domingo, 31 de enero de 2010

Venganzas


NI UNO SOLO de ellos dio crédito a los desesperados alaridos de aquel zagal recién llegado al majadal. Al cabo, todos eran más que veteranos en el oficio y sabían bien que hacía ya décadas que la alimaña había sido erradicada de aquellos pagos.

-¡Que viene el lobo, que viene el lobo! –se desgañitaba sin descanso.

De modo que incredulidad e indiferencia dieron paso a la burla. Y poco después, cuando su rostro fue alcanzado por la luz de la luna llena, a impotencia y espanto.

Preces


Estos rescoldos ¡dios! sangre y cenizas

Avívalos con un simún ardiente
O apágalos por siempre en la cellisca

sábado, 30 de enero de 2010

Impotencia


Sólo en mis letras.
Nunca
La azada mano a mano
Ni el germen de un espasmo
Alzando entre el estiércol
La savia de otros vástagos,
El verbo hecho promesa.

Siempre
Solo en mis letras.

viernes, 29 de enero de 2010

Llamada perdida (II)


Que fue por error, me dices,
Esa llamada perdida
Que quise pensar llegaba
Para enfrentarse al silencio.

Que fue por error, qué espanto,
Tras tanto esperar un eco,
Que fuese un baile de números,
Augurio de un cruel estrépito.

Que fue por error, qué Tártaro;
Si sucediese de nuevo
Una mentira clemente
Otórgame, te lo ruego:

Recomiéndame algún libro,
Di que me echabas de menos
O que intentas recobrar
La plática de otros tiempos.

O que llamas solamente,
Aun queriéndome en lo eterno,
Para decirme hasta siempre,
Que te me vas sin regreso.

jueves, 28 de enero de 2010

Lago


Al fin la fuerza, al fin
Consigo unir pedazos
Quebrados de un destiempo
Que no hubo calendarios.

Fue gravoso.
No es fácil
Ejercitar los músculos
De un alma rota,
Lleva
Un tiempo innumerable
Recomponer sus huesos
–Cristal molido, añicos
De un lustro de mazazos-,
Tapar las cicatrices
Que, ocultas, permanecen
Sangrando en la sonrisa
Que esgrimen los que ultiman
Su puzzle de entelequias.

No obstante, a veces,
Llega.

Igual que ahora.

Lástima
Que este vigor recién
Cobrado,
Sólo sirva,

Como otras tantas,
Como
Cuando era débil, para
Fingir que
No me importa.

miércoles, 27 de enero de 2010

Haití


TRAS LA CATÁSTROFE: la "reconstrucción". Y, con ella, los negociantes de ruinas, los mercaderes de miseria, los usureros, las carroñeras. Y es que a la casa del pobre -de los empobrecidos- la desgracia no suele llegar sola.

martes, 26 de enero de 2010

Rehabilitación


Me cuentas que tu médico
Te ha prescrito sosiego,
Que procures quererte
Y un poco de ejercicio
A modo de terapia

Para tus cervicales;
Y que este 2010,
Siguiendo esos consejos,
Pretendes que al fin sea
El año de tu vida.
Y yo que me sospecho
Parásito nocivo
Que merma tu amor propio
Y atropella tu calma,
Sin cauterio al quebranto
Que tu falta me infringe,
Nos prescribo distancia.
Y en la vasta inquietud
De acatar la renuncia
Que a mis ansias impongo,
Pudriéndome en mi féretro,
Me intuyo abominable,
Hasta que una vez más
Me llamas o me escribes
Un mensaje electrónico,
Despertando de nuevo
La execrable renuncia,
Obligada y demente,
Del parásito hambriento
Que devora mi calma.

lunes, 25 de enero de 2010

Corredor



Sobre un cimiento frágil
Fraguado de silencios
Alzar en tenguerengue
Palabra tras palabra
Enclenques y livianos
Castillos en el aire
Castillos que en su asfixia
Más tarde al desplomarse

Cargados de cinabrio
Son plúmbeos y espectrales

domingo, 24 de enero de 2010

Con los pies en la tierra


Callaban ciertas cosas.
Temían compartir las confesiones
Que por siempre estuvieron esperando,
Tejer en derredor de los muñones
Los muros de una cárcel amarilla,
Cordón umbilical abierto al vuelo.

sábado, 23 de enero de 2010

Sudoku


Tejida en la tiniebla
Locuaz como un destello
Palpita la respuesta
La sola
La invisible
Respuesta intrascendente

Civilización


En la noche,
Tras ese instante leve
De estrellas secas alumbrando el sueño,
La sal se pega, adusta, a la retina,
Fundida al vaho que opaca los cristales.

