Vocablo polisémico, parido en los obscenos mentideros del ámbito político, que en sus significados distintos se aproxima a la antinomia. De un lado se refiere
a aquel que se hace esclavo de sí mismo por no tener donde caerse muerto, y así se va arrastrando a duras penas bajo el sórdido fango funerario que engrasa los circuitos del sistema. Del otro al esclavista que, tras trepar a lo alto, lo más alto, del basural, pisando en su periplo, el cuello y la esperanza de aquellos que en un tiempo fueron sus semejantes, siendo sólo una rata, vive como los príncipes, de la sangre, el sudor y las carencias de una legión de zombis, de ilusos que se sueñan a veces, sólo a veces, seres vivos.
Se decían entre sí que eran de los pocos “trianeros auténticos” que allí seguían todavía. Y compartían nostalgias comunes de un pasado ya desaparecido: Los fuertes lazos de vecindad de aquellos corrales de vecinos donde celebraron en común bautizos, comuniones y bodas; las salidas de la “hermandad”; las romerías al Rocío; las “Velás y sus cucañas”; Ver crecer, subir y bajar hasta morir a toreros, tonadilleras y cantaores gitanos famosos.
Pero el encanto mágico de sus recuerdos compartidos se quebraba bruscamente, como una linda porcelana, cuando miraban a su alrededor. Se sentían náufragos en el océano de la Triana contemporánea: ¡Qué seres tan anónimos les resultaban los nuevos personajes que habían desembarcado en el barrio¡
Y es que, atraídos por el ambiente vivo y típico de sus calles, éstas se habían llenado de estudiantes y turistas alquilados; de apartamentos y pisos de lujo para nuevos ricos que hacían su vida puertas adentro; de asalariados de cadenas franquicias y supermercados que vivían lejos; de las inmensas progenies de las innumerables tiendas chinas a buen precio que sólo hablaban con los de su raza; o de atildados dueños de establecimientos gourmet, que vendían carísimas y diminutas exquisiteces a precio de lingote de oro y paseaban con la compañía exclusiva de sus perros de pedigrí.
Qué escribiría yo y cómo, me pregunto, habría titulado este poema, si fuese una mujer, mujer que olvidas mi sed mientras entregas tus aguas al desierto, y no fuese tan débil y no tuviese miedo y erguida contemplase, indiferente, a este que soy sin ser, demolido; ¿silencio?
Día tras día, cuando aún no ha amanecido,
sumido en la densa opresión del tráfico atascado, miro en redor de mi
angustia, y todos los que me rodean, con el rostro enrojecido por la
tinta infernal de las luces de freno, se me antojan siniestros
maniquíes, muñecos hinchables a punto de estallar, despojados para
siempre de su alma por el mismo demonio. Después, cuando llego a mi
destino en ninguna parte, tratando de liberarme de la insoportable y
pesada presión de lo vacío, de darme un breve respiro –hay paradojas
sin explicación posible-, tras programar el temporizador y ajustarme
bien la toma de aire, durante unos minutos me desinflo.
cuando en un mecanismo a una fuerza centrífuga se opone otra centrípeta de similar calibre no es otro el resultado que un tenso statu quo agotador e inútil que al cabo de la pugna
colapsa el artefacto el cual queda abocado en su deriva a ser un peso inerte en retroceso
qué nutritivo
papas a lo pobre
menú sin ese aliño vaticano
a base de oro y gula
que engulle entre salmodias el maná
de aquellos que no habrán de hollar ni en sueños
el cielo prometido
con p de pan se escribe pan esto es más que evidente y por lo tanto pretender pergeñar una especie de poema mutación aberrante con mimbres semejantes no crean tiene su miga ¡lo ven! ya acuden las hormigas
En neolengua –que podría ser, según Orwell, la jerga propia
del totalitarismo global- nada es lo que parece. Cada palabra es tan ambigua y
turbia y está tan vacía de contenido, que puede tener varios y contrapuestos significados
y, más que otra cosa, ninguno. Así, en neolengua cada palabra es siempre
expresión del pensamiento único –que es sinónimo de no pensamiento- sobre el
que, en última instancia, se sostienen y retroalimentan las estructuras de
poder. La neolengua es un sistema de (in)comunicación dirigido a demoler
cualquier tipo de dialéctica, de modo que al pueblo –una amalgama de individuos,
sin nexo social alguno, relegados como mucho a la condición de súbditos-
le sea imposible cuestionar cualquier tipo de imposición o dictado emanados de
los aparatos espurios del Estado. En consecuencia, cuando en neolengua se pronuncia la
palabra Paz –pese a que el pueblo, ensordecido por el estrépito alienante de la
jerga totalitaria, no se percate de ello-, se está hablando en realidad de opresión,
terror, crimen y guerra. Por eso no debe extrañarnos que se haya concedido el
Nobel de la Paz a la Unión Europea.
