sábado, 8 de marzo de 2008

Haiku


Sobre las flores
Se evapora el rocío.
Fugaz encuentro.

viernes, 7 de marzo de 2008

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"Llegó con tres heridas:..."
Miguel Hernández.


Esta herida,
------------------ tan dolorosa,
Ya no sangra...
Debo estar muerto.

Mi poema más perfecto


Esta noche escribiré
Mi poema más perfecto;

Un poema como espada
Que desgarre los recuerdos
Sin metáforas ni rimas
Endulzando el sentimiento
Que condenado a la ausencia
Hace del verso lamento.

Con su métrica
------------------------ cambiada,
Crepitando
------------------ como fuego
Sin requiebros ni esperanzas
Ni sonrisas ni tormento
Ni esta arritmia de campanas
Tañendo sones de muerto.

Esta noche aventaré
Sus cenizas contra el viento
Para acallar de una vez
Los gemidos del espectro
Que aferrado a su memoria
Sangra arenas en silencio.

(Y volaré con el alba
lejos de mí… lejos, lejos).

jueves, 6 de marzo de 2008

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Dadme un instante de dudas amargas,
Que el huero sinsabor de esta certeza,
Impío, me devora las entrañas.

miércoles, 5 de marzo de 2008

P(l)utocracia



La democracia, esa doncella inocente prostituida por los mercaderes del voto, para ser vendida a saldo al mejor postor.

martes, 4 de marzo de 2008

Lumbre distante


Frente al hielo de tu guerra,
Izando banderas blancas,
Matizadas con mi sangre,
Ya coágulos de escarcha,
He suplicado tu paz
O una tregua a la distancia.

Verbo quebrando el silencio,
Armisticio en la palabra,
O un instante de calor
Que, a la luz de una mirada,
Venga a restañar la herida
Que, abierta, llevo en el alma.

Pero tú, lumbre distante,
Que encendiste mi añoranza,
Creyéndote en la tibieza
Y en las sombras emboscada,
Me has helado sin tu aliento
El mañana y la esperanza.

Y sin vuelo en la derrota,
Con las alas desgarradas,
Ya he de cavar bajo el hielo
El sepulcro de mis ansias,
Y tejer con tu cellisca
De destiempo mi mortaja.

Frente al hielo de tu guerra
Mi sangre-paz yace helada.

Esta mañana me ha llamado Esperanza


ESTA mañana me ha llamado Esperanza. Todavía no estaba seguro de si terminaría finalmente amaneciendo, eran las siete y trece, curiosa y significativa combinación numérico-temporal para recibir una llamada suya. Yo iba ya embutido en la mortaja de chatarra en la que, durante unas horas casi a diario, llevo morando desde hace tanto tiempo; me encontraba a la altura del cruce hacia Niebla –hoy, cada día me siento más cansado, salí un poco más tarde-, abismado entre la espesura de la bruma y la aspereza del asfalto movedizo. Nada más escuchar el móvil supe que era ella, el timbre sonaba más apagado que de costumbre, casi tanto como esa singular y siempre dispersa melodía fosforescente que se desprende con parsimonia desde el silencio ensordecedor de los sepulcros. Después, cuando pulsé la tecla verde para dar paso a su llamada, el ambiente se colmó súbitamente de un penetrante aroma a lágrimas quemadas y se me llenó el paladar de un regusto extraño a suspiros rotos. No sé si eran míos o de ella, puede que de ambos, o casi de alguien.

Me dijo que a cada instante que pasa se siente más y más cansada de mentiras, que ya no es capaz de soportar la falsedad pegajosa que anega hasta las denominaciones en la ambigüedad de la semántica, y que, hoy mismo, piensa acudir a los juzgados para comenzar a gestionar el cambio de su nombre; que, a partir de ahora, quiere –debe- llamarse Angustias; para hacer honor a su verdad y no dar lugar a equívocos o a incertidumbres enmascaradas tras la cruel apariencia de falsas ilusiones o del amargo y siempre estéril reproche de un condicional compuesto. Que más adelante necesitará un par de testigos para alguno de los trámites, pero que no va a contar conmigo porque no quiere ser de algún modo un motivo más para que mi identidad continúe difuminándose aún más de lo que ya lo está. No le di respuesta alguna, pero ella supo que me sentí aliviado con su generosa decisión.

