
“Mira, Platero, cómo han puesto el río entre las minas, el mal corazón y el padrastreo. Apenas si su agua roja recoge aquí y allá, esta tarde, entre el fango violeta y amarillo, el sol poniente; y por su cauce casi sólo pueden ir barcas de juguete. ¡Qué pobreza!”
Juan Ramón Jiménez
Bajo la luna teñida de arsénico,
Impúdico se yergue el yermo blanco.
La plata de los álamos, perdida,
Y, ya en amarillo, el rosa lejano,
Cincelan sobre el rojo de las aguas
Un lánguido temblor como epitafio
-Los versos del poeta, profanados-.
En la noche, columnas del Averno
Elevan sus colmillos hacia el cielo
Y, ácidas, llueven su estruendo de muerte
Sobre el precario fulgor de un progreso,
Comido en su velamen de agujeros
-Clorhídrico aroma desde el Poniente-.
En las sedes sindicales, no obstante,
Vastas marañas de sonrisas cómplices
Arrancan las pupilas a la aurora,
Robando el aliento a la urbe sin vida.
¿Cómo hacer comprender a los sedados
Que esos sudores, torturas y dogmas,
A veneno esculpidos con su sangre,
Llevan en ellos la urdimbre perversa
Que el horizonte ha mudado en cenizas,
Que arroja los cristales de las urnas
A los pies del galope desbocado
De apocalípticas cabalgaduras
Paridas de la alquimia y de lo fósil?
Bajo la luna teñida de uranio
Cuatro jinetes vestidos de sombra
Cabalgan sin descanso sobre el yeso
Sembrándolo de inquina y ataúdes.-



















