sábado, 6 de octubre de 2007

Mariposa

Volando entre flores,

Que es eterna sueña.

Mas antes del fin

De sus alas breves

Descubre el dolor

De los vuelos rotos.

Y llena de espanto

Maldice a los dioses

Rogando la muerte.

viernes, 5 de octubre de 2007

Las hojas muertas

No,
no es el otoño;
son esos sauces que, llorando
al son melancólico de una clepsidra,
van desangrándose a lágrima viva.

La ceguera

En esos breves instantes

En que iluminas a veces mis sombras,

Ya no sé reconocer,

Si estás abriendo una puerta

O es sólo que no puedes contener

Tanta luz en tus adentros.

Y, confuso, permanezco

-Las manos en los bolsillos

Y arrastrando mis huesos por los suelos-,

Sin poderme levantar,

Sin atreverme a llamar;

Fue tan duro aquel portazo

Que continúo aturdido

-O pudiera ser que muerto-

Y no alcanzo a adivinar

Si será mi llamada como un golpe

Ahondando en el dolor de tus heridas

O como caricia blanca.

Y en mis bolsillos mis manos se tornan yermos muñones

-Torpes y mudos muñones-,

Que cuando intentan gritar

Alzan marañas de espinos.

Pero lo cierto es que hoy,

Te sigo echando en falta más que nunca,

Que arriesgaría mi vida,

Aunque ya valga tan poco,

Por adentrarme en la altiva maraña,

Sin escudos y desnudo,

A corazón descubierto,

A mi esperanza marchita jugarme

Por tratar con locura de arrancarla;

Con las uñas, con los dientes,

A feroz brazo partido,

Con mis muñones sangrientos.

Porque miré en mis adentros

Y tan sólo descubrí

El infierno del hastío,

Tristeza , dolor, miseria,

Congoja, pavor, vacío.

Mas sin nada que ofrecer,

Con sólo esta urgencia de ti entre las manos,

Tan sólo puedo rogar

Que, si esa lánguida luz,

Con que a veces iluminas mis sombras,

Trata de abrir una puerta

O de lanzar una escala

Hasta el fondo de este abismo que sin tregua me consume,

Al inicio del camino,

Me guíes, porque estoy ciego;

Porque te llevo en la entraña,

Porque te llevo en mi pecho

Porque te llevo en el alma,

Palpitando a cada instante,

Y, por mucho que lo intento,

Me es imposible alcanzar

A olvidarte ni un momento.

Acúname, madre, en la mar


De corales y de espuma,
Cóseme, madre, un vestido,
Que, aunque tú ya estás viejita,
Sigo siendo como un niño
Que, sin mar, vaga desnudo
Con el salitre adherido
A la piel y a la garganta
A la mirada y su nido.
¿Sabes?, madre, tengo miedo
A morirme despacito
Sin haber sentido el mar
Arrullando mis latidos,
Sin el sabor a mareas
Que ambicionan mis sentidos,
Y sin gozar de las olas
Como si fuese un chiquillo;
Que muero, madre, de pena,
Por un cariño perdido,
Y me adelgazan la sangre
Nostalgias como colmillos;
Tengo, madre, el alma yerma
Por la arena del olvido,
Y del hambre de la ausencia
Mi corazón desnutrido;
Madre que me estoy perdiendo
Madre que sangro rendido,
Madre que me duele el alma,
Madre que pavor respiro;
Tú no me abandones, madre,
Y obra en tu pecho un prodigio:
Como está mi quilla rota
Y mi timón se ha partido,
Regálame por mi santo,
De la mar, un caballito,
Que cabalgue a lo más hondo
Del océano infinito;
Que me acerque en su galope
Al confín de mi destino
Y que anegue mis pulmones
De impenetrables abismos;
Y sonoras caracolas
Que susurren a mi oído
Cantos de amor imposible
De los azules nacidos;
Téjeme dos alas blancas
Para mi palo rendido
Que se pudrieron mis velas
De desespero y hastío,
Alas blancas como lunas,
Como faros encendidos,
Que mi mirada está ciega
Y no encuentro mi camino;
Y despliega con caricias,
De algas, un lecho muy fino,
Que me aparte de este insomnio
Donde agonizo sumido.
Madre, estréchame en tus brazos,
Que estoy henchido de frío,
Ven a arroparme en la noche
Que mis sueños he perdido;
Y si canta una sirena,
Reclamándome a gemidos,
Deja que me marche, madre,
Que sin su luz ya no vivo.