También me dijo que estaba sola, más sola, mucho más sola que desde siempre, pero que había mucha sangre sobre las sábanas y en el borde inferior del espejo del cuarto de baño, sangre que no era la suya, ni la de nadie, pero que tenía los ojos y las manos manchados de sangre, una sangre con un extraño sabor a mineral y a cenizas de acuarelas apagadas. No sé muy bien lo que habrá querido decirme, pero la entendí perfectamente, será que ya empezaba yo también a derramar una sangre ajena y venenosa por una de las heridas que me atraviesa desde la espalda hasta el pecho. También me dijo que fuese prudente, que no pisara a fondo, que estaba convencida de que, si me lo tomaba con la suficiente calma, tras la siguiente curva en el aire, me esperaría un vuelco absoluto en mi destino que me pondría en el camino de las estrellas que tanto tiempo me he llevado buscando. Pero yo, como le ocurre a Angustias, hace ya mucho que no busco nada, que dejé de creer que pueda esperarme destino alguno, y supe que, sin apenas convencimiento, me estaba tratando de engañar en un intento inútil por evitarme un mayor cúmulo de tristezas. Se lo agradecí a corazón abierto. Angustias y yo somos dos almas gemelas y siempre paralelas, y, a pesar de haber sido desde hace tanto tiempo desalmados, de sentirnos tan ajenos, no mutuamente sino cada uno consigo mismo, seríamos incapaces, por mucho que lo pudiésemos pretender, de engañarnos el uno al otro, aunque hayamos desperdiciado tanta vida engañándonos a nosotros mismos.

Después me contó que ya no puede seguir soportando la reiteración obsesiva en las despedidas de aquellos que desde hace ya una eternidad se marcharon muy lejos para siempre, pero que se alegra de que éstos aún conserven sus alas para intentar volar más y más alto huyendo de los demás o, quién sabe, si de sí mismos; que ella está atrapada sin esperanza en un albañal pavoroso de plumas podridas y ya nunca podrá levantar el vuelo, y que siempre, hasta el mismo día de su muerte, lamentará no ser capaz de tener el valor suficiente para iniciar, si fuese preciso arrastrándose por debajo del fango del infinito, su ansiado periplo camino al naufragio definitivo en las aguas de la asepsia y el frío que imagina que gobiernan los confines más remotos del centro del Mar de la Tranquilidad, ese mar que, sin duda, terminará siendo su última y deshabitada morada. Pero tarde, demasiado tarde, como siempre; sin haber sido capaz de ejercer la facultad de decidir cada instante en cada momento, sin haber podido disfrutar de la intensa emoción de sentirse a sí y por sí misma en algún otro. Como también a mí me sucede.

Cuando se despidió de mí, apresuradamente, con el saldo agotado y con un beso, no puede evitar las lágrimas, aunque tal vez ya estuviese llorando desde mucho antes de su llamada, no sé, cuando uno, sin llegar nunca a acostumbrarse, se va haciendo al llanto, es difícil distinguir los sollozos del cansancio con que nos atenazan los fantasmas de la responsabilidad y el desaliento.

Ahora luce el sol, pero llueve, hace ya varios meses que no cesa esta lluvia inmisericorde, que siempre llueve, una lluvia salobre, angustiosamente salobre. Y todo se va secando. No sé si ya habrá conseguido sacarse los coágulos de sangre de encima. Más tarde la llamaré. Para saber como está y explicarle como me encuentro -que esa curva en el cielo también es inalcanzable para mí-, aunque lo más probable es que ya llevemos tanto tiempo perdidos, tanto tiempo perdido, que ya no sea posible ni necesario ni deseable continuar buscándonos a nosotros mismos ni el uno al otro ni a los demás ni a nadie. Yo, al menos, hace ya tiempo que abandoné cualquier búsqueda. Sí, esta mañana me ha llamado; ya no sé bien cuál era su nombre, pero creo que estaba tratando, sin fuerzas, de despedirse de mí para siempre. Pero sus alas amputadas yacen, inalcanzadas, en la angustia de un albañal de plumas podridas. Como las mías. Como las tuyas. Llueve, siempre llueve. Y tengo las manos y los ojos manchados de sangre. Una sangre densa, agrietada y oscura que estoy comenzando a lamer con amarga fruición para sentir su intenso y doloroso sabor a arsénico recorriendo mis venas abiertas.

