jueves, 22 de octubre de 2015

Y da unas ganas de comer

Soy del 61.
Mi madre, por fortuna
para mí, no tomó
durante el embarazo
que me trajo a este mundo
jamás Talidomida.
Ese medicamento
para calmar las náuseas
de las embarazadas
con efectos terribles
―malformaciones varias―
para el futuro vástago.
Hoy, al igual que entonces,
la industria farmacéutica
coloca en el mercado
sustancias de las cuales
aún no se conocen
del todo sus posibles
efectos secundarios.
Y aquí no pasa nada.
Soy del 61.
Mi madre, para abrirme
el apetito, a veces,
me daba una copita
de quina San Clemente
batida con la yema
de un huevo de gallina
de corral. Impensable
en los tiempos que corren.
Y aquí estoy con mis casi
dos metros de estatura,
el hígado bien sano
y sin síntoma alguno
de alcoholismo. ¡Y con brazos!
Y sin embargo a nadie
se le ocurre hoy en día
darle un vaso de quina
a sus hijos pequeños;
sería considerado
un delincuente. En cambio,
¿qué decir al respecto
de las barrabasadas
que ahora igual que entonces
perpetra, bendecida
por los poderes públicos,
la industria farmacéutica?

1 comentario:

carlos parejo dijo...

Entreñable relato y medicina casera y artesanal, tampoco sienta tan mal. ¿ Y no es la industria farmaceútica parte del imperio del mal a los intereses del gran capital?