Se apagan los latidos de la calle
Y, en la altura, el abismo, inmenso y frío,
Se tiñe de un naranja espeso y falso,
En tanto ni los perros ya se arriesgan
A hostigar los bozales del silencio.

El alma se sospecha abandonada;

Cansada de fingir su vasta duda,
Profiere la pregunta más temida,
En medio de una angosta mar sin ecos:

¿Esto era todo, el gran milagro, el verbo?

Las ruinas de Babel, cual soga, aguardan,
Armadas de una elipsis desmedida,
A asir entre sus garras la garganta
De un cántico que apenas fue un ensueño.

jueves, 21 de enero de 2010

El mutilado (un poema de Gabriel Ferrater)


Ya sé que no le amas.
A nadie se lo digas.
Los tres, si nos ayudas,
guardamos el secreto.
Nadie más ha de ver
lo que tú y yo hemos visto.
De la gente y las cosas
que nos dieron su amistad,
el se esconderá
.
No volverá al café
que está para esperarte.
Vendrán meses con erre:
estará lejos de las mesas

de marmol donde os servían
las ostras y vino blanco.

En los días de lluvia,
no mirará el asfalto
donde os habíais visto
cuando a falta de taxis
teníais que ir a pie.
No abrirá más los libros
que le hablaron de ti:
ignorará qué dicen
cuando no hablan de ti.
Y sobre todo, puedes
estar segura, ni tú ni yo
sabremos dónde está.
Se irá confinando
por tierras muy remotas.
Caminará por bosques
oscuros. No le sorprenderá
la azagaya de luz
de nuestra memoria.
Y cuando esté tan lejos
que lo creamos muerto
podremos recordarle, decir
que no le amabas.
Ya no nos dolerá
saber que tú le faltas.
Será como un espectro
sin vida ni penar.
Como la foto macabra
de una Gueule Cassée
que adorna un escaparate
y no nos impresiona.
Pero ahora no digamos nada:
no alarmemos a nadie
mostrando la herida
sangrante y purulenta.
Démosle tiempo y olvido.
Callemos, hasta que nadie,
ni yo mismo, lo pueda
confundir aún conmigo.

Traducción de M.ª Àngels Cabré

miércoles, 20 de enero de 2010

La hoguera


Penado en la ordalía
Dolosa del destiempo,
No sé cual fue mi ofensa;
Mas busco absolución en tu oratorio
Igual que un moribundo en la agonía
Que, helada y crepitando por sus piernas,
Asciende desde el filo de la hoguera,
Rebusca en una fe que nunca tuvo
Indicios de otro aliento tras la muerte.
Y no puedo evitar que una honda asfixia
Me anegue, desolado, en la sospecha:
Espanto a que tal vez tú hayas juzgado
Que nunca fue mi afecto una herejía.

Imagen gentileza de Monica Y. (gracias)

martes, 19 de enero de 2010

Historias de Jebuntrea


JEBUNTREA es un pequeño pueblo cercano a un caudaloso y transitado río, ya en las proximidades de su desembocadura. En sus alrededores una rica campiña da paso a un inmenso paisaje marismeño que, por su topografía plana sin confines visibles, nos recuerda algún rico imperio real o ficticio en el que nunca se pusiese el sol. Más aún, cuando se contempla uno de los atardeceres que acarician esta marisma única, con su diversidad infinita de matices rojizos y dorados y la brisa marina peinando los trigales ganados a pulso al salitre, se podría decir que Jebuntrea es el mismo Imperio del Sol.

Hace ya muchos años en Jebuntrea vivió Aureliano. Aureliano a sus dieciséis años, cuando aún era y tenía apariencia de niño, se había enamorado locamente de “la Petra” que, a pesar de contar con dos años menos que él, era ya una mujer de las que llamaban “de bandera”, con unos ojos verdes cuyo brillo apenas era igualado por el de aquel sol que, desde su pedestal de cielo, gobernaba la marisma.

