sábado, 31 de diciembre de 2011

Tribulaciones de una crisálida (XXVIII)


Inerme ante el patíbulo, silencio en el silencio, se declara culpable. No alcanza a comprender cual fue su crimen, pero intuye no es tiempo de clemencia, ni de arduas revisiones de condena. Su fe es un laberinto en el vacío: sediento de liturgias, se envenena lamiendo la salmuera que destilan altares en ruina a los que el viento voló, pagano y lóbrego, las alas. Las piernas le flaquean, pero canta aquel antiguo blues de cementerio que anega cada noche su sepulcro. Suplica a su verdugo con vehemencia, que no vende sus ojos, para ver apagarse, con su aliento, la luz inmemorial de lo celeste. Qué terca la esperanza del que, ciego, penumbra en la penumbra, humo en la noche, jamás podrá gozar su última aurora. El hacha del desdén tala sus párpados. Letal se hace la noche.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Adelantamiento por la derecha


“Bienvenido al desierto de lo real.”

Morfeo, en Matrix.

Qué habrá de ser mañana del poema.
Qué habrá de no ser o de ser cuando, en la víspera,
ya no es más que una bolsa de plástico amarillo
fundida a la cabeza de un ensueño
con ansias de suicida.
Camina tras sus pasos, en la ciudad cansada,
con el alma en los pies, pisando restos
de mapas sin leyenda, tropezando
con la arena gastada que, mezquinas,
le han legado en herencia las ruinas
del verbo despojado de su aliento.
No puede huir de sí -se va pisando los talones-;
tampoco darse alcance uncido al yugo
de la palabra exánime y sin eco.
No sueña ya el poema, vaga insomne
dentro de un laberinto sin confines
poblado de cadáveres seráficos
ganados por la fe de Mefistófeles
-su hiel huele a penumbras.
La lluvia, contumaz y obscena, cae.
La noche está estrellada y cae la lluvia,
hirsuta y corrosiva, diluyendo
en un charco atestado de salitre
el fatuo titilar del fuego cósmico,
y nace de su coito con las sombras
un lóbrego arco iris que amortaja
el grito en alma viva de una lágrima.
Qué habrá de ser mañana del poeta.
Qué habrá de no ser o de ser cuando, en la víspera,
no encuentra ya un motivo que dé aliento
al légamo suicida del poema.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Tribulaciones de una crisálida (XXVII)


Sangre y patíbulo: guijarro en el zapato, que calza el viento.

Tribulaciones de una crisálida (XXVI)


Le pasan por encima como un viento de vidrio las esquirlas del pasado, postrándolo de bruces sobre un charco de arena desgastada y polvo seco. Rebusca sus pupilas eclipsadas, mirándose en las ruinas del azogue, y sólo halla una sombra que lo nombra, como una maldición desde el silencio. Se palpa y no se siente, es un espectro, las heces intangibles y sin alma de un ansia no nacida que se ha muerto. Se afana por aullar, pero el aullido se agarra, luna vieja, a su garganta, y ahogado se abandona a la mortaja de herrumbre que lo abisma en sus adentros.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Desolación



(el yerto palpitar de la memoria)

No haberte conocido.
Cómo iba a sospechar
todo este tiempo atrás
de buscarte y perderte
sin haberte encontrado,
que un día este sería
mi más grande deseo.
Que rogaría al cielo,
sabiéndolo aun vacío,
que todos estos años
tan sólo hubiesen sido
un espantoso sueño
del que, al llegar el bálsamo
cordial de la vigilia,
no queda más que un trémulo
y vacuo sudor frío.
Que invocaría al diablo,
que habita mis adentros,
como un endemoniado,
para entregarle mi alma
a cambio del olvido.
No haberte conocido.
Para poder vivir
-porque esto ya no es vida-
sin esta desazón
de saber con certeza
que hasta el fin de mis días,
no seré para ti
ni un ignorado espectro,
intangible y ausente,
que, a pesar de cargarte,
exánime y sin fuerzas,
sin tregua en la memoria,
ya no te reconoce.
No haberte conocido.
Para acaso tener
un día la ocasión
-la que nunca gocé
ni jamás gozaré-
prodigiosa y sublime
de poder conocerte,
no habernos conocido.
No haberte conocido.
No haberte conocido.
No haberte conocido.

