sábado, 14 de abril de 2007

14 de abril. Día de la República.


CONSTITUCIÓN DE LA REPÚBLICA ESPAÑOLA

España, en uso de su soberanía, y representada por las Cortes Constituyentes, decreta y sanciona esta Constitución.

TÍTULO PRELIMINAR

Disposiciones generales.

Artículo 1º. España es una República democrática de trabajadores de toda clase, que se organiza en régimen de Libertad y de Justicia.

Los poderes de todos sus órganos emanan del pueblo.

La República constituye un Estado integral, compatible con la autonomía de los Municipios y las Regiones.

La bandera de la República Española es roja, amarilla y morada.

Artículo 2º. Todos los españoles son iguales ante la ley.

Artículo 3º. El Estado español no tiene religión oficial.

Artículo 4º. El castellano es el idioma oficial de la República. Todo español tiene obligación de saberlo y derecho de usarlo, sin perjuicio de los derechos que las leyes del Estado reconozcan a las lenguas de las provincias o regiones.

Salvo lo que se disponga en leyes especiales, a nadie se le podrá exigir el conocimiento ni el uso de ninguna lengua regional.

Artículo 5º. La capitalidad de la República se fija en Madrid.

Artículo 6º. España renuncia a la guerra como instrumento de política nacional.

Artículo 7º. El Estado español acatará las normas universales del Derecho internacional, incorporándolas a su derecho positivo.

Ya solamente soy mar



Porque ese cielo azul que todos vemos,
ni es cielo ni es azul. ¡Lástima grande
que no sea verdad tanta belleza!

Bartolomé Leonardo de Argensola

Ya solamente soy mar; y tú, mi Cielo. ¿Recuerdas que un día fui río, y tú cercana campiña, siempre a la defensiva, tras los límites donde nunca alcanzaron mis crecidas? Pero yo no dejaba de rogar a la lluvia cada mañana, que me diera las fuerzas suficientes para poder llegar a ti. Pero el curso fatal de la corriente me arrastró hasta aquí, y ya solamente soy mar. Y tú, también, fuiste cambiando. Te encerraste en ti, por miedo a mojarte en mis aguas, tus pies de almíbar y seda, y fuiste cambiando; hasta que, tras nacerte duras alas de mariposa y acero, alzaste el vuelo. Para ser Cielo: mi Cielo ahora siempre paralelo y distante.

Y en la noche, me llega reflejándose en mis aguas, el aroma de tus dedos de Luna y estrellas. Pero nunca alcanzo a tocarlos. Otras veces, cuando llueve, llego a pensar que eres tú que vuelves, tratando de dulcificar mi abismo salobre. Pero sólo son las nubes desprendidas de mi angustia, buscándote en las alturas, que se me desploman sobre la espalda y las mareas como lágrimas, por la distancia insalvable que de ti me separa para siempre.

Hay algunas ocasiones, en las que tomo prestada la fuerza del viento, y elevo bramando mis brazos de espuma, con la débil esperanza de alcanzar a rozarte un instante. Pero todo es inútil, y mis alas de plomo, abatidas de vértigo, caen sobre mis ojos verdes sin esperanza, golpeándome con saña en el pasado, ese recuerdo que persiste melancólico, de cuando mis aguas vivas y agrestes te murmuraban poemas de amor imposible a la sombra de los álamos, y el rumor de la brisa peinando tus trigales, llegaba hasta mi cauce para decirme en el eco de mi voz que estaba vivo. Y alzo mi mirada de delfines que hace tanto no sonríen, tratando de verte una vez más tras la bruma del tiempo perdido. Y tú, impasible y azul, me devuelves tu silencio.

Después, cabalgando desbocado sobre el lomo de mis olas, pongo rumbo al ocaso que enrojece mis heridas desangrándome, en pos de la quimera de una postrera unión en la línea del horizonte. Pero esos confines de dulce y ansiada convergencia al infinito, no son más que un espejismo, y se alejan y se alejan con cada una de mis brazadas de naufrago. Y ya solamente soy mar. Desollado en las aristas de las rocas. Impotente. Reseco y amargo. Y tú, mi Cielo. Paralelo. Inalcanzable. Inexistente. Tan lejano.