Hay dos calles muy estrechitas en el arrabal trianero, las de Covadonga y Rocío, que pertenecen al mundo contemplativo de los filósofos. Todavía hay que andarlas despacito. Su espacio no se ha achicado con la entrada de los camiones y coches. Y se muestran escépticas respecto a la novedad de los ordenadores. No comprenden como un joven gafinegro y encasquetado puede pasearlas cual si un zombie. Lo que no han sido capaces de digerir es lo del venerable anciano Don Migué. Tras cumplir un siglo las ha visitado alborozado y saltarín. Y es que ha sido reprogramado celularmente como un muchacho adolescente.
cuando el ritmo y la métrica enmudezcan y no quede siquiera una metáfora de mármol bajo el mar como testigo entonces sólo entonces sólo y qué ¿decir que lo lamento? más quisiera jamás fue el blues propicio al arrepenti-miento
La batalla estaba siendo bastante menos favorable que de
costumbre para el ejército del rey Waldemar, que hacía más de dos lustros era
comandado siempre victorioso por el aguerrido Amalrik. La caballería de Hilmar
había cobrado una clara y casi definitiva ventaja al sorprender a los de
Amalrik en un estrecho desfiladero poblado de rocas que dificultaban sus
maniobras, y las bajas comenzaban a ser numerosas, con lo que el desánimo era
cada vez más evidente entre los suyos. Cuando Amalrik fue alcanzado y herido de
muerte por espada enemiga en la mitad izquierda del tórax, desde donde comenzó
a brotar sangre a deletéreos borbotones, el fatal desenlace parecía que se
desencadenaría bien pronto de manera indefectible. Entonces, inesperadamente,
surgió desde la retaguardia aquel guerrero menudo y desconocido manejando su
espada con una maestría tal que nadie recordaba haber visto antes nada igual.
Con gran destreza y corriendo un riesgo rayano en la temeridad más absoluta, se
abrió paso al galope entre los jinetes enemigos hasta llegar junto a Hilmar por
su flanco izquierdo para asestarle, sin darle tiempo a reaccionar, un fatal
golpe de espada que le partió en dos la armadura por el costado y lo derribó
del caballo, haciéndolo desplomarse con violencia sobre el suelo y
aparentemente ya sin vida. La caída de Hilmar provocó en su ejército un
desconcierto repentino y evidente, y a los pocos minutos se batía en retirada
abandonando sobre el campo de batalla a sus heridos que metódicamente eran
rematados sin piedad por los de Amalrik, que ya también yacía exánime sobre la
hierba teñida de rojo.
Durante el trayecto de regreso al poblado, los guerreros no
dejaron un sólo instante de aclamar a su inesperado nuevo líder. Cuando el
ejército se presento ante Waldemar, al que ya habían llegado noticias de la
singular hazaña, éste ordenó al desconocido héroe despojarse del yelmo para
conocer su identidad y poder honrarlo como merecía.
Cuando la rubia y larga cabellera comenzó a ondear al viento
y el rostro del guerrero se evidenció luminoso y engrandecido por los reflejos
rojizos de los últimos rayos del sol poniente, el desconcierto y la ira
asomaron abruptos e indiscutibles en el rostro de Waldemar.