No haberte

conocido.

Tribulaciones de una crisálida (XXV)


Mis ojos, resquemor, cristales rotos talando el vuelo ciego de los sueños; mis ojos, sed y sal, mis ojos jaula.

martes, 27 de diciembre de 2011

C(r)uento


CAPERUCITA Loba se tragó al rojo hambriento y desdentado.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Eppur si muove



"Porque el hombre es el animal que mide su tiempo."

Antonio Machado

mirando la inmutable
quietud de las estrellas
en este cielo calmo
y oscuro de diciembre
se diría que el tiempo
no es más que una entelequia
nunca existió no existe
lo cual por otra parte
no deja de ser cierto

El sueño de una noche de silencio


Quiero que sepa usted, amiga mía,
que la pasada noche,
la he visitado en sueños. No me lo tome a mal;
prometo que no ha sido pornográfico,
ni tan siquiera erótico... fue mucho más que eso:
usted me recibió, a sonrisa abierta,
vestida de palabras luminosas
-palabras bien medidas de poeta-,
batiendo verso a verso en retirada
al lóbrego fantasma del silencio.
Haciéndome sentir que sigo vivo,
que no soy un espectro, y aún merezco
cantar y que mi canto no se extinga
ahogado en el vacío sin un eco
que, lúcido y cordial, le dé sentido.
¡Jamás un sueño pudo ser tan bello!
Y si le hablo de usted
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . para contárselo,
es porque de no hacerlo de este modo,
no sé qué ocurriría,
y ya no tengo edad, valor ni fuerzas
para, poniendo en juego el corazón,
volver a enamorarme.

Relatos versímiles (22): Paula (Carlos Parejo)


La reunión familiar navideña le resultaba insoportable a sus catorce años. Esquinada en un ángulo de la larga mesa, no tenía tiempo para nadie más que no fueran los personajes que pululaban por la pequeña pantalla, de la que sólo separaba la vista para dar espaciosos bocados.

Por su intensa, reconcentrada y emocionada expresión se lo tenía que estar pasando la mar de bien con aquellos seres virtuales.

Las sorpresas y premios que le deparaba la aventura propuesta por aquella miniatura de maquinita electrónica, le atraían más que la incierta felicidad de intentar divertirse y tener una jugosa charla con el resto de los miembros del clan. Siendo la única chica de corta edad lo consideraba el mejor remedio para no sentirse sola. Jugando con la maquinita todo era más fácil y rápidamente emotivo. Y no corría riesgo alguno.

No había contacto carnal con la barba rasposa de sus tíos y abuelos, ni la profusión de miradas y risitas empalagosas con las mujeres mayores. Tampoco tenía que transparentar la amargura de sus sentimientos y fingir reír cuando lo que quería era perderse de marcha toda la noche con su pandilla. Incluso, si se aburría o fastidiaba con tanto juego virtual, bastaba con pulsar un botón y apagarla, atender un rato a las tonterías reales que se decían en la mesa, y rápidamente le venía otra vez el deseo de desconectar.

© Carlos Parejo Delgado

domingo, 25 de diciembre de 2011

El coco y yo


estos poemas náufragos
que vomito en la arena
no son una botella
al mar con la esperanza
de que alcancen un día
sus versos otras playas

son sólo en esta isla
desierta y apartada
una conversación
ficticia con un coco
al que puse peluca
y pinté una mirada

monólogo en que finjo
ser escuchado un eco
tratando de este modo
de huir de la locura
que en este hondo silencio
me acecha agazapada

estos poemas náufragos
que al subir la marea
entre espuma y salitre
el océano arrastra
dejando desolado
al coco sin palabras

sábado, 24 de diciembre de 2011

Las horas amarillas


"Oh! je voudrais tant que tu te souviennes
des jours heureux où nous étions amis
en ce temps-là la vie était plus belle,
et le soleil plus brûlant qu'aujourd'hui."

