Cuando cesó la música –había envenenado el desaliento, al más que centenario violinista-, autómatas perfectos en un mundo de sordos manejado por una casta obscena de aulladores, por miedo a que al dormirnos devorasen con gula nuestros sueños, continuamos bailando al son que nos tocaban, que siempre, desde siempre, habían tocado por acción u omisión, los dueños del silencio: era lo establecido, único modo –según los catecismos oficiales- de evitar la catástrofe. Después, cuando cayeron, sin aviso previo de las sirenas, las bombas –fuego amigo lo llamaron-, cansados, con las piernas aquejadas de calambres, no fuimos capaces de correr a los refugios. Y entonces lo supimos. Era tarde.
La flor del tabaco
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*(Pues si mata… que mate)*
*A Manolo Rubiales –echando humo.*
*Ayer noche, al quedarme sin tabaco*
*–Estaban los estancos y colmados,*
*Los quioscos...
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Otro de tus misteriosos poemas
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