
¡Venceréis, pero no convenceréis! –les gritó el general, sabiéndose ya sin argumentos, un instante antes de ordenar abrir fuego.
En el contexto de esta labor humanitaria se encuentra la parroquia de San Carlos Borromeo del madrileño barrio de Entrevías, la parroquia de “los excluidos”. Esta parroquia fue eximida hace veintidós años de sus responsabilidades pastorales por el entonces arzobispo de Madrid, Ángel Suquía. Desde entonces, los responsables de la parroquia vienen realizando una ímproba labor a favor de los desposeídos, de los marginados, de los excluidos, de los nadie, que diría Galeano. Antes que a evangelizar, se han dedicado a tratar de reintegrar a estos excluidos –drogadictos, prostitutas, sin techo…- en la sociedad, dándoles otra oportunidad de construirse un proyecto de vida digna y sin tantas apreturas, de ser hombres y mujeres de provecho que, tras comenzar de nuevo a amarse a sí mismos, sean capaces de amar y ayudar a sus semejantes. En definitiva, y en mi modesta opinión, a seguir fielmente la doctrina y las ideas de iglesia que quiero pensar que defendía Jesucristo, la iglesia de los pobres y para los pobres, una iglesia de personas con criterio y no un rebaño de borregos sumisos a los dictados de las jerarquías eclesiásticas.
Y, claro, esto ha terminado molestando a esas jerarquías, a esas jerarquías que sólo saben del “ordeno y mando” y que no quieren que nadie cuestione sus mandatos por extemporáneos y poco humanitarios que resulten, esas que quieren hacernos pensar que con la fe se soluciona todo y que se agarran a esa fe espuria para mantener sus privilegios. Deben ser los “nuevos” aires que corren desde el Vaticano desde la elección de Benedicto XVI como Papa, un Papa que ya ha dado buenas muestras de su involucionismo y de sus afanes reaccionarios.
Y, claro, el actual arzobispo, Rouco Valera, ha decidido poner fin a tan cristiana experiencia, bajo la burda coartada, en un acto de cinismo sin parangón, de convertir la citada parroquia en un centro dedicado a la acción social de la iglesia. Porque ¿qué aberración es esa de hacer comulgar con rosquillas a los hambrientos? ¿Y eso de impartir la liturgia con métodos dialécticos, dialogando, comprendiendo, escuchando, en lugar de, como mandan los cánones, “impartir las enseñanzas de Cristo” casi en latín, para que nadie las entienda, y tan sólo sean “compartidas” por esa mezcla de fe, miedo y asunción ciega de conciencia de pecador –aunque se desconozca el pecado cometido- que tanto daño han venido haciendo a la humanidad desde tanto tiempo atrás? Los que detentan el poder con modos absolutistas nunca han querido que sus siervos ni comprendan ni se cuestionen nada, sino un servilismo ciego que siga fielmente cualquier mándato jerárquico por injusto y aberrante que pueda llegar a ser.
Y es que, desde esa parroquia han surgido grupos tan dinámicos, tan humanitarios, independientemente de la mayor fe o no de sus integrantes –que hasta miembros de otras confesiones acudían allí a buscar asilo-, tan críticos y exigentes como Traperos de Emaús, Coordinadora de Barrios, Escuela sobre Marginación, Fundación Raíces... ¿Más acción social?, señor Rouco. Pero ¿a quiénes pretenden engañar estos señoritingos con casulla de la curia eclesiástica?
Tanto tiempo metiéndonos el miedo en el cuerpo con el Armagedón y el advenimiento del Anticristo, cuando ellos no dejan de trabajar únicamente por mantener sus privilegios y la obediencia ciega de los fieles, aun en contra de todo lo que predicó Jesús. No será que el Anticristo ya está entre nosotros, no ese Anticristo imposible de leyendas de agoreros y milenaristas, sino un Anticristo real y cotidiano, ese que se empeña en tirar por tierra la labor de los que se ocupan en tratar de mejorar las condiciones de vida de los excluidos, sean o no creyentes, que todos deberían tener cabida, de existir éste, en el Reino de los Cielos.
Creo que algunos, por mantener su estatus incuestionable, están dando pasos de gigante camino del infierno. Una pena que tampoco exista para que allí más de uno recibiese lo que merece por su falta de humanidad y su desprecio por el sufrimiento ajeno y por la labor desinteresada de aquellos que tratan de aliviarlo.
Vaya desde aquí mi solidaridad con los curas de la Parroquia San Carlos Borromeo, y con su intención de resistir al ataque vergonzoso que han recibido desde los que se autoproclaman indecentemente servidores de Dios y de los hombres. Y mi reprobación y desprecio por estos anticristos cotidianos empeñados únicamente en joder al prójimo.
Amén.
Ps. Me pueden, señores de la curia, amenazar de excomunión si no me retracto, que me la trae al fresco, que yo no he hecho oficial declaración de apostasía, porque me siento hace ya tiempo un apóstata de hecho. Que les den.
Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.
En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.
Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.
Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.
Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.
Luis Cernuda
Este es para mí, no uno de los mejores, sino el mejor poema que he leído. Casi insuperable su lirismo. Y Cernuda, un poeta sin fisuras; sólido y, a la vez, embriagador como el éter.
Boca henchida de tormento,
Y un anhelo, renegado,
De desiertos y silencio.



Cuarenta grados a la sombra
Hay una alameda sin álamos
y sin bancos en los que sentarse
donde se compra y se vende dinero
al mayor postor.
Una irónica pintada de diseño ('Escape')
corona la fachada
de un antro sospechoso, con puerta cerrada
a hierro y canto.
Rodean la alameda sin álamos
ocho edificios Giralda de hormigón.
Un pobre de limosna soporta la vida bajo
la 'Consulta de Tratamiento de la Anorexia Mental
(puerta 21, cuarto B)'.
Y yo,
que salgo de la casa para no estar sola,
me siento en una terraza de esta alameda
sin álamos y con bancos nominativos,
a ver si por lo menos intercambio aburrimientos
con el camarero.
Pero no aparece nadie.
Al rato, el colmo de la soledad:
"psh, oiga, que es autoservicio",
equivalente al "su tabaco, gracias".
Menos mal Angel González
y esta cerveza fría
que indirectamente me han servido.
Pienso en ti y en el poema que escribirías
rodeado por esta realidad del verano sevillano,
en un barrio de urbanismo urgente e impersonal.
Cuantas veces a las puertas
De tus brazos he quedado,
Cuantas noches macilentas
Sin la luz de tu regazo,
Cuanta lágrima escondida
En la angustia de mis versos,
Cuanta pútrida saliva
Calcinada sin tus besos,
Cuantos gritos despechados
En la prisión de la ausencia
Cuanto amor amordazado
Tras los muros de un poema,
Cuanta estrofa ensangrentada
Por no habernos encontrado,
Cuanta vida malgastada
Por el pánico a entregarnos.
Y se me escapa la vida
Con la mudez de mis versos
Poesía a ti debida
Como bálsamo y veneno.
El desamor que en ti siento
Es lo que me hace poeta,
Y extenderá mi lamento,
Cuando more bajo tierra,
Más allá del sinsentido
De lo eternamente muerto,
Y mi verso como aullido
Pervivirá en el silencio,
Aunque entonces como ahora,
Indiferente a mis ruegos,
Tornes muda la oratoria
Donde yacen mis deseos.
