miércoles, 10 de octubre de 2007
Piélago
se lo ha tragado el destiempo.
(Mi destino es una isla
sin velámenes al viento).
Espejo opaco
últimamente
No tengo buen aspecto;
Será que me horroriza
Mirarme en los espejos
Y ver sobre el azogue
Las fauces del vacío;
O puede que, también,
Vislumbrar a mi espalda
La imagen de un fantasma
Que al darme yo la vuelta
Burlón se desvanece;
Y se me pasa el tiempo
Sin pintarme los labios
Del alma ni afeitarme.
Y así,
últimamente
No tengo buen aspecto
Será que me horroriza
Perderme en los espejos.
A un alto precio
Y en mi pecho enterraré trece lunas,
Arrancaré mis piernas a gemidos
Y beberé los mares con mi oído.
Derramaré mis ojos sin esencia
Y arrojaré su sed entre las dunas,
Desgarraré mi piel de helado viento
Y cubriré su aroma de excrementos.
Escupiré mi entraña en los umbrales
Y meteré en mi sexo pedernales
Mientras voy desollándome los párpados.
Vomitaré el corazón sobre el cieno
Y cortaré en mil pedazos mi cuerpo
Cual frío alimento para gusanos.
(Y después, seré libre)
martes, 9 de octubre de 2007
El negociado
Recibimos la notificación; pesaba sobre mí un expediente con el que se pretendía dictar una orden de alejamiento sobre mi persona con relación a Julia. No me costó mucho esfuerzo tranquilizarla; sin duda se trataba de un desafortunado error administrativo que, en el peor de los casos, sólo nos haría perder algunas horas en el negociado correspondiente.
No sin ciertas dificultades para convencer al jefe de personal de la editorial para la que mal pagado trabajo, conseguí tomarme libre el día siguiente, y bien temprano, tras despedirme de Julia con un beso que a cualquiera que hubiese podido contemplarlo se le habría podido antojar como el último de nuestras vidas, me dirigí a tratar de corregir el malentendido, confiado en que todo se solucionaría sin demasiadas dificultades.
Sin embargo, nada más llegar me comunicaron que el encargado de esos asuntos hacía tres días que no acudía a su trabajo y que nada se sabía de él desde entonces, que era como si se lo hubiese tragado la tierra. Me rogaron que esperase unos minutos hasta que la persona a la que oficiosamente se le había encargado sustituirlo en sus funciones, tuviese un hueco en sus quehaceres habituales y pudiese atenderme. Tras más de dos horas de desesperante espera, apareció un funcionario menudo y con apariencia de ser muy activo, o no sabría decir bien si extremadamente nervioso, que, con una permanente y gran sonrisa y una amabilidad encomiable, me condujo hasta el despacho en el que debía encontrarse archivado el expediente en cuestión. Una vez allí -fue el único instante en el que me pareció ver atravesarle el rostro una sombra de algo que interpreté como tristeza o tal vez miedo- me pidió en actitud suplicante y con cierta ansiedad que tuviese la amabilidad de esperar fuera. Tras la puerta comenzó a escucharse el estrepitoso cuchicheo de la frenética actividad de remoción que aquel funcionario estaba desarrollando entre los innumerables archivadores y legajos que se apilaban sin ningún orden sobre las mesas y en los estantes de aquel cuartucho sin ninguna luz del exterior, y con aquella desvencijada puerta -en la que ya me comenzaba a sentir más que nervioso- como único acceso.
Tras una media hora que se me hizo eterna, asomó su eterna sonrisa como queriendo pedir disculpas desde detrás de la puerta, diciendo suavemente: “Pues no sé donde puede haber caído ese dichoso expediente, pero estar tiene que estar”; y acto seguido volvió a desparecer en el interior. Después de un tiempo, que sería incapaz de determinar, me percaté de súbito de que, ya hacía unos minutos, había cesado el murmullo de aquel continuo e infructuoso remover archivadores y legajos sin norte alguno, y, ya impaciente y ostensible molesto, irrumpí en el interior del despacho. Por unos instantes quedé completamente perplejo y paralizado, era como si me hubiesen acabado de cortar limpiamente la cabeza dejándola en pie sobre mi cuello. Aquel cuartucho inmundo estaba completamente vacío, sin el menor rastro de mobiliario, expedientes, ni de aquel funcionario que me había estado atendiendo; era como si todo ello hubiese sido tragado por la tierra. Mi reacción siguiente fue darme enérgicamente la vuelta con un enfado de mil demonios y con la intención de dirigirme al máximo responsable del negociado para presentarle de forma abrupta mis quejas. Desde entonces me encuentro vagando por un lugar desconocido en el que reina un absoluto silencio y sólo se vislumbran penumbras. A veces siento como si alguien o algo pasase arrastrándose penósamente junto a mi, pero no consigo olerlo, verlo, tocarlo ni escucharlo. Pienso en Julia con tristeza; sé que nunca más podré volver a verla.