Ya solamente soy mar; y tú, mi Cielo.

viernes, 13 de abril de 2007

Espero curarme de ti (un poema de Jaime Sabines)

ESPERO CURARME DE TI en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.


¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.


Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: "que calor hace", "dame agua", "¿sabes manejar?", "se te hizo de noche"...Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho "ya es tarde", y tú sabías que decía "te quiero".)


Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que tú quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.

Bestiario (IV)

(Licántropo)

Hondo aullido cuando intuye,
Afilándose en el cielo
O abortada tras las nubes,
Que la Luna va muriendo.

jueves, 12 de abril de 2007

Bestiario (III)

(Camelus dromedarius)

Mientras ruego un espejismo
Que en el yermo dé sentido
A la arena apresurada
De la vida,

Con tu paso decidido,
Sin temor a sed o abismo,
De tu oasis me distancias
Sin medida.

Carta de amor para Nicole

Mi, amén de admirada, estimadísima y muy deseada carnalmente Nicole:

Supongo que ya, a través de eso que no sé porqué nos empeñamos en denominar medios de comunicación, te habrá llegado la noticia de que Marlene Dietrich y Ernest Hemingway mantuvieron un largo romance desde que se conocieron en 1934 a bordo de la Ile de France, hasta la muerte de aquél en 1961. Y que ahora, tantos años después, las cartas de amor que se cruzaron han sido expuestas al público en el Museo John F. Kennedy de Boston. Yo, como me queda un poco lejos, no creo que vaya. Pero no sólo por la distancia. Es que además, como tanto un gran escritor como una estupenda actriz y cantante no tienen porqué poseer necesariamente aptitudes notables para la redacción de misivas amorosas, y, sabiendo que, en la época que nos ha tocado vivir, se hace objeto de culto y negocio hasta de las bragas que se dejó olvidadas en un motel de carretera sin estrellas la asistenta de la prima lejana de una vecina de Patricia Arquette, como que estas cosas no dejan nunca de escamarme un poco. Pero bueno, no quiero decir con esto que, si es que así te placiese, tú no hubieres de acudir al John F. Kennedy en algún rato que tuvieses libre dentro de tu apretada agenda; que nunca se sabe.

También sabrás, por lo mucho que ya se ha aireado, que Ernest y Marlene, a pesar de su presunta pasión, no llegaron nunca a acostarse juntos. No, no me refiero a que, tras una noche salvaje de juerga, terminaran cayendo rendidos ante un profundo sueño sobre la misma cama. Quiero decir que, ya fuese en perfumado tálamo, ya en el probador de unos grandes almacenes, nunca llegaron a fornicar la una con el otro; que jamás a un tiempo aullaron de placer sin aliento, la columna vertebral arqueada al límite y espasmos incontrolables en las piernas y en el vientre, mientras mutuamente no paraban de decirse “más, más, sigue, sigue, no pares, no pares, oh dios”.

Y, ¡coño!, no he podido evitar pensar que, tal vez, Hemingway y yo hayamos sido algo así como dos almas gemelas. Porque yo tampoco dejo de preguntarme por quién doblan las campanas de la Iglesia de enfrente de mi casa todas las tardes cuando me despiertan en plena siesta. Y es que, ¡joder!, con el vertiginoso avance que han experimentado de un tiempo a esta parte las tecnologías de la información y del conocimiento, ya podrían buscarse los curas otro modo menos molesto y obsoleto de convocar a los fieles. Pero, si lo he pensado, ha sido sobre todo porque, tú y yo, de dulce y agitado fornicio, tampoco nada de nada.

Y lo peor de todo, para mayor gloria de este dolor testicular que amenaza con hacerse crónico y que sólo consigo aplacar levemente mediante una práctica inusitada del onanismo, es que tú ni siquiera me escribes. Sí, Nicole, cariño, sí, por si lo has olvidado, he de decirte que el próximo 20 de junio se cumplirán cuarenta años sin que me hayas enviado una sola carta, sin recibir ni una triste nota manuscrita por tus estilizados y dulces dedos de seda, en la servilleta arrugada y manchada de café con leche y mantequilla de un local de fast food. Será por eso que mi amor por ti es también inextinguible, incluso más que el que al parecer Ernest sintió por Marlene, según dicen, probablemente, porque jamás llegaron a echar tan siquiera un mal polvo apresurado.