Una tarde Aureliano por fin convenció a “la Petra” y juntos se encaminaron al viejo molino de viento donde se dispusieron a entregarse mutuamente su amor de niños que jugaban a ser adultos.

A pesar de su apresuramiento, cuando aún sus corazones no les golpeaban con suficiente fuerza el pecho ni habían terminado de despojarse de las vestiduras que aprisionaban sus deseos, una voz ruda y enérgica los sobresaltó.

- ¡Alto! ¿Quién vive?

La impresión les descompuso el rostro y faltó poco para que les hiciese vomitar hasta la última de sus vísceras.

- ¡Coño, la puta guardia civil “na” más que sirve “pa esbaratá níos”! -farfulló ostensiblemente contrariado Aureliano.

Pero su enojo y sorpresa se transformaron súbitamente en un pavor incontenible.

- ¡Papá!

- ¡Petra, cago en la madre que me parió! ¿Qué haces con ese “desgraciao”? ¡A este cabrón lo capo y a ti te mando a un convento! -dijo el cabo mientras montaba su arma.

Aureliano y Petra comenzaron a correr despavoridos, cada uno por su lado, mientras dos disparos rompían por un instante la calma de aquel atardecer único. Pero Aureliano no quería renunciar tan fácilmente a gozar de los favores de su amada y, como un poseso, comenzó una y otra vez a recorrer a toda prisa aquellos viñedos generosos, y a todo a aquel que se encontraba mimando las vides como sólo en Jebuntrea se sabe hacer, le preguntaba con enorme desasosiego:

- ¡Paisano!, ¿no habrás visto pasar por aquí corriendo a una guapa moza a “medio coger”?

A la mañana siguiente, tras toda aquella noche de búsqueda frustrante e infructuosa, Don Nicanor, tío de Aureliano y persona influyente por su condición de párroco de Jebuntrea, fue al encuentro de su sobrino y, visiblemente alterado y molesto, le espetó sin tan siquiera tratar de ocultar su malévola complacencia:

- Hijo mío, ¡o te vas ahora mismo del pueblo o tienes tus horas contadas! ¡No te da vergüenza ir por ahí “cogiéndote” a la hija del cabo! Con la de hijas de campesinos que hay por ahí “pa” una buena agarrada. ¡Venga, sal pitando! ¡Ni equipaje ni “na”!, que el cabo viene “p’acá” dispuesto a pegarte un tiro.

Eran tiempos donde la justicia, o mejor dicho la injusticia, la dictaban cuatro desaprensivos y Aureliano no tardó ni un segundo en marcharse como alma que se lleva el Diablo, o Dios, ¿quién sabe? De no haberlo hecho, esta historia hubiese acabado aquí manchada de odio, sangre e intolerancia.

Con los años murió el cabo. Lo encontraron flotando en la marisma con las cuencas de los ojos vacías, probablemente comidos por las gaviotas, sin testículos y con el pene cercenado y metido en la boca. Sin duda, en esta ocasión al menos, se había cumplido aquello de que él que a hierro mata a hierro termina por morir tarde o temprano. Pero la vida ya había situado a Aureliano lejos de Jebuntrea y sus tediosas nuevas motivaciones habían acabado por enterrar a “la Petra” muy en el fondo de su corazón. El destierro obligado había terminado por convertirse en un desarraigo deseado o, al menos, tolerado por la fuerza de la costumbre y el hastío. Cuando conoció la muerte del cabo, Aureliano sólo esbozó una leve sonrisa, más de compasión que de maldad, y ni siquiera por un instante pasó por su pensamiento la idea de volver a Jebuntrea, a pesar de tener allí padres, hermanos y aquel tío cura y fascista. Una familia a la que no había vuelto a ver desde su frustrada aventura en el viejo molino de viento. Eran tiempos en los que las distancias aún eran muy grandes y sólo se viajaba cuando era estrictamente necesario.

