lunes, 30 de julio de 2018

Paisajes huelváticos (8). Las Marismas y esteros de Isla Canela (Parte primera).(Carlos Parejo)


Hay narraluces que han convertido su lugar natal en un “paisaje literario”, en una “Tierra Mítica”. Por ejemplo, Antonio Muñoz Molina llama “Mágina” a la ciudad de Úbeda.

Pues bien, el escritor Eladio Orta (Isla Canela, año 1957), ha creado su propia toponimia para Isla Canela, a la que bautiza como “Isla de las Retamas”, la isla bañada por la desembocadura del río Anadiagua (Guadiana). Sesenta años viviendo en este lugar le permiten una profunda, esmerada y detallista descripción de su paisaje natural y rural en obras como La isla de las retamas. Editorial Baile del Sol. Editorial Sagunto. Valencia. Año 2013; y Los ojos de los fornecos. Editorial Baile del Sol. Editorial Sagunto. Valencia. Año 2018.

El paisaje de las marismas y esteros de Isla Canela es, a grandes rasgos, el sector este de la desembocadura en forma de delta de uno de los grandes ríos peninsulares, el río Guadiana; marisma que ha estado unida con otra de menor rango como es la del río Piedras. Este delta, como describe el autor, es un paisaje mixto terrestre y marino, ya que: “es una interposición de islas de arenas conectadas a través de regueros pantanosos de fango, donde el caño principal, el de la Mojarra, divide a la Isla en dos lenguas de arena y en medio un salobre cenagal”. Así pues, "el laberinto de caños son como el corazón vivificador que bombea agua dulce a los humedales salobres del interior de la Isla… tragan agua salada y devuelven agua dulce… tan necesaria para la reproducción de los peces…”

Los principales elementos del paisaje de los esteros y marismas de Isla Canela son: los caños, los zapales o fangales inmediatos, los retamares que pueblan los arenales de suelos más secos y ligeramente más elevados, y los cabezos o montículos de arena, así como los arenales y playas de la Costa.

Los zapales y fangales son el medio más inhóspito para el hombre, pues se inundan periódicamente por el ritmo de pleamares y bajamares. Este ritmo marca también el ritmo de la fauna marina y anfibia que reside en su interior y de la fauna depredadora (aves limícolas). Sin embargo, han nutrido de abundante pesca artesana a los habitantes de su entorno: “Las familias de la Isla al final de verano intercambiaban las labores del campo con la de tapaesteros. Tapaban con redes el estero a la vaciante y pasaban la noche alrededor de la candela en los cabezos del San Bruno hasta que nuevamente la marea repuntaba de bajamar y entonces todos se preparaban para la faena. Hombres, mujeres y niños abrazaban el fango atrapando a los peces que las redes habían cercado en su huida. A la vuelta a casa, las marismas olían a fiesta, desembarcaban las redes y las palancas, y repartían los jalabares de pescados entre las familias.”

Frente a éste, los cabezos o pequeños montículos de arena (que antaño poblaban toda la franja litoral de la provincia de Huelva) son “hitos” visuales que permiten orientarse en un relieve tan plano y laberíntico. De ahí que la mayoría reciban nombres que los identifican por sus habitantes. En algunos cabezos se han asentado los chozos y casas desperdigadamente. Otros mantienen su vegetación natural y son refugio de muchos animales en época de temporales o vendavales.

Los “vados” o pasos más fáciles entre dos porciones de tierra firme reciben la denominación local de “pasás” y han sido lugar habitual de caza menor: “Por la Pasá de… cruzaban las liebres el caño de… nadando de una en una, porque si pasaban de dos en dos las esperaba el tío Camaleón con el trabuco. Iban buscando el Camino de la Aguadé para ir a desembocar a las barcias del tío Leandro y despelotarse en los cabezos de la Torre”.

(¢) Carlos Parejo Delgado.

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