Febrero de 2007

lunes, 3 de marzo de 2008

Al sur de mi invierno



“Quizá solo se trata de que no estás aquí,
de que perder es duro para todos
y el amor me hace falta, como sabes.”

Luis García Montero


Tú te quedaste al sur,
Iluminando, en la noche, las calles
De la ciudad de los sueños antiguos
Donde el invierno no es más que una anécdota
Y la dama de noche compite con las sombras
Que se alzan con la niebla desde el río
Para anunciar la aurora.
Yo, entretanto, transito, cabizbajo,
Oscuros laberintos del subsuelo,
Sin rosa de los vientos que acompañe
La huella de mi sangre en el cemento.
Aún, a veces, me da por volver la mirada
Buscando una salida, un cruce de caminos,
La luz imaginaria de una estrella
Rompiendo la penumbra;
Pero las ratas devoran, con ansias,
La sal que se acumula en mis pupilas,
Robándole a mis pasos su destino.
Grito, entonces, tu nombre,
Aullando como un perro abandonado
Y herido de cloacas,
Que busca, con el eco, las señales
Que marquen el lugar de otro sendero
Que lleve a la tibieza.
Pero entre el sur y yo mora el silencio
Como candado perenne sin llaves,
Y el invierno cerrado del subsuelo
Golpea y me derrota a cada instante.


domingo, 2 de marzo de 2008

Elegía


Son éstos, tiempos de dolor y espanto,

De pérdida perenne en el hastío,

De sombras abonando el desvarío

Que crece al sinsabor del desencanto.


Con sus puertas por siempre a cal y canto,

Se aleja mi tren dejando vacío

El andén de la esperanza. Sin brío,

Se abisma mi espectro en un camposanto


Sin ida ni vuelta. Ya nada queda,

Sólo pasmo, de sus ansias de vuelo

De su rumbo, de sus alas de seda,


De su ardor, de su aurora, de su cielo…

Y, sin tiempo, agoniza la humareda

Del polvo incinerado de su anhelo.


sábado, 1 de marzo de 2008

......

Esta noche he tenido

Un bellísimo sueño;

Soñé que a tu lado

Yo despertaba;

Y al despertar, ¡ay, tú!,

Tú ya no estabas.

Biografía


Y ya son más de
Dieciséis mil y setecientos días

Pudriéndose al pasar de desmemoria
Unos más, otros poco
Unos buenos, otros menos
Unos hueros, otros rotos
Y últimamente me son
(Será porque llegó el otoño
O que siento que perdí la primavera)
Sin sentido en cada instante
Cómo vértigo que se desliza en la pendiente
Incrustando un borbolleo en las entrañas
De sospecha en la inminencia del abismo.

Y todo
——– ¿Para qué?
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——————–
Para
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nada
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Para
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-
—————————–
nada
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Para
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nada
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-
-
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——————————-
Para
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-
-
-
-
-
——————————-
nada


Noviembre de 2006

viernes, 29 de febrero de 2008

Tristeza


Buscar, sin hallar, ocultos arcanos

Que muden tibios cánticos, el hielo,

De bandadas de pájaros ascendiendo

Hacia confines del alto celeste;

Que tornen la distancia en piel a piel,

Y que hagan del desierto del pasado

Piedra filosofal de la alegría.

Fotografía: Braid44.

jueves, 28 de febrero de 2008

Es duro ser poeta


Es duro ser poeta.

Sobre todo

Cuando no quieres serlo

Y te sientes un puto desgraciado

Que vomita sus versos pestilentes

Para no reventar de podredumbre.

