miércoles, 29 de enero de 2014

Caralibro (Agustín Casado)

Desde niño granujiento,
la cara llena de gafas,
un pescuezo de jirafa,
y el pelo ralo y grasiento.
De estatura más bien baja,
una cloaca su aliento,
y aun vivo, color de caja
con ese gris ceniciento
como de flor de mortaja
que se les pone a los muertos
habían hecho de Rafa
ya desde su nacimiento
semoviente monumento
a la crueldad de la raza,
tanto fue el ensañamiento
del que repartió la baza,
las cartas de la baraja:
ni belleza ni talento.
Un hablar medio tartaja
y su timidez sin cuento
hacen que de momento
ni siquiera unas migajas
de amor para este sediento
mitiguen algo la brasa
que lo agosta y que lo aja,
que lo consume por dentro,
ni que sea un matarse a pajas
su amatorio experimento,
pues comerse, ni un pimiento.
Quedó en agua de borrajas
inclusive aquel intento
cuando regaló una alhaja
a aquella chica tan maja
que se ganaba el sustento
ofreciendo de rebajas
los encantos de su cuerpo.
Mas un día roló el viento,
descubrió un descubrimiento
y de pronto todo encaja
que ahora feliz y contento
cambió la vida de Rafa
que lo mima y lo agasaja,
se acabaron los lamentos.
Porque incluso hasta viaja.
Él que nunca había estado
más que en el pueblo de al lado
cuando fue de campamento
a la mili de soldado,
Marco Polo reencarnado,
ya conoce los desiertos,
los siete mares, sus puertos,
Buenos Aires y Chicago,
la leyenda de Eldorado,
mil palacios desde dentro
y el Cañón de Colorado.
Él que nunca había tenido
lo que se dice un amigo
tiene ahora tropecientos,
los tiene hasta por castigo;
el que hace mil quinientos
una jay de Sacramento
con unas tetas de abrigo.
Él, que del amor mendigo
conocido ha el sufrimiento,
vive ahora su momento
y es objeto de deseo
pues ya nadie lo ve feo;
a las nenas da tormento
el perfil de camafeo
que encuentran en su perfil;
esa risa de marfil
ese bronceado egeo,
esos ojos perejil
que miran como Romeo,
ese ponerlas a mil
con su aire gitanil
de figura del toreo.
A él, que fue tan ignorado
por ellas en el pasado
que iba solo de chateo,
le basta ya un movimiento
de su dedo (en el teclado)
pa’que acudan al momento
con él a sus aposentos
solícitas a su lado
de artistas lo más granado,
las mujeres más hermosas
que hasta incluso Paqui Rosa
el jueves le ha dedicado
su grito desaforado
y enamorada y mimosa
con un poema bien rimado
tirarle los tejos osa.
Él, que nunca a esa cosa
de opinar se atrevería,
ahora imparte hasta teoría,
doctrina del pensamiento,
profunda filosofía,
citando siempre un fragmento
que dice a los cuatro vientos
cuánta es su sabiduría.
Con faltas de ortografía
y sin poner ni un acento
Reverte, Julián Marías,
Chaplin como un libro abierto,
Borges por alegrías
y mucho Gandhi por cierto.
Y se le ve a Rafa suelto
contar el chiste del día,
denostar del Parlamento
a sus abyectas señorías,
llamar a la policía
madera y bruto a un sargento,
y según el sentimiento
ir con flores a María
o ciscarse siempre en Trento.
Él, que santo horror tenía
al más chico de los perros
muestra su arrepentimiento
y cuelga fotografías
de su surtida jauría
junto a sus gatos durmiendo.
Soledad en compañía,
hecha a la medida justa
de al que la vida le asusta
y no tiene otra alegría
ni un mejor esparcimiento
que mirar pasar sus días
en el reino del Me Gusta.
El feisbú, qué gran invento.


Texto e ilustración: Agustín Casado


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Vivimos en una época de mucha gente sola con perros fieles. Me gusta tu relato.

Carlos Galeon dijo...

Me sigues asombrando con tus rimas tan ingeniosas como irónicas, y con un final inesperado y satírico.
Saludos y un abrazo.