jueves, 10 de noviembre de 2011

Nocturno terminal


en las garras de la aurora
se agita agónico un sueño
ahogado por un olvido
enquistado en su desvelo

no te mueras negra noche
–suplica en su desaliento-
que en tu sombra está la llama
que da luz a mis recuerdos

protégeme en tu regazo
de este sol verdugo fiero
que da muerte a las estrellas
y me ciega con su fuego

¡respira noche respira!
¡no te mueras te lo ruego!

(pero el sol ya va ataviado
con sed de sepulturero)

Brevísimo tratado de geometría política


El centro es sólo un punto, tan sumamente diminuto, que apenas tiene en sí mismo cabida.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Seguidilla (XXXIV)


Trigo maduro al sol,
cielo celeste,
paisaje do el amor
mudóse en muerte.

Y aquellas cándidas
palomas fugitivas,
hoy negras auras.

Soneto irreverente y políticamente incorrecto


que dios no ha despertado aún de la siesta
aquella que se echó al fin de su obra
¿podemos dar por cierto que de sobra
la ruina en que hoy quedó lo manifiesta?

¿o acaso a un dios ajena es toda esta
dantesca pertinaz y honda zozobra
el fruto de la artera maniobra
de los que el pez arriman a su cesta

en tanto es torpe el pueblo el que dormita
turbado por el canto de sirenas
de púlpitos y estrados do las hienas

destilan el narcótico que evita
que al mástil se ate heroico? ¡a tumba abierta!
ya lucha por tu pan ¡pueblo despierta!

martes, 8 de noviembre de 2011

Sonetillo electoral


qué alboroto
están armando
demandando
nuestro voto

cuánta foto
retocada
para nada
¡manda escrotos!

¡que esto acabe!
en la barriga
¡qué fatiga!

algo grave
hastiado noto
¡ay! que poto

Tribulaciones de una crisálida (VIII)


Mis labios y mis ojos se han secado, comido por los cuervos su pan blanco.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Tribulaciones de una crisálida (VII)


Soñé que la semilla aquella frágil que se llevó la lluvia aguas abajo, cubierta por un manto de hirsutos sedimentos, aún respira. Y ando desde esa noche como loco, abriendo con las uñas las entrañas a la tierra, talando la maraña que la cubre con los dientes, escupiendo a los cielos con encono por esta eterna noche sin estrellas que anula el firmamento. Y arrastro mis entrañas por los páramos, dejándome la piel entre las piedras, el aliento enredado entre los huesos que exhumo por mis ansias desbocadas turbando la ataraxia de los muertos. Y aullando como un alma de ultratumba invoco ¡ROSA!, sin que un eco piadoso me traiga entre sus alas siquiera su fragancia.

Relatos verosímiles (15) (Carlos Parejo)


Año 2098. Cualquier gran ciudad. La mañana del domingo amanece tranquila. El toque de queda, impuesto años atrás, impide que cualquier joven entre 12 y 29 años esté en la calle entre las doce de la noche y las diez de la mañana durante los fines de semana. Los grupos urbanos asilvestrados dedicados al vandalismo se habían vuelto imposibles de controlar.

Abre la puerta de su doceavo piso y pulsa un botón. A su planta acude el coche eléctrico aparcado en vertical en lo que antes fue escalera de incendios. Se monta y sale a pasear por la ciudad. Al mediodía hay una silenciosa confrontación, por transitar en las calzadas de las calles más animadas, entre viandantes, bicicletas y coches eléctricos. Sólo quedan exentos aquellos ciudadanos que, por problemas de movilidad, usan las protegidas cintas rodantes que cubren las antiguas aceras o se suben a los tranvías aéreos.

Todo el mundo mira, más o menos cada minuto, el GPS que le procura orientación, incorporado al aparato que llevan en su muñeca. El que les sirve también de cajero automático, reloj, ordenador audiovisual y teléfono móvil. Él lo hace también para constatar que su vehículo se está quedando sin batería. Y lo cambia por otro en un punto de recarga o antigua gasolinera, con el que llega a su destino.

Se sienta en la terraza de un céntrico restaurante a contemplar la escena urbana. Un robot le trae la consumición. A su alrededor hay un silencio casi sepulcral. Casi todos los parroquianos escuchan melodías musicales o noticias de actualidad y deportivas a través los cascos colocados en sus oídos, o se distraen observando las pantallas televisivas que ocupan la frontera aérea de la terraza.