Es brutal en las noches desangrarse de insomnio

Y tener que escribir por no vivir

Con tanto espanto dentro,

Por sacar de la entraña los recuerdos,

Alfileres clavándose en la sangre,

Royéndola a destiempo.

Es duro, sí, muy duro,

Que alguien venga a decirte

“Qué hermoso lo que escribes;

Sigue haciéndolo así

Y llegarás muy lejos”,

Sin caer en la cuenta de que tú

Ya estas lejos de todo en mitad de la nada,

Y que siempre has buscado con tus versos

Unos brazos que entiendan tu ansiedad

Y vengan a abrazarte con ternura

Ahogando tu dolor en su regazo.

Es duro ser poeta,

Que te ofrezcan llevar a un editor

Una muestra escogida de tu vasto alarido

Por si le fuera rentable plasmarlo

En el negro sobre blanco de un libro

Que hará perdurar tu angustia en el tiempo

Cuando ya te hayas ido.

Tú lo agradeces, claro,

Pero piensas, callado en tus adentros,

Que para qué cojones necesitas

Editar tus poemas, si tú no buscas fama

Ni el reconocimiento de la crítica

Ni tampoco vivir de tu poesía,

Cuando hace tanto que te sientes muerto

Sin los ojos que, antaño, bebían tus estrofas,

Aliviando la amargura de tu alma.

Es duro, sí, muy duro,

No ser más que un puñetero poeta

Al que ya no le sirven para nada

Sus patéticos versos.


miércoles, 27 de febrero de 2008

Violeta, la maga (por María Gómez)

Dicen que La Maga que inspiró a Julio Cortázar para su Rayuela se llamó -y se llama aún- Manuela Rejas. Dicen que cambió la rue de Seine por una calle luminosísima de Veguellina, León, en donde había una casa con patio de geranios y romeros. Que cuando cruzó le Pont des Arts, se quedó a vivir junto al río Órbigo, que se hiela y se florece dos veces por año. Y no hay color.

Siempre supo Manuela Rejas hacer juegos de magia con su vida y convertir, con las mismas piruetas sin red, la vida y las costumbres de los otros en una bellísima aventura efímera cada vez que bailaban sus manos en un ‘nada por aquí’. Y la llamaron Violeta. Violeta, la Ilusionista, la Maga. Aprendió con carácter autodidacta los trucos malabares hasta saberse de memoria dónde se escondían los planos del tesoro del pan de cada día durante la larguísima guerra civil española y cómo colarse en los teatros de varietés de provincias hasta ganarse el aplauso preámbulo de la tan escasa y necesitada cena. Floreció Violeta entre la posguerra y un baúl que arrastraba con más ilusión que fuerza física, lleno llenito de cartas marcadas y amor al prójimo tan próximo y pobre.

Era la primera mujer ilusionista de España, cuya magia supo ver un día Paco Tovar y quiso mezclarla con la suya para contársela a todo el mundo. Violeta y el baúl americano es un corto-documental que narra las peripecias y las trampas para perder de una mujer que se hizo Violeta en un inhóspito mundo hecho por hombres para hombres. Una mujer ilusionista en los años cuarenta qué valor, qué descoque, cuánta generosidad.

Ahora, antes de la última función de Violeta, aunque ya las pistas no le rindan espacio y música de circo, quieren Paco Tovar y un grupo de amigos y profesionales del cine sacar de entre bastidores a Violeta, la Maga, la Ilusionista, para que reciba el aplauso, después de ochenta y dos años, de quienes llevamos en nuestro interior también una violeta deseosa del abono de la ilusión y los abracadabras; de quienes creemos en las chisteras, en los pañuelos de colores y en las palomas blancas de la paz y la palabra.

Es éste un proyecto de comediantes casi anónimos y serenamente transgresores, que pretenden que recojamos parte del testigo que todavía puede ofrecernos Manuela Rejas para aprender, sin pretensiones, de su supervivencia y de su espíritu de lucha, de su amor por la magia de la vida. Sabremos gracias a gente tan desinteresada como Rocío González, Luna Baldallo, Eloy Botello, Rafa León y Carlos Ferrer, entre otros, que otro mundo es posible y que puede estar escondido dentro de un baúl lleno de encantamientos.