Muchos años después de la muerte del cabo, cuando ya Aureliano casi había olvidado aquel imperio del sol donde tenía sus raíces y tal vez su verdadero amor, cuando ya incluso había olvidado que había asumido la idea de nunca volver a sentir aquel aroma irrepetible e indescriptible a salitre, vino y camarones, recibió aquella noticia que le entristeció su endurecido corazón. Madre había muerto y Aureliano, de repente, se arrepintió por tantas cosas que no hizo y le hubiera gustado hacer, tantas palabras amorosamente cómplices que habría querido susurrarle despacito en las tardes de lluvia, tantos ratos que dejó de pasar junto a ella, tanto cariño desperdiciado…

En aquel tren que lo conducía hacia su pasado perdido lloró amargamente toda la noche. A la mañana siguiente, en el sepelio, volvió a encontrarse con Don Nicanor que, con los años, había reforzado aun más su aspecto de capellán de campo de ejército golpista sublevado. Y se encontró con sus hermanos, todos más pequeños que él, y con su padre al que el dolor permanente por haber perdido a su hijo a causa de un destierro dictado por la intolerancia y la injusticia había terminado por volver loco. Pero no vio a “la Petra” que, súbitamente, había vuelto a emerger desde las profundidades, ahora tremendamente atormentadas, de su espíritu.

El cementerio de Jebuntrea está situado al pie de una suave ladera desde la que afloraban varios manantiales abundantes en agua, sobre todo durante los otoños lluviosos como aquél. De este modo, frecuentemente, se convierte en un enorme lodazal pantanoso en el que las tumbas apenas emergen de debajo del agua y el barro y donde muchos nichos y los pocos panteones con que cuenta aquel camposanto se anegan hasta desbordarse. Y el más inundado de todos resulta ser siempre el panteón de la familia de Aureliano. Un panteón cuya posesión no respondía a su clase social, era una familia humilde, sino a la influencia y empecinamiento de Don Nicanor, que quería acabar sus días enterrado como un aristócrata ya que su morada final, muy a su pesar, quedaba lejos de paredes catedralicias o salones vaticanos, puesto que a cardenal u obispo no llegaría nunca. Su maldad era excesiva incluso para eso. Aquel panteón contenía los restos mortales de abuelos, bisabuelos y otros ancestros y parientes que, durante años, habían sido allí trasladados desde sus tumbas y nichos originales. Dos metros de agua al menos cubrían esa mañana todos aquellos humedecidos despojos.

Negros nubarrones amenazaban tormenta. Una de esas tormentas que, momentáneamente, parecía que fuesen a acabar con el imperio de aquel sol que siempre terminaba por volver a enseñorearse del paisaje infinito de las marismas de Jebuntrea. Pronto comenzó a llover, pero eso no arredró a Don Nicanor que parecía que no fuese a terminar nunca su sermón fúnebre perversamente inspirado en el ideario del nacional catolicismo, cuerpo central de las convicciones de aquel cura resentido y traicionero. Un sermón al que, por su tono tedioso y fascista y por la inclemente mañana, nadie prestaba la menor atención. Poco a poco aquella lluvia fina se tornó en una tromba tremenda de agua que caló a todos hasta los huesos.

- ¡Aureliano!, ¿qué hacemos con madre? –inquirió Arcadio, el más pequeño de los hermanos, entre tos y tos y tiritando espasmódicamente.

Aureliano miró al cielo, después a su incansable tío, por último al fondo del panteón...

- ¡Zambúllela ya! –dijo lacónicamente y, dándose media vuelta, se encaminó con parsimonia hacia el pueblo sin reparar en los charcos y el barro que fue pisando durante todo el camino.

Y madre se fue hacia su último viaje como antiguo capitán de mercante muerto de escorbuto o a causa de las ansias de botín de amotinados rebeldes o de ladrones del océano a las órdenes de Drake, y cuyo cadáver es arrojado al mar de Java envuelto en negra bandera pirata para servir de pasto a los tiburones.

Aureliano, tras el funeral, se volvió a marchar de Jebuntrea. Pero su éxodo no duró mucho. Poco después de un mes recibió la noticia de la muerte de su padre. Sin saber porqué, Aureliano recordó aquella tarde en la que el cabo, ante la mirada cómplice e inquisidora de Don Nicanor, irrumpió en la casa y se llevó todos los sacos de harina, producto del estraperlo, con la que su padre fabricaba el pan sobre el que se sustentaba la economía familiar. Y rememoró el torrente de lágrimas vertidas por su madre y la angustia del señor Melquíades, proveedor de aquella harina, al pensar que nunca le podría ser compensada. Pero el padre era un hombre cabal. Pasó meses sin dormir y trabajando sin descanso hasta que, sin dejar de atender las necesidades de su mujer y sus cuatro hijos, logró devolver hasta el último gramo de harina. Un áspero sentimiento de culpa le subió a Aureliano hasta la garganta por su ingratitud recién descubierta.

