todos estos buenos deseos requiere voluntad de renuncia y el anhelo de un menor gasto superfluo y una mayor sencillez en nuestras vidas.
Nosotros, en cambio, tras expresar tan elevado altruismo de “boquilla”, nos lanzamos en tropel hacia las grandes superficies en adoración del dios consumo incluso de un modo más compulsivo que durante el resto del año. No nos paramos a pensar que la enfermedad, el hambre y la guerra que sufren los habitantes de los países empobrecidos tienen cuota importante de su origen en la ostentación, el despilfarro y la opulencia de nuestra caritativa civilización occidental; que miseria y acaparamiento de riquezas son las dos caras de una misma moneda, y que, por lo tanto, cada uno de nosotros tenemos una parte de responsabilidad (ciertamente unos más y otros menos) cada vez que un niño muere de hambre.
Para que nuestros buenos deseos navideños sean menos virtuales, propagandísticos y “lava-conciencias”, y más comprometidos, reales y efectivos será preciso que comencemos a tomar enseñanza de personas como Mohandas Karamchand Gandhi, “bautizado” por Rabindranath Tagore como Mahatma (el alma grande), que ya hace años nos dejo un pensamiento esencial en este sentido: “Algunos tendremos que aprender a vivir más sencillamente para que muchos puedan sencillamente vivir”. Y Gandhi fue un ejemplo de sencillez, austeridad y renuncia.
¿Está usted dispuesto? ¿Lo estoy yo? La verdad, no sé. En cualquier caso deseo que cada habitante del Mundo pase felices fiestas, que no haya más hambre, ni más guerras, ni más miseria. Ahora perdonen, no es que realmente en este momento necesite nada, pero me voy de compras.
Diciembre de 2001


















