Cuando el baúl de Violeta se abra este año durante el Festival de Cortos de Islantilla, daremos fe de que La Maga existe; que se escapó de Rayuela para esperanzarnos e ilusionarnos como a niños.


Artículo publicado en Odiel Información el 27-2-2008.

En la imagen: Manuela Rejas.

Tratando de construir el retorno

Trataré de volver, aunque poco a poco, en unos días. Gracias a tod@s por vuestros ánimos y vuestra amistad.

lunes, 18 de febrero de 2008

Despedida y cierre

Aunque no nos muriéramos al morirnos,
le va bien a ese trance la palabra: Muerte.

Muerte es que no nos miren los que amamos,

muerte es quedarse solo, mudo y quieto
y no poder gritar que sigues vivo.

Gloria Fuertes


Con hoy son 365 días habitando esta isla azul a la que me trajo mi éxodo. Mañana sería el aniversario. No lo celebraremos.

Durante un tiempo, verter aquí mis emociones en forma de poemas y otros textos ha sido una terapia que me ayudaba a sobrellevar la angustia. Pero estoy muy cansado y no puedo más; ya la angustia es tanta que me enmudece, que me impide casi escribir y, sobre todo, me impide comunicarme con vosotros que venís a hacerme compañía.

Tenía razón Gloria Fuertes, no poder gritar que sigues vivo es como la muerte, y yo ya no tengo lengua ni pulmones.

Muchas gracias a todos y hasta siempre.

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GRACIAS A TOD@S POR VUESTRAS RESPUESTAS, VUESTRA AMISTAD Y VUESTROS BUENOS DESEOS. IGUAL CON EL TIEMPO TODO VUELVE A SU CURSO. ABRAZOS.

Haikus de luto y llanto (lágrimas negras)


Toda la vida estaba
en tus pálidos labios…
Toda la noche estaba
en mi trémulo vaso
Y yo cerca de ti,
con el vino en la mano,
ni bebí ni besé…

Eso pude: Eso valgo.

Dulce María Loynaz.

I

Llovizna negra
y un cielo de algodones.
Yo entre la bruma.

II

Muere la lluvia.
Se amarga en los cristales
de tu ventana.

III

Carbón mojado,
se consume en la nieve;
azul sin rojo.

IV

Sólo el aroma
de la rosa pretendo;
espinas vuelan.

V

Lluvia marchita.
De primavera a otoño,
de sueño en sueño.

VI

Un viento tóxico
Me recorre en la noche.
Los cauces, muertos.

VII

Se ha marchitado
la flor de los almendros;
arde en la nieve.

VIII

Nido vedado.
Se estrella en el alero
la golondrina.

IX

En la tormenta
se ha perdido la luna;
noche de otoño.

X

Llora la sombra
de una encina sin luna;
raíces secas.

XI

Fugaz relámpago,
no alcanzo a ver el barro,
pasos quebrados.

XII

La madreselva
trepa por las paredes.
Cual tu recuerdo.

XIII

Los crisantemos
brotando en mi jardín;
sueño de otoño.

XIV

Se ensancha el día.
Y siguen sin llegar
las mariposas.

XV

Como libélula
me detuve en la hierba;
seco el rocío
.


Abril de 2006

domingo, 17 de febrero de 2008

......


me gusta subir despacito

las escaleras de la biblioteca

rozar con mi mano la barandilla

muy levemente

para no romper otras huellas

para acariciarlas con mi nostalgia

sin que nadie lo sepa


.....

sábado, 16 de febrero de 2008

Caracola


Yo era un suspiro
De mar, suave
Sobre la arena rompiendo


Fueron embrujos de sol
Los rumores de mi espuma
Cabalgando sobre el viento


Yo fui murmullo
Dorado, maquillaje
De payaso, chistera
De ilusionista


Pero se quebró la sal
En la cresta de una ola
-Espejito, espejito
¿Puedes decirme quién es
La más bella dama del cielo?-


Yo he sido, yo fui
Hoy ya… Sólo el eco
De un silencio
Desterrado en las cenizas.


Septiembre de 2006


Ilustración: Soledad Fernández.