–¡Alfhilde, hija! ¿Cómo habéis osado suplantar la identidad
de un guerrero para cometer el imperdonable delito de hacer acto de presencia
en el campo de batalla? ¿Acaso habéis olvidado que el arte de la guerra es un
honor reservado a los hombres? ¿Es que mis enseñanzas no han conseguido haceros
comprender que las únicas razones de la existencia de la mujer en este mundo no
son otras que la de proporcionarnos hijos fuertes y valerosos que honren a
nuestro pueblo vertiendo su sangre en el campo de batalla, y la de aliviar su
cansancio y sus heridas tras el combate? ¿Qué atenuante podéis esgrimir para
evitar que os condene, como merecéis, a una inmediata ejecución?
–¡Oh gran Waldemar!, padre mío; si mi única misión es la de
tener unos hijos que durante años me han sido negados por los dioses, ¿deberé
resignarme hasta mi muerte a una vida inútil y sin sentido? ¿Es que hoy no os
he probado mi valía y valentía en el campo de batalla? ¿Acaso no he conducido a
vuestro ejército diezmado a una inesperada victoria?
El alegato de Alfhilde levantó murmullos de admiración y
respeto entre los guerreros, lo que no hizo más que encolerizar aún más a
Waldemar.
–¿Es que, además, vais a osar desafiar mi sabiduría y la de
todos nuestros ancestros y a cuestionar las normas por las que nos venimos
rigiendo desde tiempos inmemoriales? Os exijo que os despojéis para siempre de
esa armadura que estáis mancillando. Pero antes dadme el nombre del traidor que
os ha ejercitado en el manejo de las armas. Sólo así os permitiré permanecer,
ya deshonrada para siempre, en este mundo. Vuestra vida a cambio de que me
entreguéis la suya.
–Si esa es su providencia, padre, que así sea. Aquí me
tenéis dispuesta y sin miedo alguno a recibir vuestro castigo.
Waldemar, de inmediato y sin dudarlo un instante, desenvainó
con furia su espada y la levanto firme sobre la cabeza de Alfhilde.
–¡Alto! –se escuchó entonces gritar entre la muchedumbre,
perpleja ante un hecho tan inesperado, mientras Waldemar, sorprendido,
suspendía el fatal mandoble de su espada.
–¿Alto? ¿Cómo, Gildwin, osáis también vos cuestionar mis
hasta ayer indiscutibles decisiones? ¿Es que pensáis que no he sido ya hoy
suficientemente desafiado por mis súbditos?
– ¡Oh misericordioso Señor! –dijo entonces Gildwin mientras
se aproximaba para postrarse genuflexo a los pies del rey- Yo fui quién adiestró
a vuestra hija en el manejo de las armas. ¡Tomad mi vida a cambio de la suya!
La cabeza de Gildwin, separada violenta y certeramente de su
cuerpo, rodó hasta chocar con el pretil de un pozo, salpicando en su trayecto a
muchos de los presentes con su sangre sin vida. Un murmullo, mezcla indisoluble
de horror y desaprobación, se elevó entonces impertinente desde la muchedumbre
hasta el cielo, sembrando por primera vez la duda y el desconcierto en
Waldemar.
–¿Qué podemos hacer ahora con vuestra esposa¿ –dijo entonces
el rey dirigiéndose al pusilánime Bernulf.
Bernulf, trémulo como hoja de sauce movida por la brisa de
la alborada, se aproximó a Waldemar y, balbuciendo, le dijo en voz baja:
–¡Oh Gran Señor! ¿Acaso no veis el germen de rebelión que se
comienza a extender entre los guerreros? ¿No sois consciente de la admiración
que entre ellos ha despertado la hazaña de vuestra hija? Mi humilde e
insignificante consejo es que dejéis a vuestra hija comandar vuestro ejército
una vez más. Sin duda su éxito sólo ha sido el efímero y frágil fruto de la
fortuna. Cuando se produzca su indudable fracaso en el campo de batalla,
entonces podréis condenarla sin ninguna consecuencia indeseable al destierro o,
si así os place, a la muerte.