© Carlos Parejo Delgado

domingo, 6 de noviembre de 2011

Tribulaciones de una crisálida (VI)


Funámbulo demente y tetrapléjico, busqué el regazo de la aurora, arrastrando mi vértigo sobre un cable oxidado que, aciago, amenazaba con romperse. La oscuridad era absoluta. Sin red que amortiguase la caída, era una soga al cuello el tiempo, lastrada con los yerros del pasado por ese miedo atávico a andar sobre las aguas. Los aviesos bufones del silencio y la ausencia lapidaban mi paso de alevoso desprecio. Pude volver atrás, pero la sed de luz cegó el regreso. No me importó caer (era tanto el dolor de mis huellas sangrando); sabía que si el golpe no acababa conmigo, podría al fin contar con la resuelta misericordia de las fieras. Pero ellas también me dieron la espalda. Y aquí me hallo, tullido, el alma rota, aguardando a que en polvo muden ya mis despojos.

Tribulaciones de una crisálida (V)


Pero prefiero tu silencio a las mentiras que, iluso, imaginé mágico aliento mudando el barro yermo en fértil llama. Pero háblame otra vez, te lo suplico.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Tribulaciones de una crisálida (IV)


Noche de perros. Ladran. Husmean entre el légamo buscando los huesos pavoridos de mis sueños. Lamentos fatuos se alzan desde el fondo del mar donde se pudren los deseos. Desarbolado, a la deriva, busco a tientas un cubil donde ocultarme del frío crepitar de la jauría. Pero me roba el paso la galerna, y un rayo pertinaz de luna nueva proyecta su negrura en mis pupilas, guiando la avidez de los sabuesos.

Tribulaciones de una crisálida (III)


Oh, qué hermosa esta aurora de noviembre; parece primavera. Un cántico de pájaros insomnes me anega los pulmones y la sangre, dejándome un sabor cándido a trigo maduro y agua fresca entre los labios.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Tribulaciones de una crisálida (II)


Cuando te digo mudo con los ojos, con las pupilas ciegas de no verte, que te quiero, no estoy hablando de tenerte, hacerte mía. Me refiero a una pérdida, a una semilla ahogada, a la trémula ofrenda de unas manos vacías, ante un altar de azogue volado por el viento.

Tribulaciones de una crisálida (I)


Un velo azul sobre tu rostro –azul muy claro, como tu mirada-, oscureció la faz del mundo. Qué extraños pueden ser, en ocasiones, los colores que anuncian la irrupción de la muerte.

Apoliticismo


El apoliticismo de los pueblos es la pútrida simiente de la que brotan, como malas hierbas, la mercantilización de la política y, con ella, la dictadura de los mercados.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Fatum


en cualquier momento
de un día cualquiera
cesará la espera
cesará el tormento

un helado viento
barrerá la hoguera
fatua y pasajera
de mi parco aliento

tu nombre a mi oído
silbará altanero
mientras pavorido
yo aullaré ¡te quiero!
sabiendo que olvido
y olvidado muero

Nobleza


con porte aristocrático
desciende la cigüeña
al pútrido festín
que anega el vertedero

miércoles, 2 de noviembre de 2011

¿Será porque diluvia...


¿será porque diluvia que recuerdo
temblando inerme aquel otro aguacero
del día en que tajante como acero
me dijo si te he visto no me acuerdo?

¿por este agrio turbión por lo que pierdo
los nervios y gruñendo lastimero
le ruego a satanás con desespero
que raudo me desangre igual que a un cerdo?

¿será por qué será por qué hasta cuándo
traerá la lluvia hostil como miasma
erguido en su ancha grupa este fantasma

que ahogándome enfermándome golpeando
sin tregua en su enconado gota a gota
tortura sin piedad mi entraña rota?

Seguidilla (XXXIII)


Tus ojos, dos estrellas,
los míos, pozo
donde ya no titilan,
tan hondo el fondo.

Ay quién pudiera
ser riachuelo una noche
por primavera.

martes, 1 de noviembre de 2011

1 de noviembre


Me he bañado en la mar
esta mañana;
el agua estaba fría,
bronca y salada.

Mas de repente
todo ha quedado en calmo
dulzor de muerte.

El océano Atlántico,
frente a Doñana,
se ha mudado en Leteo
ahogando mi alma.

Y he recordado
no los muertos, los vivos
que me han dejado.