Espejismos

Fuiste lo mismo que un flash.
Como susurro en la noche
Rompiendo el silencio eterno
Y logrando que creyera
En la luz y el horizonte,
En la música y el viento,
En los colores
-------------------- y el mar.

jueves, 4 de octubre de 2007

Eclipse de voz

Este eclipse de voz que asola mis sentidos
Se lo ha llevado todo:
El ayer y el mañana, la vida y la esperanza,
La luz de las estrellas,
El rumor moribundo del agua en las clepsidras
Y hasta las propias sombras.

Oh

Quién fuese el corazón de aquel fraile Arrázola,
Chorreando su sangre vehemente
Sobre la piedra de los sacrificios
,
Para dejar de escuchar ya por siempre
Las fechas infinitas por las que aún
Seguirá sucediéndose sin pausa,
Eclipse tras eclipse sobre altares sangrientos,
Esta aciaga ceguera en la penumbra
Que arrasa mi corazón lentamente.

Buscando una zarza ardiendo, entre el hielo.

De un tiempo a esta parte me vengo sintiendo día a día más místico. O más absurdo. Debe ser que ya no le encuentro sentido a las cosas, ni por mí mismo, ni por sí mismas, ni en mis adentros, si es que queda algo aprovechable en éste lúgubre y pavoroso lugar donde tanta angustia me da asomarme. Tampoco encuentro sentido a los casos. Ni a las no cosas. Así que, con tanta incertidumbre y perplejidad acumuladas, hace ya no sé cuanto tiempo que me siento como un gusano, aunque creo que nunca lograré acostumbrarme a esto de tener que arrastrarme sobre los cristales rotos de lo pretérito; como un estúpido, aunque no con la profundidad que yo quisiera. Esta tarde leeré unos pasajes de la Biblia, por si hay algo en ellos con capacidad para iluminarme. Aunque no lo creo.

Delirios agnósticos

Dios aprieta pero no ahoga. Como los grandes profesionales de la tortura. Aunque, como éstos, también, cuando alcanza sus objetivos, siempre termina por eliminar a sus víctimas, como hizo con su propio hijo, como hace con sus huérfanos, con todos nosotros sus huérfanos, condenados al olvido.

El largo y asfixiante hastío

De otro día sin verte
llego a casa cansado
no como apenas
trato
de dormir una siesta
pienso no duermo escribo
un poema
preparo
te rojo sin azúcar
me ducho y bajo al bar
subo
y hago la cena
grima náuseas desgana
no como apenas
trato
de acomodarme al sueño
pienso no duermo escribo
un poema
escucho
adagios de Marcello
de Dulce Pontes
fados
el tango de Malena
pienso no duermo llega
la aurora
pienso en ti
pienso en ti
pienso en ti…

miércoles, 3 de octubre de 2007

Si tú murieses... ¡Qué desespero!

Ya todo ha terminado. Nunca más

viajaremos tomados de la mano

-no hablo de labios, digo de la mano-,

soy muñón exangüe. Por lo demás

- - son tus ojos como espadas que a ras

de esperanza me quiebran, y un gusano

yo a tus pies, rogándote el gesto humano

de que me aplastes piadosa. Jamás

- - creí poder desearte la muerte

como ya te la deseo; quererte

de este modo me está matando. Tú

- - o yo… Así están las cosas… ¡Tú, tú!,

que si tú murieses… ¡Qué desespero!,

muerto esperando a tú cadáver. Muero.

1.964 (un poema de Jorge Luis Borges)

I


Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines: Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,

cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.

Nadie pierde ( repites vanamente )
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente

para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.


II


Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta

y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna

y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.

Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

Bajo las ruinas de Babel

Primero fue con palabras,
Con las manos, con el gesto,
Con sonrisas, con miradas,
Con suspiros sin aliento.

Pero equívocos los cánticos,
Se esfumaron en el viento,
Dejándome en su lugar
Amordazado un lamento

Que desde la amarga ausencia
Con la jerga del silencio
Hoy te sigue reclamando
Que hagas en tu vida un hueco,

Donde el dolor desolado
De este mudo desconsuelo
Halle el bálsamo que alivie
La herida del tiempo muerto.

Latidos de arena

Cada vez que se veían, que estaban juntos, ella le infundía un impetuoso vendaval de emociones que lo acariciaban como una garra clavándose en el alma, un vértigo inenarrable que lo elevaba hasta la cima de los más profundos abismos, un denso aguacero de sentimientos que necesitaba beber con ansias, pero que parecía, momento tras momento, ir a ahogarlo en el fondo de sus propios latidos. Era el dolor más intenso y dulce a la vez que nunca nadie haya llegado a imaginar, una fuerza indómita que lo atraía y alejaba de ella a un tiempo, que lo arrastraba, inmóvil, como el gélido galope de una quimera de fuego. Hasta que un día, creyendo que ya no podría resistir aquella tensión ni por un minuto más, decidió que lo mejor que podía hacer era dejar de verla para siempre. No había previsto, no obstante, que ojos que no ven, corazón que no siente. Y su corazón, necesitado de sentir, lo abandonó hasta el fin de sus días, dejando en su lugar un hueco miserable, henchido de silencios y ausencia.

