
1. Manuel.
Nunca pensó que se decidiría a hacerlo, pero ya había sobrepasado el límite de sus decadentes fuerzas, no podía más, el dolor lo había vencido.
Una lágrima rodó por su mejilla.
Después, un instante de determinación y un violento estruendo, que apenas llegó a escuchar, lo sumieron, salpicando la niebla de mudos ocasos, en la oscuridad absoluta, en el frío, en la eterna inercia de lo estático.
2. Elvira.
Nunca llegó a conocer el significado de la palabra tristeza, ni siquiera cuando rechazó para siempre a Manuel, apartándolo bruscamente de su vida: era un ser excepcional manejando las propias emociones.
No había síntomas que lo presagiasen. No obstante, tras un reconocimiento rutinario, el diagnóstico fue tajante: o un transplante, o su vida se podría alargar como mucho por dos años, pero, también, apagarse repentinamente en cualquier instante.
Tras la intervención se consumió en tan sólo seis horas.
Oficialmente se achacó a un brutal rechazo hacia el órgano transplantado, pero lo cierto es que su muerte se produjo por no ser capaz de soportar la tristeza con la que venía lastrado aquel corazón ajeno envuelto por la niebla.