Como perros
Las mil y algunas noches
Celda de aislamiento
Buscando un asidero contra el vértigo
Como pez me zambullí en mis adentros;
Y al llegar hasta el centro del vacío
Me encontré con los ojos del espanto.
Unos ojos, como fauces sin alma, que me miran
Fijos,
Ciegos,
Voraces,
Fundidos a lo inmóvil y al silencio,
Seguros
De, al fin, lograr su victoria.
Buscando un asidero contra el vértigo
Me atraparon los ojos del espanto,
Y ya, con su mirada por el cuello,
No alcanzo a vislumbrar efugio alguno.
El reflejo más fiel
que me había encontrado por la calle
con otra exactamente igual a ti.
Yo, al menos, ya lo tenía olvidado.
Pero esta misma tarde
la he vuelto a ver al volver una esquina.
Era una completa desconocida,
pero también a ella
poder hubiese querido abrazarla.
El vuelo del buitre
Garras como bruma,
bruma como lenguas,
lenguas como jaula.
lunes, 8 de octubre de 2007
Sepultureros
regreso a los lugares
que antaño frecuentamos.
Y las miradas blanden,
como acerados dardos,
verdades que me abaten,
cubriéndome de infierno:
- ¡No es nadie! ¡Está muerto!
Pies de barro
Me obligará a enfrentarme con la huida,
No sé si valiente o cobarde,
De lo que más anhelo.
Y el corazón querrá seguir luchando
Por desbrozar la perniciosa hiedra
Que asfixia sus latidos,
Mientras mis pies de barro
Se hundirán bajo el peso de la ausencia;
Tira y afloja derrumbando
Estos baluartes sitiados del alma
Que mueren en silencio.
Soy la ruina de un sueño
Que perdió su batalla con el tiempo
Antes del último grano de arena.
Mensaje dejado en la servilleta de un bar
Contigo.
----------- Ya, ya se que no es posible,
Que nunca esa punzada irresistible
Del amor tocó tu pecho.
----------------------------------- Querida,
Compañera del alma, ya perdida
Tal vez por un eterno, que intangible
Sigues conmigo:
------------------------ No sabes lo horrible
Que resulta esta ausencia, funesta herida
Que me desangra.
-------------------------- Si al menos un día
Me anegase tu afecto, no sería
Este espectro mortal con el que lucho
Tan despiadado.
----------------------- Mas esa armadura
Contra mi tristeza
-------------------------- es la más dura
frontera.
------------ Buen día.
--------------------------- Te quiero mucho.
Centinela
Sin espacio;
Sobre un lecho de otoño
Que entre las horas muertas
Va ocultando el camino;
Crepúsculo y mortaja
Con un ocre en los párpados
Que devora el celeste;
Con las pútridas huellas,
Como férrea raigambre,
Abismado en la nada;
Centinela a la espera
De la voz de un fantasma.
domingo, 7 de octubre de 2007
A Jorge Buendía, “matador”.
Leo con estupefacción su carta abierta de hoy mismo en el diario Odiel Información, dirigida a Paco Huelva, en la que presume de haber sido educado en el respeto, para, acto seguido, dedicarse a arremeter, minusvalorando, contra todos aquéllos que no piensan e incluso no visten como usted, a los que, de camino, califica de violentos. Queda claro que no aprovechó esas enseñanzas que dice le impartieron.
Después habla de problemas más importantes que la tortura y la muerte de un animal indefenso, para tratar de desviar la atención y de amordazar a los que no compartimos su afición macabra, en un acto que sólo podría ser calificado como de cobarde censura, de miedo a confrontar ideas. Y nos habla de violencias y, entre ellas, la doméstica. Y de su amor al toro. Sí, amor al toro, como la de esos maltratadotes que, tras años de tortura, terminan asesinando a su pareja “por amor” en el contexto de esa violencia doméstica que parece preocuparle tanto.
También echa mano de las “autoridades” para apoyar sus tesis. Yo sólo mencionaré a una, el gran Blas de Otero que dijo: “es como si España entera fuese una horrorosa plaza de toros”: pero éste, como hoy sería de los que ni vestirían ni pensarían como usted, no merecería su respeto.
Señor Buendía, matador –¡qué título tan escalofriante!-: yo también fui educado para el respeto, no por un clan de señoritos, sino por obreros, y lo primero que aprendí fue a respetar la vida, y que las tradiciones, cuando tienen poco de cultura y mucho de barbarie, sólo están para ser superadas, que, si no, todavía se estaría en las altiplanicies de Méjico sacando el corazón del pecho a los niños sobre los altares. Y dirá usted que es diferente, que en este caso sólo se trata de un animal… es una lástima que acerca de esto no nos pueda dar su opinión el toro. Nos ha dicho Manuel Vicent que “si el toreo es cultura, el canibalismo es gastronomía", señor Buendía.