Jacques Prévert

Se ciernen como buitres sobre el ansia
estéril, aun carnal, de los espectros,
impías e intangibles, las horas amarillas.
Silentes sus ladridos los hostiga
Y, exánimes, empuja a un huero abismo;
cruento muladar, donde devoran,
violentas e implacables,
los pútridos despojos de sus sueños.
Las horas amarillas son jirones
pretéritos de un cántico sin savia,
talados de raíz por la ventisca
sin hálito ni estrellas de la ausencia.
Minuto tras minuto van cayendo
sin tiempo hasta las aguas del olvido,
para desde esa mar de hondas tinieblas
alzarse nuevamente salitrosas
con garras putrefactas de elegía.
Ascienden como el humo hasta el sudario
sombrío que amortaja al firmamento,
y luego caen a plomo como mármol,
sellando el hipogeo donde yacen
ahogados los espíritus insomnes
varados a un anhelo sin estelas;
almas sin alma en pena que, en su espanto
e inermes, se lamentan sin descanso,
rendidas al dolor insoportable
que ya les queda sólo por destino:
pudrirse eternamente en su ardua espera
sin una brizna viva de esperanza,
aleadas a las horas amarillas.
(Así es mi espera ya, terco reloj
que itera sin tictac como epitafio,
instante tras instante en el destiempo,
las horas amarillas).

viernes, 23 de diciembre de 2011

Tribulaciones de una crisálida (XXIV)


Un viento preterido y macilento, marchito y sin oxígeno, irrumpe y atraviesa indiferente su agónico pulmón ya sin aliento, haciendo reventar en mil pedazos el alma inconsolable de la fugaz crisálida.

Cuento de Navidad


“POR ti daría la vida” –le dijo. “Eso nunca será necesario” –respondió. Y se la fue arrancando a pedazos muy lentamente.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Seguidilla (XLI)


“después de tanto todo para nada.”

José Hierro

De la nada he venido,
voy a la nada,
viajero de esta vida
vana y precaria.

Mas qué asfixiante
arrastrar tanta nada
como equipaje.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

A duelo lento


La hiena omnipresente
de la voraz nostalgia,
sobre mi ahogado llanto,
vomita un corrosivo
turbión de carcajadas,
en tanto me devora
el alma por los pies,
tenaz, muy lenta-mente.

Tribulaciones de una crisálida (XXIII)


Cuando la asfixia es cántico.

La última palabra


La línea de la vida se ha volado,
como humo de la palma de mi mano;
un vendaval silente ultramundano
me la sajó de cuajo, y ha dejado

exangüe al corazón. Desorientado,
y huérfano de norte y portulano,
su pulso se ha mudado en cotidiano
naufragio en un Leteo desolado,

sin barca de Caronte: iterativo
reflejo desalmado de un pasado
en que por siempre fue también esquivo
el puerto que buscase desbocado.

Exánime mi espectro, sin arribo,
como humo, en el ocaso, se ha abismado.

martes, 20 de diciembre de 2011

Tribulaciones de una crisálida (XXII)


Se alimenta de insomnio, parásito vampiro que, en volandas, lo arrastra por sedientos abismos salpicados de estrellas, y le niega la luz cuando el sol vence al frío, eclaustrándolo exangüe, en la exigua mortaja de su tierra nativa.

Tribulaciones de una crisálida (XXI)


Cuando, rendido, el sol se mude en légamo, diminutas luciérnagas exánimes, bordadas en la herrumbre del abismo, en póstumo alarido, horadarán el tímpano al silencio.