Volando entre flores,
Que es eterna sueña.
Mas antes del fin
De sus alas breves
Descubre el dolor
De los vuelos rotos.
Y llena de espanto
Maldice a los dioses
Rogando la muerte.
Volando entre flores,
Que es eterna sueña.
Mas antes del fin
De sus alas breves
Descubre el dolor
De los vuelos rotos.
Y llena de espanto
Maldice a los dioses
Rogando la muerte.
En esos breves instantes
En que iluminas a veces mis sombras,
Ya no sé reconocer,
Si estás abriendo una puerta
O es sólo que no puedes contener
Tanta luz en tus adentros.
Y, confuso, permanezco
-Las manos en los bolsillos
Y arrastrando mis huesos por los suelos-,
Sin poderme levantar,
Sin atreverme a llamar;
Fue tan duro aquel portazo
Que continúo aturdido
-O pudiera ser que muerto-
Y no alcanzo a adivinar
Si será mi llamada como un golpe
Ahondando en el dolor de tus heridas
O como caricia blanca.
Y en mis bolsillos mis manos se tornan yermos muñones
-Torpes y mudos muñones-,
Que cuando intentan gritar
Alzan marañas de espinos.
Pero lo cierto es que hoy,
Te sigo echando en falta más que nunca,
Que arriesgaría mi vida,
Aunque ya valga tan poco,
Por adentrarme en la altiva maraña,
Sin escudos y desnudo,
A corazón descubierto,
A mi esperanza marchita jugarme
Por tratar con locura de arrancarla;
Con las uñas, con los dientes,
A feroz brazo partido,
Con mis muñones sangrientos.
Porque miré en mis adentros
Y tan sólo descubrí
El infierno del hastío,
Tristeza , dolor, miseria,
Congoja, pavor, vacío.
Mas sin nada que ofrecer,
Con sólo esta urgencia de ti entre las manos,
Tan sólo puedo rogar
Que, si esa lánguida luz,
Con que a veces iluminas mis sombras,
Trata de abrir una puerta
O de lanzar una escala
Hasta el fondo de este abismo que sin tregua me consume,
Al inicio del camino,
Me guíes, porque estoy ciego;
Porque te llevo en la entraña,
Porque te llevo en mi pecho
Porque te llevo en el alma,
Palpitando a cada instante,
Y, por mucho que lo intento,
Me es imposible alcanzar
A olvidarte ni un momento.

Ya todo ha terminado. Nunca más
viajaremos tomados de la mano
-no hablo de labios, digo de la mano-,
soy muñón exangüe. Por lo demás
- - son tus ojos como espadas que a ras
de esperanza me quiebran, y un gusano
yo a tus pies, rogándote el gesto humano
de que me aplastes piadosa. Jamás
- - creí poder desearte la muerte
como ya te la deseo; quererte
de este modo me está matando. Tú
- - o yo… Así están las cosas… ¡Tú, tú!,
que si tú murieses… ¡Qué desespero!,
muerto esperando a tú cadáver. Muero.
I
Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines: Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,
cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde ( repites vanamente )
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente
para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.
II
Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta
y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna
y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.


Hay personas con un gran corazón, pero que, a fuerza de ver defraudadas tantas segundas oportunidades concedidas, terminan por ocultarlo celosamente tras la dura costra que van fabricando con el tiempo y los coágulos de la sangre vertida desde sus heridas. Y llega un día a partir del cual dejan de otorgarse una nueva oportunidad para el afecto y la ternura.
Elvira caminaba bajo la lluvia sin pensar en nada. Años de aprendizaje y férrea disciplina habían obrado en ella el prodigio de permitirle estar cuanto tiempo quisiera sin hacerlo. Y ya casi nunca pensaba, sus recuerdos eran tan dolorosos que, de hacerlo durante demasiado tiempo, habría terminado por volverse loca. Su paso era firme y seguro y, como siempre, iba con la miraba fija en sus zapatos sin reparar en nada de lo que iba dejando atrás en su transito sin rumbo ni destino. Le gustaba caminar en los días de lluvia sintiendo sólo el chapotear de sus pasos sobre los charcos.
Pero, esta noche, el tropiezo inesperado con una botella sumida en las sombras iba a sacarla de su letargo.
- ¡Vaya!, acaba de hacerme añicos la botella de tinto. Era un rioja gran reserva. ¿Sabe?, hacia años que no me llevaba a la boca nada igual -dijo una voz que imaginó curtida por mil años de frío, alcohol y tabaco.
Aunque se cobijaba también bajo la sombra que había motivado aquel tropiezo, Elvira pudo vislumbrar la imagen confusa de aquel hombre. Llevaba un abrigo que debía tener el color de la mugre perpetua y una barba que se adivinaba grasienta y le llegaba casi al vientre. Aparentaba tener unos sesenta años. Aunque los marginados que viven en la calle suelen aparentar todos tener al menos esa edad.
- Usted perdone, no fue mi intención –dijo Elvira mientras sacaba del bolso un billete de 20 euros y hacía ademán de entregárselo como compensación por el estropicio.
En ese instante la luz de los faros de un coche iluminó aquel rostro hundido en las tinieblas, descubriéndole unos ojos que, aunque con la mirada perdida, le resultaron familiares.
- ¡Manuel! ¡Dios mío! ¿Qué haces aquí tirado en medio de la calle? ¡No sabes durante cuantos meses te estuve buscando!
El hombre permaneció inmóvil y en silencio. No sólo había quedado muda su voz, sino que también parecían haber enmudecido sus gestos y hasta aquellos ojos verde oscuros que Elvira había creído reconocer.
- ¡Pero Manuel! ¿Es qué no me reconoces? ¡Soy Elvira!
El hombre comenzó entonces a toser áspera y brutalmente. Parecía que se le fuese a salir cada una de sus vísceras por la boca y hasta por aquellos ojos que ahora debían estar profundamente inyectados en sangre. Tras unos segundos, que a Elvira le resultaron interminables, logró recuperar parcialmente el aliento y dijo con dificultad:
- Lo siento… señora… pero no creo que usted y yo… nos conozcamos. En cualquier caso… desgraciadamente, soy ciego de nacimiento y… difícilmente podría reconocerla.
- ¡Disculpe!, no había reparado en ello.
- No se preocupe, señora, de noche… y con esta lluvia es comprensible.
- Está bien. Adiós Y perdone de nuevo por haberle roto su botella –dijo Elvira mientras cambiaba el billete por uno de 50 euros y se lo dejaba al hombre entre sus frías y temblorosas manos.
- Muchas gracias, señora, muchas gracias.
- Adiós, adiós.
El hombre la siguió con su mirada cuajada de lágrimas hasta que volvió a perderse para siempre entre la lluvia, rememorando, como hacía casi constantemente, aquellos días en que Elvira, cada vez que se encontraban, para tratar de evitar el dolor, se marchaba de su lado como si fuera un extraño, condenándolo y condenándose a que ya lo tuviesen que ser para siempre.
Abril de 2006