Pero, Nicole, a pesar de tu prolongada indiferencia, te amo por encima de todas las cosas, y lo sabes endemoniadamente bien. Y no cejaré en mi empeño hasta que este excelso amor platónico que por ti siento se transforme noche tras noche en sexo salvaje y sin precauciones que nos haga temblar de gozo al alcanzar sincrónicamente el éxtasis sublime del orgasmo. Y si así no ocurriese porque nunca fuese tu deseo, aquí tienes mi corazón para que, si te reconforta, puedas romperlo por menos de una moneda de cinco céntimos de euro que yo aportaría gustoso de mi pobre bolsillo.

Te quiero y te abrazo firmemente y te beso fuerte.

Rafa

Huelva, a once de abril de 2007.

Posdata: No quiero despedirme sin aclararte, por si los devaneos sin importancia que he mantenido esporádicamente con ella hubieran podido ser uno de los motivos de tu abrumador silencio, que también hace décadas que no recibo ni una sola carta de Mónica Bellucci. Al igual que me sucede con Milla Jovovich. Así que sigue enojada todo lo que quieras. Pero detente en algún momento, chica, que nunca me he cansado de confesar a los más allegados que sólo hay una como la Kidman en el mundo, que nunca jamás habrá otra, y que me siento muy solo cuando te enojas conmigo.

miércoles, 11 de abril de 2007

El eclipse (Un relato de Augusto Monterroso)

Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos V condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida. -Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

Bestiario (II)

(Abbadón)


Desolado por tu ausencia
Te rogué misericordia;
Me exigiste penitencia:
Silenciarte en mi memoria.


Mas por mucho que lo anhelo
Tu murmullo sigue vivo
Abismándome a mi infierno
De imposible arrepentido.


Que el perdón y la piedad
Son dos actos volitivos,
E imposible dominar
A voluntad el olvido.

martes, 10 de abril de 2007

Bestiario (I)

(Taenia solium)

Cuando pienso que pudiera
Ser mi vértigo motivo
Para que hayas confundido
Fortaleza con dureza,

Me amilano con la idea
De sentirme como helminto;
Y escondido en mi intestino,
Me devoro de tristeza.

Las grandes esperanzas (un poema de Jaime Gil de Biedma)

. . ............................... . . . . . . . . . . . . Le mort saisit le vif

Las grandes esperanzas están todas
puestas sobre vosotros,
. . . . . . ................. .. . así dicen
los señores solemnes, y también:
. . . . . . . . ........................ . . . . Tomad.
Aquí la escuela y la despensa, sois mayores,
libres de disponer
. ........... . .. . . . sin imprudentes
romanticismos, por supuesto.
La verdad, que debierais estar agradecidos.
Pero ya veis, nos bastan las grandes esperanzas
y todas están puestas en vosotros.

Cada mañana vengo,
cada mañana vengo para ver
lo que ayer no existía
cómo en el Nombre del Padre se ha dispuesto,
y cómo cada fecha libre fue entregada,
dada en aval, suscrita por
los padres nuestros
. . . . . . ............ . . de cada día.

Cada mañana vengo para ver
que todo está servido (me saludan,
al entrar, levantando un momento los ojos)
Y cada mañana me pregunto,
cada mañana me pregunto cuántos somos
nosotros, y de quién venimos,
y qué precio pagamos por esa confianza.

O quizá
no venimos tampoco para eso.
La cuestión se reduce a estar vivo un instante,
aunque sea un instante no más,
. . . . . . . . . . ..................... . . .a estar vivo
justo en ese minuto
cuando nos escapamos
al mejor de los mundos imposibles.
En donde nada importa,
nada absolutamente –ni siquiera
las grandes esperanzas que están puestas
todas sobre nosotros, todas,
. . . . . . .................... . . . . .y así pesan.