–Sabio consejo el vuestro, Bernulf. Os será tenido en
cuenta. ¡Qué así sea!
Combate tras combate, el ejército de Waldemar se fue
haciendo mas fuerte e invencible y la fama de Alfhilde tan sólida, que muchos
de los guerreros de las huestes enemigas desertaban nada más oír mencionar su
nombre precediendo su llegada al campo de batalla. Por otra parte, con paso del
tiempo, su ejemplo comenzó a cundir entre las mujeres, que empezaron a
cuestionarse en secreto el dominio hasta entonces indiscutible de los hombres y
a conspirar para tratar de urdir una estrategia destinada a lograr la cuota de
poder y protagonismo que ya pensaban debía corresponderles en la toma de
decisiones acerca de todo lo que afectaba a sus vidas. Bien pronto tuvo
noticias Waldemar de aquella confabulación que no pudo más que interpretar como
una insidia inaceptable y que exigía ser cortada de raíz.
Aquella mañana lluviosa y, como un presagio, pesadamente
gris de noviembre, el ejército comandado por Alfhilde había formado en el campo
de batalla para una nueva indiscutible victoria. Las huestes enemigas sólo eran
la sombra de un débil espectro cuyo destino no podía ser otro que ser
arrastrado como humo por el viento. Alfhilde comenzó a desplegar sus tropas
para disponerlas para el combate. Miró a su espalda un instante para
cerciorarse de que todo estaba en orden en la retaguardia y, entonces, su
mirada se cruzó con la de Gernot, en la que durante un breve momento fugaz
creyó adivinar una malévola expresión de asechanza.
Una vez desplegado su ejército, se produjo un prolongado
silencio y una casi eterna quietud inusitada, tras los cuales Alfhilde dio
orden de cargar contra el enemigo y, en ese preciso instante, sintió en su
espalda la punzada de una lanza atravesándola y partiéndole en dos el corazón.
Nunca antes los ejércitos de Waldemar o de alguno de sus
antepasados habían sufrido una derrota tan ignominiosa y sangrienta. Pero, a
pesar de tan bochornosa afrenta, el Rey recibió la noticia de aquel estrepitoso
fracaso sin expresar el menor atisbo de sorpresa, indignación o pesadumbre, y
con una mal disimulada sonrisa en el rostro.
Corría el año 1974 cuando Don Juan Valdeflores quedó en coma, tras un derrame cerebral. Y cómo se apenaron sus amistades. Era el tertuliano más dicharachero del arrabal trianero. Todo el día estaba enfrascado en cualquier corrillo, ya se hablara de política, deportes, cotilleos o lo que fuera.
Y diose la casualidad de que recientemente recuperó la conciencia él solito. Eso sí, con cerca de ochenta años, que el tiempo no pasa en balde.
Recuperado del susto, se vio en casa de su hijo, con tres nietos que cuidar. Y se fue a charlar con el pequeño, pero estaba demasiado ocupado con los videojuegos para escucharle. Y luego con el nieto mediano, pero escuchaba música por los auriculares y le respondía por señas. Finalmente se fue a por el mayor. Pero estaba enganchado a los videos de YOU TUBE y ni caso le hizo. Una lágrima se le escurrió por la comisura de los ojos al pensar: ¿Y ahora que todo el mundo prefiere hablar con las máquinas, para qué he resucitado?
Cuando se hizo la luz, aquella luz impenetrable y fría como niebla, pensábamos que el yermo que habitábamos
era un edén soberbio, el más valioso
legado de los dioses.
El tiempo, a nuestros ojos
–que entonces se encontraban ubicados
en la región del mito y de la sangre-,
era un río infinito que manaba
colmado de plateados peces pájaro,
y la tierra una hoguera sin confines
ajena a la cellisca y las distancias.