Habla usted de las “oportunidades” que se otorgan al toro en la lidia de luchar por su vida y de la posibilidad que tiene de ser indultado… no trate usted de hacer de la excepción la regla para tratar de ocultar lo que no es más que un acto de barbarie en el que se tortura de manera infame hasta su muerte a un animal indefenso, en un espectáculo colmado de violencia y sadismo impropio de un ser humano. Por que la violencia, señor Buendía, para ser erradicada, no puede ser dividida a gusto de los intereses de cada cual, de modo que en unos casos sea considerada como un acto criminal horrible y en otros como arte y cultura. Porque de este modo nunca acabaremos con la violencia. ¡Va por usted, “matador”!
Pánico
Alguien me ha dicho, madre,
Que sin sentido yacen, a la luz de la luna
Y la piel de madera, en silencio los muertos.
Mas que a veces despiertan,
Cuando aprietan las sombras en las noches de invierno,
Al dolor del recuerdo.
Y son almas en pena que atraviesa el tormento.
¿Qué sentirán los muertos bajo el ciprés sombrío?
¿Escucharán, gimiendo, el periplo del río,
Que, sin luna en invierno, ruge helado y sombrío?
¿O, sin mar por destino, como absurda Quimera
Con su oído rendido, despreciarán sus olas?
Dime que piensas, madre;
Tras la cerrada verja de umbroso cementerio
¿Qué soñarán los muertos?
¿Con fugarse una noche de su cárcel eterna,
Con sus uñas y dientes escarbando la tierra
Por tratar de encontrarse con los brazos amantes
Que anhelaron en vida?
¿O en poder olvidar, del desamor las penas,
Y rendirse al descanso de su morada yerma?
¿Se atisbará una lágrima por los besos perdidos
En las cuencas vacías del mirar de los muertos?
¿Descansarán al fin de esta cárcel los muertos?
¿Se sentirán tan solos como ahora me siento?
Todo lo dejaría
Si un día me llamases,
Por volver apresurado a tu lado
Todo lo dejaría.
Horas muertas y rutas migratorias,
Toda esta nada que te pertenece
Y el nido azul que a su bruma me enclaustra,
Por volver apresurado a tu boca,
Aunque por siempre me siguiese esquiva,
Dejaría de lado.
Dejaría los amores marchitos,
La flor y la simiente, el techo que me arropa
Y hasta la sangre que corre en mis venas
Como arroyadas muertas.
Dejaría también esta tristeza
Y el sabor a mordazas que me embarga,
Mi entraña devorando.
Y si hubiese de abrir mi propia tumba
Por que tú me lo pidieses,
Todo lo dejaría,
Y con uñas y dientes
Cavaría en la tierra
La paz para tu vida.
Ya ves, ya no me queda
Nada que tenga algún valor apenas,
Mas todo lo dejaría de lado
Por volver a morir junto a tu boca.
Desesperadamente
Desesperadamente cual mendigo,
Desesperadamente agonizando,
Desesperadamente estar contigo
Desesperadamente suplicando.
Desesperadamente te maldigo
Desesperadamente sollozando,
Desesperadamente me desdigo
Desesperadamente recordado
La luz de los momentos de un pasado,
Que yace entre las sombras sepultado,
Mis noches desvelando tristemente.
Desesperadamente clamo al cielo
Que me otorgue el milagro de otro vuelo
A tu aurora. Desesperadamente.
sábado, 6 de octubre de 2007
¡BASTA!
¡BASTA, POR DIOS, YA BASTA! ¿Qué pecado
Merece este castigo, tanta pena,
Amarrado vivir a esta cadena
De tiempo perdido, de albor vedado?
¡DIOS, YA BASTA! Prestadme un sueño alado
Con que emigrar de esta triste condena
Por crimen que jamás fue perpetrado;
O una lanza que horade la gangrena
Que me devora. ¡BASTA, BASTA, BASTA!,
Levantad esta losa que me aplasta,
Sacadme de la boca tanta tierra,
O acallad el clamor de mis gemidos
Y el dolor de mis huesos consumidos.
Dadme la paz que me muero de guerra.
La encrucijada
Siempre quiso pensar que estaban hechos
El uno para el otro. Sólo obsesos
Anhelos que los dejaron desechos.
Al uno por el otro. Con los huesos
- - - Quebrados, y espinas desde sus pechos
Brotando con cada encuentro. Posesos
De la gélida amargura de lechos
Separados en la noche. Sin besos
- - - Ni aliento en la boca. Tanto pensarse
Y pensar, que acabo por olvidarse
De elegir su camino hacia el amor.
- - - Y, maltrecho, se ancló en la encrucijada
Entre el deber y el deseo. Sin nada.
Sin ella ni horizontes. Sin calor.
- - - Sumido en el dolor
De ya para siempre sólo ser uno
Sin ella; mitad sin fuego ninguno.