Aquella noche, en la que de nuevo regresó Aureliano a Jebuntrea, la intensa lluvia le recordó un lugar llamado Macondo. Un lugar que desconocía si era real o ficticio y del que había sabido en alguna de aquellas muchas lecturas a las que en realidad normalmente no prestaba casi ninguna atención. Aunque le ayudaban a matar el tiempo, ese tiempo que a él lo había ido matando y al que finalmente no podría derrotar por muchas batallas de las que saliera triunfante o, al menos, sin ser vencido.

Aureliano, que por ley de vida se había convertido en el cabeza de familia, en vista de la laguna en que se había convertido Jebuntrea y recordando la inmersión macabra aun reciente, envió a su hermano Arcadio a inspeccionar el estado en el que se encontraba el panteón familiar para evitar al día siguiente desagradables sorpresas húmedas. El panorama era patético: sucias mortajas manchadas por el barro y restos óseos desparramados por los alrededores del panteón, cajas fúnebres abiertas flotando y pugnando por salir al exterior en lo que a Arcadio se le antojó como un intento vano de sus inquilinos por escapar de aquella insensible oscuridad eterna a la que estaban indefectiblemente sometidos… Y madre… madre haciendo su particular singladura estigia.

- ¿Qué, cómo está la cosa? –preguntó Aureliano al regreso de su hermano.

- ¡¿Que cómo está?!... Hermano… ¡Marineritos tenemos!

Tras aquella nueva zambullida perpetrada en el panteón familiar, Aureliano decidió quedarse en Jebuntrea para hacerse cargo de los intrascendentes asuntos de la familia. Y, claro, el tedio y el arrepentimiento por las cosas que había dejado de hacer lo llevaron a volver a pensar en “la Petra”, cuyo recuerdo hizo renacer de nuevo el deseo y la vida en su corazón. Una dolorosa ansiedad, producida por la ausencia de su amada, fue creciendo poco a poco en los rincones más profundos de su alma. Una tarde lluviosa se decidió a hacer algo para tratar de calmar aquella terrible angustia. Con paso firme, pero sin demasiado agrado, se encaminó hacia la iglesia para ver a Don Nicanor que, pese a ser un cabrón o, tal vez, por eso mismo, era el mejor conocedor de todos los entresijos que, en relación con el corazón o la hacienda, acontecían en Jebuntrea.

- Tío, ¿qué es de “la Petra”? Como usted sabe, yo estoy desde niño enamorado de ella y, por fin ahora, he comprendido que es la mujer de mi vida. Necesito verla, quiero vivir el resto de mis días a su lado. Hacerla feliz y recuperar parte del tiempo que perdimos a los pies del viejo molino.

- ¡Pero, Aureliano!, “la Petra” y tú sois ya muy mayores para los asuntos del corazón. Además, lo que mal empieza, mal termina por fuerza. Y vosotros empezasteis realmente muy mal.

- Permítame insistir tío. Ya sabe también ese otro refrán que dice que nunca es tarde si la dicha ha de ser buena. Y, si ella sigue soltera, creo que juntos podríamos recuperar parte de la felicidad que aquella tarde nos arrebató su amigo el cabo Cotes.

- Hijo, mira, “la Petra” sigue soltera, pero ya no es lo que era.

- Tío, me da igual que ahora esté flaca o gorda, o que esté más arrugada que una pasa. Como podrá ver, yo tampoco estoy “pa” tirar cohetes.

- Hijo mío, te repito que “la Petra” ha cambiado mucho.

- ¡Joder, Don Nicanor!, ya le digo que me da igual. ¡Dígame donde la puedo encontrar y basta!

- Mira Aureliano, te voy a ser franco. ¡Y que Dios y su Santísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, me perdonen por las palabras que va a proferir mi boca entre estas paredes sagradas! A “la Petra”, desde tu marcha, apenas se la veía por la calle. Nadie ha sabido nunca, ni yo mismo, si por voluntad propia o por imposición paterna. Pero, hijo, tras la muerte del cabo dio un cambio radical y, desde entonces, se la ha “cogío” “to” el pueblo. Hasta yo me he “pegao” con ella alguna que otra “agarrada”. ¡La muy puta!, debe ser por la vergüenza que le produce la posibilidad de que tú puedas saber acerca de su inmoralidad y su vida disoluta por lo que, desde tu vuelta, nada se sabe de ella en Jebuntrea.

