
Esta noche he soñado con Antonio,
Amigo de la infancia que, no hace mucho,
Falleció de cáncer.
Íbamos subiendo las escaleras
Del bloque en que vivíamos entonces,
Cuando, de súbito, me miró y dijo:
“Adiós, amigo, adiós”, para caer rodando
Hasta el descansillo del primer piso.
Yo baje, apresurado,
Para ver como estaba,
Y quedé horrorizado al contemplar
Su cuerpo y su cabeza separados
Sobre el ocre del tétrico enlosado.
Comencé a gritar llamando a su madre,
A su padre, a mi madre, a los vecinos…
Pero nadie escuchaba;
Yo estaba solo con aquel cadáver,
En un lugar que, ahora,
Me era desconocido,
Sin nadie que atendiese a mis gritos de espanto.
Comencé a sosegarme al observar
La abusiva limpieza de la onírica escena
-No había sangre, sólo ensueños rotos
Salpicando la pared amarilla-,
Y quise creer que estaba soñando.
Pero, entonces, Antonio abrió los párpados
Y empezó a mirarme con unos ojos
Que ya no eran los suyos:
Eran dos sombras, de intenso celeste,
Mirando desde abismos infernales,
Y, al fin, mi propia mirada, perdida,
Entre la luz del ayer y la nada.
Y, entonces, deseé,
Con todas las fuerzas de mis entrañas,
Ser yo aquel lú-gu-bre de-ca-pi-ta-do.