Ella: ¡Qué soso y aburrido me resulta todo si no estoy con mis amigas¡ Entonces sí que puedo emocionarme y expresar lo que me da la gana.
Él: ¿Mantenéis un diálogo fluido u os lanzáis opiniones extremistas en las que no cabe ningún debate?
Ella: No siempre conversamos tranquilamente. A veces parece que estamos en una pajarera. Cada una elevando el tono, interrumpiendo a las otras para hacerse oír, y queriendo llevar la razón a toda costa.
Él: ¿Y aprendes cómo te gustaría ser, cuál quieres que sea tu destino?
Ella: La filosofía no me interesa. Es complicada y plomiza. Simplemente nos entretenemos para matar el tiempo. Intercambiamos mensajes, nos informamos mutuamente de las novedades de películas, videos y música. Y, sobre todo, soñamos despiertas, mediante larguísimas conversaciones telefónicas, con la conquista de hombres guapos y jóvenes.
Él: La medida que otorgáis a la belleza varonil es, pues, la apariencia externa. Algo parecido a cómo cuando vuestro cerebro se siente atraído por la ropa de un escaparate. Y acto seguido pensáis: ¡He de tenerla a cualquier precio, causaría sensación, lo sé porque me ha entrado por los ojos, igual que un videoclip de primera¡ ¿Te ayudan tus amigas, al menos, a ser una persona cada vez más culta y cultivada?
Ella: Nos prestamos los carísimos libros que están de moda. Incluso la ropa y los abalorios que marcan tendencia. Somos solidarias.
Él: ¿Contribuyen tus amigas a que te sientas segura y comprendas cómo son las otras personas y el mundo que te rodea?
Ella: Fuera de mí círculo de amigos sólo veo cosas viejas y pasadas de moda. Malos rollos y obligaciones.
El: ¿Y tú quieres ser una célebre historiadora, preocupándote sólo por tu presente?
© Carlos Parejo Delgado