El escritor

Hace ahora nueve noches que soñé que era un escritor de éxito; mi última novela alcanzaba cifras de venta hasta el momento desconocidas y a mis treinta y tres años era propuesto para el Nóbel de literatura. No había quién no me diera como favorito para obtener el preciado galardón. Desde entonces no duermo. No, no piensen que se trata de insomnio, es que intento por todos los medios no dejarme vencer por el sueño. Al principio recurrí a ingentes dosis de café sólo y ahora ya van dos días en los que no paro de consumir coca y anfetaminas. Pero estoy muy cansado y creo que ya no podré aguantar mucho tiempo sin terminar durmiéndome. Y estoy convencido de que al despertar no podré resistir el volverme a sentir de nuevo un escritor fracasado. Supongo que todo esto les parecerá muy extraño, y eso que aún no les he contado que en toda mi vida lo más aproximado que he escrito a algún género literario ha sido la lista de la compra.

martes, 2 de octubre de 2007

De toga a toga y amordazo porque me sale de la corona

Continúa la escalada de la violencia por parte de los inquisidores y censores del sistema. Al parecer en este país mal llamado democrático, no se puede defender un modelo de Estado que no sea otro que el de una monarquía, como todas, trasnochada y decadente. Después dicen que hay libertad de opinión y de expresión, pero no, aquí sólo se puede ser republicano en la intimidad y con la mordaza puesta, nada de manifestarlo por las calles, pues enseguida se pone en marcha la maquinaria represora para convertirte en un "delincuente" de opinión. Como en otros tiempos que dicen que por fortuna pasaron. Después, éstos mismos que se visten de Santa Inquisición para mantener la ortodoxia de la Una Grande y Libre, se permiten el lujo de criticar hasta la saciedad los supuestos presos de opinión que dicen que hay en otros estados soberanos, que igual haberlos haylos, pero ¿con qué autoridad moral pueden ni siquiera mencionarlos?




La Fiscalía pide para Jaume d'Urgell un año de prisión y 4.000 euros de multa por cambiar la bandera española actual por una republicana en el centro de Madrid.

¡BASTA YA DE REPRESIÓN! ¡BASTA DE CENSURA! LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y DE OPINIÓN YA! ¡NO A LOS JUICIOS POLÍTICOS! COMO DIRÍA FERNÁN GÓMEZ: ¡A LA MIEEEEEERRRRRDA!

¡BRAVO, JAUME, POR TU VALENTÍA!

Más información en Libertad Siete

Bajo el aguacero


Tras evitarse mutuamente durante siglos, se encontraron casualmente en medio del vacío de un enorme charco, y hubieron de hacer un ejercicio de ardua cortesía para poder sobrellevar la intensidad de los goterones de pasado que sin piedad los golpeaban.

- ¡Hola, cuánto tiempo!, ¿qué tal te encuentras?


- Bueno, ya sabes que nunca me fueron bien estos días lluviosos, que me entristecen. Además, hoy me duele todo. Así que no estoy del todo bien. ¿Y tú?


- ¿Yo?, todo lo contrario, a mí hace tiempo que me es casi insoportable el dolor de la nada.

Bestiario (XI)

(Apis mellifera)

Fuiste el alma de miel
Que anhelaba mi boca
Cómo cera encendida.

Pero al ir a tomarla,
Me clavaste tu ausencia
En la espera rendida,

Y en mortal aguijón
Se volvieron los vuelos
Que a mi amor sostenían.

Y un veneno dulcísimo
Se introdujo en mis venas
Amargando mi vida.

Y volaste a otras flores
Despreciando los púrpuras
De mi rosa marchita.

lunes, 1 de octubre de 2007

El extraño

Hay personas con un gran corazón, pero que, a fuerza de ver defraudadas tantas segundas oportunidades concedidas, terminan por ocultarlo celosamente tras la dura costra que van fabricando con el tiempo y los coágulos de la sangre vertida desde sus heridas. Y llega un día a partir del cual dejan de otorgarse una nueva oportunidad para el afecto y la ternura.

Elvira caminaba bajo la lluvia sin pensar en nada. Años de aprendizaje y férrea disciplina habían obrado en ella el prodigio de permitirle estar cuanto tiempo quisiera sin hacerlo. Y ya casi nunca pensaba, sus recuerdos eran tan dolorosos que, de hacerlo durante demasiado tiempo, habría terminado por volverse loca. Su paso era firme y seguro y, como siempre, iba con la miraba fija en sus zapatos sin reparar en nada de lo que iba dejando atrás en su transito sin rumbo ni destino. Le gustaba caminar en los días de lluvia sintiendo sólo el chapotear de sus pasos sobre los charcos.