Jaime Gil de Biedma.

lunes, 9 de abril de 2007

Bocetos


Siempre, ya sabes, he preferido el lápiz a la tinta. Mejor aún si era de punta blanda… Como mis uñas, como mis ojos, como mi boca, como mis alas. Y no porque yo haya sido en todo momento un nefasto dibujante, sino por si había algo que no te llegase a gustar del todo de mis apresurados bocetos, poder borrarlo con mimo, sin que el papel se rompiese, para tratar de rescribirme de nuevo con más tino, más a tu gusto. Pero nunca supe a ciencia cierta si mis trazos fueron acertados. Me daba miedo preguntar, y supongo que tú tampoco quisiste hacer nunca una crítica demasiado severa de las manchas de carbón sin sentido que iba dejando en cada ocasión sobre las frágiles hojas celestes del cuaderno prestado que nunca llegó a pertenecerme; más que nada, quiero imaginar, por no romper del todo mi perfil requebrado. Y me borraba y me borraba y me borraba… Y lo emborronaba todo. En estos últimos días, con nocturnidad, pero sin alevosía, como si estuviese cometiendo un delito aborrecible, pero a un tiempo inevitable y no premeditado, me he dibujado no sé cuantas veces para volver de nuevo a borrarme sobre la última de las hojas que nos quedaba. A oscuras. En silencio. Solo. Con la lengua seca y los latidos sin sangre. Y se me ha roto. Me he borrado por última vez y se me ha roto; y ya no tengo donde volver a plasmar mi difusa sombra. Y lo peor de todo, ¿sabes?, son las manchas de café solo y sin azúcar, y de zumo de naranja agriado, que han quedado para siempre sobre el escritorio. Hoy, por última vez, me he borrado. Y me he roto; como un viento que se quiebra para hacerse añicos. Y en el vacío, algo que desconozco, me zarandea como si fuese el humo postrero de los rescoldos fríos de un tintero mojado. ¿Es qué tampoco encontraré un momento de calma en esta oquedad de alas dobladas?

Perversión (por Juan Cobos Wilkins)



En Huelva es aplastante el poder que ejerce la industria química y básica sobre las conciencias. Una industria que paga, como dice Antonio Orihuela en uno de sus poemas “periódicos, políticos, libros de poesía / y hasta la restauración de todos los santos y santuarios de esta ciudad / antes de llevarse por delante a los que acuden a las procesiones”. Muy pocos, por no perder ciertas prebendas, se atreven a levantar la voz contra este poder. Es por ello que, cuando un gran poeta, un escritor “redondo”, como Juan Cobos, lo hace, a algunos nos renace levemente la esperanza desde debajo de las ruinas de esta ciudad maltratada a manos llenas.

Perversión

El País Andalucía 08/04/2007

En un grano de arena puede estar la duna y el desierto, acaso contener todas las orillas, incluso las inalcanzables. O abarcar el tiempo que cae implacable en el reloj. Lo más pequeño, a veces, se alza en poderoso símbolo, se torna ejemplo universal. Taimada, artera, la perversión acecha como una tenia en los estómagos orondos de esta (y de aquella y de la otra) sociedad, y flota, encantada, satisfecha, en sus jugos gástricos. Ahí, en la panza, se reproduce sin causar al cuerpo social la menor fatiga, vómito ninguno. Sólo, eso sí, más hambre y más sed de sí misma. Hipnotizados, abotargados, ni el corazón ni el cerebro se rebelan. La perversión, sofisticada siglos atrás, no se anda hoy con sinuosidades y, reflejo de la velocidad de nuestra época, abandona los buenos modales -que también conlleva cierta refinada perversión- y pasa de tergiversar o perturbar la esencia de las cosas a corromper directamente tal esencia.

Un claro, o más justamente: oscuro, ejemplo de lo dicho queda patente en la lírica ocurrencia de la central térmica, sita en la maltratada ría de Huelva, de poetizar su cuestionada actividad revistiendo su epidermis con un texto de Juan Ramón Jiménez. Nada más, nada menos. Las industrias del polo químico onubense, úlcera de un tiempo histórico sin voz ni voto, elevan su no caído muro de Berlín, una ruidosa muralla de humos y contaminación que, lacerantemente y en nombre de ese progreso de pan para hoy, separa y aleja a la ciudad de su estuario, de la mar. La renovación o ampliación de la central térmica de ciclo combinado ha sido -es, es- uno de los caballos de batalla actuales, transmutado ya en caballo de Troya que en su interior oculta una soldadesca de intereses emboscados. Cada uno, por supuesto, con su correspondiente tenia bien aleccionada. Decía Oscar Wilde, quien tanto dijo y tan cruelmente acallaron, que lo más profundo es la piel. A ella han ido quienes han querido envolver "el regalo" de la térmica en palabra de poeta. Llegando a la ciudad de Huelva desde las tierras de Juan Ramón, ahí donde confluyen las aguas del río Tinto y las del Odiel, justo ante la mirada petrificada de Colón, aparece -mamut sobrevivido, dinosaurio del futuro- la poderosa fachada de esa industria, enorme, intimidante. Y pintada de azul y blanco (¿querrá simular los cielos o rendir homenaje a la bandera onubense?), en ella se ha reproducido un fragmento de uno de los capítulos de Platero y yo. Precisamente del titulado El Vergel: "Como hemos venido a la capital, he querido que Platero vea El Vergel". Capítulo que continúa: "El paso de Platero resuena en las grandes losas que abrillanta el riego, azules de cielo a trechos y a trechos blancas de flor caída que, con el agua, exhala un vago aroma dulce y fino. // ¡Qué frescura y qué olor salen del jardín, que empapa también el agua, por la sucesión de claros de yedra goteante de la verja! Dentro, juegan los niños."