Tan sólo hubo una sombra sobre aquellas
tinieblas disfrazadas de luciérnaga:
el miedo a lo prohibido,
a perder tanto bien
cayendo en la endiablada tentación
del verbo que pugnaba por mudarse
en carne contra carne, espasmo a espasmo.
Pisamos la cabeza a aquella sombra,
a aquel anhelo vivo con los ojos
abiertos a soñar otro horizonte.
Y ahora que palpando comprendimos
que el río no era más que una cloaca
naciendo junto al lúgubre vacío
que habría de engullirlo de inmediato,
y la tierra un helado cuchitril
plagado de fronteras y de abrojos,
ahora lo prohibido yace muerto,
sacrificado al miedo, al mandamiento
absurdo que nos dimos
pensando que agradaba a un dios bastardo.
a casi 100 kms de ausencia que se antojan millones de años luz plagados de tinieblas como palos metidos en las ruedas como piedra -la misma piedra siempre el torpe ciego que palpa que la busca y a conciencia tropieza al encontrarla y cae de bruces mordiendo el polvo hirsuto del desprecio- te sueño te requiero te deseo
Morfeo, preocupado por su aspecto físico, llevaba mil y una noches sin dormir. Y, para colmo de males, ni siquiera tenía quien le contase un cuento. Tratando de poner remedio a su insomnio, terminó por hacerse adicto a las operaciones de estética. Pero aquellas fueron todo un éxito. La transformación fue tal que ahora duerme el sueño eterno tras haber caído de bruces a un estanque.
Recuerdo que en la infancia
-qué espantosa a pesar de su inocencia
la crueldad de los niños-
jugábamos a veces a ser dioses,
puteando a un par de hormigas:
las despojábamos de sus antenas
para luego enfrentarlas, trastornadas y ciegas,
en una encarnizada lucha a muerte.
Aquel circo romano en miniatura
resultaba dantesco, un espectáculo
excitante y brutal que siempre terminaba
con uno de los contendientes muerto
y el otro moribundo,
y una legión de obreras que, metódicas
y raudas, arrastraban los despojos
camino del granero común en el subsuelo.
Aquello, ahora lo sé, no era tan sólo
un acto de crueldad ingenua y arbitraria;
era asimismo una lección que, entonces,
aún no comprendíamos
y, que una vez perdida la inocencia,
a algunos, a los muchos,
apenas nos sirvió para estimar los límites,
a menudo tan tenues y difusos,
que median entre el bien y el mal, y a otros,
los menos, para, crueles y venales,
jugando a ser demonios,
cegarnos, arrancarnos las antenas
y, luego de la lucha fraticida,
llevar nuestros despojos,
para su uso exclusivo, a su granero.
¡Cuando llega el otoño y los días se ponen tan tristes, nietecita de mi alma, pienso que sin rezarle a dios todos los días no podría vivir más¡ ¡ Sabes qué, abuela, yo me moriría sin un ordenador¡
¿Tú no rezas antes de acostarte? ¡Si me guardas el secreto, te lo diré¡ ¡ Cuando me tapan los papis con las sábanas me pongo a hablar mediante la webcam con mis amigos, hasta que me quedo dormida de madrugada¡
¡Y no te diviertes con las muñecas, yo tenía hasta una casita donde vivían todas ellas, y eran mis mejores confidentes¡ ¡Querida abuela, bastante tengo con sacar de los titos y las titas suficiente dinero para mis gastos informáticos¡ ¿Y tampoco lees libros? ¡Sí, los que me mandan los profesores y por obligación¡
¿Y tus padres están conformes con que estés todo el día con tu ordenador o el teléfono móvil? ¡A veces se enfadan porque no estudio sino que juego con la videoconsola¡ ¿Sabes cómo me castigan ? ¡Desconectan el cable del ordenador, la clavija del teléfono y me incautan el móvil, y los guardan bajo su almohada toda la noche¡
La flor del tabaco
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*(Pues si mata… que mate)*
*A Manolo Rubiales –echando humo.*
*Ayer noche, al quedarme sin tabaco*
*–Estaban los estancos y colmados,*
*Los quioscos...