Pero, esta noche, el tropiezo inesperado con una botella sumida en las sombras iba a sacarla de su letargo.


- ¡Vaya!, acaba de hacerme añicos la botella de tinto. Era un rioja gran reserva. ¿Sabe?, hacia años que no me llevaba a la boca nada igual -dijo una voz que imaginó curtida por mil años de frío, alcohol y tabaco.


Aunque se cobijaba también bajo la sombra que había motivado aquel tropiezo, Elvira pudo vislumbrar la imagen confusa de aquel hombre. Llevaba un abrigo que debía tener el color de la mugre perpetua y una barba que se adivinaba grasienta y le llegaba casi al vientre. Aparentaba tener unos sesenta años. Aunque los marginados que viven en la calle suelen aparentar todos tener al menos esa edad.


- Usted perdone, no fue mi intención –dijo Elvira mientras sacaba del bolso un billete de 20 euros y hacía ademán de entregárselo como compensación por el estropicio.


En ese instante la luz de los faros de un coche iluminó aquel rostro hundido en las tinieblas, descubriéndole unos ojos que, aunque con la mirada perdida, le resultaron familiares.


- ¡Manuel! ¡Dios mío! ¿Qué haces aquí tirado en medio de la calle? ¡No sabes durante cuantos meses te estuve buscando!


El hombre permaneció inmóvil y en silencio. No sólo había quedado muda su voz, sino que también parecían haber enmudecido sus gestos y hasta aquellos ojos verde oscuros que Elvira había creído reconocer.


- ¡Pero Manuel! ¿Es qué no me reconoces? ¡Soy Elvira!


El hombre comenzó entonces a toser áspera y brutalmente. Parecía que se le fuese a salir cada una de sus vísceras por la boca y hasta por aquellos ojos que ahora debían estar profundamente inyectados en sangre. Tras unos segundos, que a Elvira le resultaron interminables, logró recuperar parcialmente el aliento y dijo con dificultad:


- Lo siento… señora… pero no creo que usted y yo… nos conozcamos. En cualquier caso… desgraciadamente, soy ciego de nacimiento y… difícilmente podría reconocerla.


- ¡Disculpe!, no había reparado en ello.


- No se preocupe, señora, de noche… y con esta lluvia es comprensible.


- Está bien. Adiós Y perdone de nuevo por haberle roto su botella –dijo Elvira mientras cambiaba el billete por uno de 50 euros y se lo dejaba al hombre entre sus frías y temblorosas manos.


- Muchas gracias, señora, muchas gracias.


- Adiós, adiós.


El hombre la siguió con su mirada cuajada de lágrimas hasta que volvió a perderse para siempre entre la lluvia, rememorando, como hacía casi constantemente, aquellos días en que Elvira, cada vez que se encontraban, para tratar de evitar el dolor, se marchaba de su lado como si fuera un extraño, condenándolo y condenándose a que ya lo tuviesen que ser para siempre.


Abril de 2006


Distancia

No son los pasos que quedan por dar
Para abrazar el ansiado horizonte,
Ni las zarzas al borde del camino
Clavando sus espinas en las alas del alma,
Ni las huellas que, manchadas de sangre,
Van adelante a pesar de la herida,
Ni adentrarse en los rumbos a los sueños perdidos
Sin brújula ni velas,
Ni el barro atrapando los pies descalzos,
Ni el miedo ni la ausencia,
No;
La distancia es un muro infranqueable
Que devora la entraña del que espera
Rendido de antemano.

Semen

Como el semen que Onán arrojaba en la Tierra,
Estos versos amargos,
Sin útero amoroso que dulce los acoja
Para ser fecundado,
Se pierden en la nada.
¡Qué atroz e incestuosa pederastia
Urdiendo pecados no nacidos!
¡Qué triste eyaculación sin orgasmo
Reventando en estrofas sin simiente!
¡Qué ardor prostituyendo los sentidos
Cual témpano de hielo!
¡Qué sórdido burdel
Con disfraz de poesía!
Me desparramo en blancas soledades
Con acordes de luto
Y me duelen las flores como espino…
Y esa lila del páramo –oh dios mío la lila-
Es igual que la muerte,
Gasolina en el fuego,
Como espejo de mármol,
Infierno aventajado en los infiernos.
Ah dios terrible, imponme el castigo
Reservado a los cánticos estériles;
Corta el hilo de un golpe
Para que en paz descanse el sexo hambriento
De vástagos insomnes,
Y arrástrame a los profundos abismos
Donde tú ya no existes,
Donde esta nada no fue más que un sueño
Nunca más recordado.