No resulta muy difícil imaginar qué sentiría el Nobel, qué diría su verbo acerado y certero siempre al centro de la diana. Un poeta enamorado de la naturaleza, en deseante y deseada comunión con ella, héroe en vida y obra de la sencilla belleza pura, así utilizado, tergiversado así, traicionado hasta la obscenidad. "¡Qué mentira más triste ésta que hace la vida de verdades con mentiras, de purezas con suciedades!", dejó escrito él, y también: "Voy a la naturaleza para poner de acuerdo con ella mi poesía". La deshonestidad para con el pensamiento original se torna, incluso, burla, sarcasmo, y hasta provocación al reparar en el capítulo elegido y el lugar en el que se coloca. Indecentemente, sin rubor ninguno, sin el menor reparo o pudicia, se invierte, se da la vuelta, se usa falaz, impunemente, para maquillar el rostro picado de viruelas, feróstico. No importa traicionar el pensamiento, la obra, la vida. Tal es, no la osadía, sino la desvergüenza. En llana expresión: ¡si levantara la cabeza "el loco" de Moguer!

Pero este ejemplo, por muy insultante que resulte, no es más que lo enunciado al comienzo. Un ejemplo de la desfachatez actual para adulterar cuanto se tercie y pervertirlo en función de los intereses de turno, ya sean económicos, políticos, personales... No resta ámbito que no subvierta la infamia. Patrón y muestra tenemos, y día a día, noticia a noticia, padecemos en prácticamente todos los espacios de la vida pública. Y de ésta confundida interesadamente con la privada. La alteración y el trueque sin reparar en límites éticos -y no digamos ya estéticos- se lleva a cabo sin despeinarse, sin aflojarse el nudo de la corbata de marca, sin alterar el tipo y, por supuesto, con la más ladina sonrisa convincente. Ahora, rizado el rizo, los medios justifican el fin.

Recuerdo la desazón que me produjo la primera vez que, refiriéndose a un rosa hermosísima, escuché a alguien decir: "¡Qué bonita... es perfecta, parece de plástico!" Ahora, lo oigo, lo oímos todos los días.

Juan Cobos Wilkins

domingo, 8 de abril de 2007

El genio

- ¡Qué no me deje, no, qué no me deje; qué siempre, siempre, permanezca conmigo! –fue su tercer y último deseo, cuando ya todo lo hubo perdido. Y lo tuvo para siempre, como maraña de espinos, clavándose en su memoria.

Sin pruebas

Me contaron que, si breve,
Lo bueno, dos veces bueno;
Si jamás mordí tus labios,
¿Cómo he de darlo por cierto?

sábado, 7 de abril de 2007

Lo más sencillo no era el amor

(Retorciendo a Benedetti)

Mientras que él buscaba en sus delirios, un umbral dónde poder compartir momentos comunes, ella acudía a la consulta de un psiquiatra, para tratar de sumirse de nuevo en la cordura.

Dogma


Yo que mis salmos alzara a tu paso
Y comulgara en la luz de tu risa
Peno entre sombras ignotos pecados
Y entono cantos de amarga ceniza.

Yo que buscase al albor de tus ojos,
Faro, cobijo, camino y destino,
Hoy sin mirada e hincado de hinojos
En mis rüinas blasfemo perdido.

