viernes, 10 de mayo de 2013

Tribulaciones de una crisalida (XLV)

Se me caído un verso de las manos y se ha partido en seis; está sangrando. No quiero recordar lo que nombraba –si es que nombraba algo-, pero el silencio es sucio como el vino y se esculpe a mazazos en la frente de la jerga señera de los muertos. Hay una cicatriz que anega el aire, lo está petrificando con su voz de seda y árboles. Finjo ignorar sus salmos ebrios, y escucho con espanto los lamentos de los que no han gozado de la noche, de los desheredados comedores de vidrio y pan celeste. Más allá de los huesos de la risa, hay una playa de ojos grandes y arenas del color de un moribundo, sumiéndose en la ciénaga de los labios del vinagre, que arrastra tras sus remos el bálsamo de Poe. Ya sé que sobran adjetivos. Pero trato de llenar con sus despojos, el hueco que han dejado, desertando, los adverbios de tiempo.

2 comentarios:

Sandra Garrido dijo...

A veces es mejor no saberlo, la ignorancia nos presta un descanso, los ojos cansados encuentran reposo, los vacíos un hueco más y el tiempo queda agazapado para no ser excabadora de entrañas.

A veces la tristeza es tan bella.

Mi abrazo y mi luz

Vivian dijo...

Qué bello! Ay, veré si me encuentro ese verso, aunque esté descuartizado, viniendo de ti debe ser sublime. (Después diré que es mío, que salió de mi cabecita)
Besos
Cuando estás adolorido eres doblemente poeta.