Aureliano miró a su tío con desprecio y compasión a un tiempo, y, mientras se daba la vuelta y caminaba sin saber hacia donde pero si hacia quien, hacia su Petra de entonces donde fuera que estuviese, amargamente le respondió:

- ¿Y qué?, tío. Aunque tarde, he aprendido al fin que la vida hay que disfrutarla pues no es eterna. Además, no creo que sea tan grave lo que “la Petra” haya podido hacer. Porque, ¿acaso Jebuntrea es Nueva York?

Hoy Aureliano y “la Petra” viven juntos y felices. Y esa felicidad hace que no se preocupen de la cercanía cada vez mayor de ese otoño lluvioso en el que, probablemente unidos, tras pasar en cortejo fúnebre delante de aquel viejo molino, se habrán de dar su última zambullida.

Abril de 2004 - Marzo de 2006

lunes, 18 de enero de 2010

Calvario


Revienta el verbo
Y brota espasmo a espasmo en un poema:
Ternura, derramada en soledad,
Cabal y estéril;
Calvario en un espejo
Negado a la pupila.

domingo, 17 de enero de 2010

Infiernos


EL OBISPO MUNILLA tiene suerte; mucha suerte, sí, de que los infernos sí sean de este mundo y no de ningún otro. Infiernos llamados Haití o Palestina y que, a juicio de semejante hijo del Vaticano, no son nada comparados con "nuestra pobre situación espiritual y nuestra concepción materialista de la vida". Aunque, bien pensado, y en el caso improbable de un más allá tras la muerte, esa buena suerte se le mudaría en pésima fortuna. Porque ¿dónde encontraría, pues, morada, tras ese tránsito, semejante demonio inhumano y sin escrúpulos? Otra razón más para ansiar la vida eterna. Eso sí, es de agradecer a desalmados como Munilla que, con sus prédicas nauseabundas, vengan a reforzar las convicciones de aquellos que no estamos dispuestos a que se otorgue ni un sólo céntimo de nuestros impuestos a estos diabólicos herederos de la inquisición y sus mazmorras.

Aunque no has de venir


Sé bien que no vendrás y así con todo
Jamás renunciaré al insomne sueño
De verte aparecer, pródiga y noble,
Del fondo de un recodo del destino,
Buscando guarecerte en mis afectos.

Ni a, entonces desbocado, ir a tu encuentro
Sin cuentas por saldar, sin un reproche;

Tan sólo, tras la espera, celebrando,
Abierto el corazón, brazos abiertos,
Tu vuelta, hilo de seda en la parábola
Que sueño ya sin fe en mi laberinto.

sábado, 16 de enero de 2010

Alegoría



A Alfonsina, que nunca sabrá de este poema.

"(...) tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados."

Alfonsina Storni.

Siempre vivió en las cumbres
Soñando el mar, las olas, delfines en la espuma,
Gaviotas al ocaso
Y
el límpido prodigio
Que encala, con su témpera de azogue,
La piel de las mareas
.
Siempre vivió en las cumbres;
Jamás gozó el océano ni arrullos de sirenas.
Pero una noche enferma,
Segura de que nunca arribaría
Al puerto en que esperaba desde siempre
Poder largar amarras,
Tatuó una mar sin fin en un poema;
El más bello poema
De (a)mar
Jamás escrito,
De (a)mar y muerte.

viernes, 15 de enero de 2010

Prosopopeya


Hay veces que el muñón vuelve a dolerse
Igual que cuando fue recién castrado.
Comprende el hueco entonces que el dolor
Jamás hubo llegado a mitigarse,
Que sólo terminó por ser costumbre
Sin que una vez, al duelo de su pérdida,
Viniese una caricia a hacer contraste.

jueves, 14 de enero de 2010

Ecce homo


Me afano en desterrar de mis poemas
Cualquier palabra esdrújula o aguda.

Tan extensa es la sal,
Tan acerba una lágrima,

Que se hacen remembranza en la distancia,
De afasias, clavo y cruz, yermo y exilio.

La suerte está ya echada, el veredicto
Se ubica en territorios de ladridos
Y el hombre, aquí / aquí, el poeta


---------------------------------------------------------------------- solos

Con todo el diccionario a sus espaldas.