Y ante el altar carcomido del templo,
Ya sin abrigo de culto ni tiempo,
Me aferro a la improbable apostasía

De la desmemoria. Pero el recuerdo
De viejas liturgias sopla en el viento,
Dispersando mis ansias de herejía.

viernes, 6 de abril de 2007

Quincalla

Como brillo de diamantes
Refulge al sol tu pureza,
Pero en la sombra, distante,
Se torna amarga dureza
Que en mi espejismo me abate
Como tormenta de arena.

Su amor no era sencillo (de M. Benedetti)

Los detuvieron por atentado al pudor. Y nadie les creyó cundo el hombre y la mujer trataron de explicarse. En realidad, su amor no era sencillo. Él padecía claustrofobia, y ella, ágorafobia. Era sólo por eso que fornicaban en los umbrales.

Mario Benedetti.

jueves, 5 de abril de 2007

Cemento


Se detuvo el curso del agua
Y murió no nacido el murmullo
Del fluir de la vida al cobijo
De tarajes y olmedos sombríos.

Se quebró del salmón el periplo,
Retador del embate de los rápidos, triunfante
Por la fuerza conferida por la estirpe;
Y un grano de arena,
En pos de vocaciones marineras,
Fugitivo de un granito de siglos,
Pierde, cautivo del limo, para siempre
El abrazo salobre de las olas al ocaso.

La campana de la vieja iglesia
Suena en su herrumbre fantasma
Por abismos ahogados de silencio;
Y el bosque
Lleva en su tumba prendidas
Marmóreas letanías de progreso.

Juan y María arrastran,
Con la escasa fuerza de sus lágrimas resecas,
La yerma saudade melancólica
De escenarios de vida desahuciados;
Y el río
Muere en vida
Como amor
Con el corazón quebrado.

(Y allí, a lo lejos,
Un desierto de cemento).

"La dorada" y "La cena del condenado"

La dorada


Él no era más que un transgresor. Por su cumpleaños, le regaló un poema fundido a las vísceras de un pescado. Ella lo limpió, concienzudamente, y lo hizo al horno. Con mucha sal, como mandan ciertos cánones.


La cena del condenado


Tómese una dorada bien fresca (no ha de tener en sus ojos esa turbidez propia que se desprende con las lágrimas resecas de los muertos).


Introdúzcansele unos versos -a ser posible propios y que no estén impregnados de ese regusto evidente a plagio, tan característico de ciertos poemas- todo lo cerca que permita la esencia de los jugos biliares del pez, sin que alcancen a contaminarse mutuamente.


Agregar un poco de vinagre, y dejar macerar durante unas horas (es preferible que sean horas de sesenta minutos y que cada minuto se desparrame durante sesenta segundos hasta su último suspiro -o tictac, que, para el caso, viene a ser lo mismo-).


A continuación, proceder a limpiar bien el resultado, si es que algo digno de ser limpiado resultase, poniendo especial atención en no quebrar ningún verso, que, a veces, sangran.


Cubrirlo todo de sal y meter al horno, previamente precalentado a temperatura de deshielo, hasta que se haya visto completamente calcinada la cocina.


Entonces, llamar con urgencia a los bomberos, así como a algún especialista en salud mental (por si fuera preciso prestar apoyo psicológico a algún miembro del cuerpo, demasiado sensible).


Tras ser apagado el fuego, tómense los versos, procurando evitar el contacto directo con las manos, colóquense en una fuente de cerámica quebrada, y déjense enfriar por unos años (a ser posible de 365 días, se admite uno más en el caso de los bisiestos).


Finalmente, sírvase bien frío, como plato único, sin entrantes ni postre.


Et voila... Hay quién asegura que, además de poder llegar a resultar delicioso para paladares expertos en sinsabores, no deja de ser un alimento muy completo (ideal para soportar el tránsito interrumpido de aquellos que se dirigen al cadalso y se quedan anclados en el corredor de la muerte).


Bon appétit.



A petición del Kaiman de la Bahía, dejo este relato (La dorada), que tanto dio que hablar en su momento en la web de onubenses. A raíz del mismo, y partiendo de uno de mis comentarios a los comentarios, escribí también este otro texto loco (La cena del condenado), al cual encuadré en el género poético -por encuadrarlo en algún lado- y que publiqué en el Portal de El Recreo.