domingo, 13 de julio de 2008

Anónimo evanescente


Pon mi nombre en tu boca.
Mi nombre, no mi lengua
Jugando a simular eternidades;
No mi piel, no mi amor, no una esperanza;
No llamándome a gritos, no cantando
Dulces salmos de arpegios celestiales
Preñados en la excelsa partitura
Que nace en los gemidos compartidos;
Mi nombre en un susurro, mi nombre casi mudo,
Mi nombre bruma, hollín, ocaso, viento;
Mi nombre en la ternura de un suspiro
Que aliente mi dolencia en la distancia
Y alumbre con tu voz mi triste sombra...
Mi nombre,
Vida,

Tan sólo
Mi nombre.

Esquirlas de luna


En la sed del recuerdo, en el pozo del mar, en la sal sin orillas...

En la luna
sin fondo,
lunático sin sueños.

sábado, 12 de julio de 2008

Canallas


Doce / horas –cómo no, de momento-

Para trabajar como putas bestias,

Unas siete para dormir prohibido

Soñar con revoluciones-, y el resto

Poniendo el culo para que ellos hagan

De sucios mamporreros a sus amos.

Y mientras tanto los muy cabronazos

Tocándose a destajo los cojones.


Segmentos (II)


Hipótesis, referida al desprecio,
Formulada a la luz de las ciencias exactas:


La distancia más corta entre dos puntos
-Según lo manifestado en la axiomática
De la geometría euclidiana,
Y aun siendo una longitud sin anchura-,
Está en la línea recta.


(Lástima grande me causa, por tanto,
Que me haya condenado la sal del abandono
A ser ya por siempre un coma profundo).


viernes, 11 de julio de 2008

La sal del desencuentro


Hoy mi desánimo
Se transmuda en pañuelo;
Andén baldío.
Deseo de un hasta pronto
De un tren que hube perdido.
-

Aquel siete de marzo


A veces, cuando tú
Te acercas a mi lado
Y… me hablas,
Sonríes,
Me miras, como…
Si no hubiese existido
Aquel siete de marzo,
Quisiera yo decirte…
¡Tantas cosas!
Cosas sencillas
Como,
Por ejemplo,
“Te echo en falta, aún te quiero,
¿Alguna vez me amaste?...
¿Damos, unidos,
Un largo paseo
Igual que los de antaño?...”
A veces, cuando tú
Te acercas a mi lado
¡Yo quisiera!...
Quisiera,
Pero callo,
Atado ya por siempre
A aquel siete de marzo.
-

Segmentos


Hipótesis, referida al dolor,
Formulada a la luz de las ciencias exactas:

Dos rectas que discurren paralelas
-Según se presume en los postulados
De la geometría proyectiva-,
Terminan por cruzarse en algún punto
Allá en el infinito.

(Lástima grande me causa, por tanto,
Sospechar que tú y yo, tanto ya, sin nosotros,
Carecemos del don de ser eternos).
-

jueves, 10 de julio de 2008

Libertad sin ira, cantábamos


“En la calle, en las aulas,
odiando y aprendiendo
la injusticia y sus leyes,
me perseguía siempre
la triste cantinela:
no sirves para nada.”

José Agustín Goytisolo


Nosotros,
Los hijos de la posguerra,
Creímos ver nacer la democracia.
Muerto el perro –pensamos-,
Acabóse la rabia.
Por aquellos entonces,
Tan ebrios como estábamos de nuevas libertades,
Apenas ni un instante sospechamos
Que hubiese otra camada ya gestándose
Al calor de los votos y las urnas.
Estos nuevos cachorros democráticos
Fueron creciendo con la Transición
Hasta hacer reventar sus pieles de cordero.
Aun así, su apariencia
No recordaba a los perros de antaño:
Aquellas sanguinarias alimañas,
Sarnosas y de dientes afilados,
Con entrañas de infausto paredón
Y aliento como ergástulas.
Estos otros, por contra,
Podían presumir de pedigrí,
De ser los fieles
Y honestos guardianes
De los nuevos derechos ciudadanos
Y el progreso
Social:
Estado del Bienestar, lo llamaron,
Mientras iban lamiendo en la penumbra
La mano codiciosa y el trasero
Del mismo y eterno dueño de siempre.
Y pronto comenzaron los ladridos
De estos chuchos que, unidos en jauría
Por sus leyes dictadas a medida,
Hoy vuelven por sus fueros sin recato
A ponernos mordazas
A mordernos la tierra
A sorber nuestra sangre.
Nosotros,
Los hijos de la posguerra,
Creímos ver nacer la democracia,
Para al fin sólo ser los herederos,
De las sucias perreras de una vil plutocracia.
-

miércoles, 9 de julio de 2008

Espinas negras


Como cada madrugada, desde hace ya no alcanza a recordar cuanto tiempo, atado de pies y manos lo vuelven a colocar de espaldas contra la pared. Una vez más, como en tantas otras ocasiones, declina hacer uso de la venda que le ofrecen a fin de que a duras penas pueda enmascarar su espanto, y acto seguido, clavando sus pupilas en la espesa penumbra que envuelve a sus verdugos, y aferrado con uñas y dientes a la remota posibilidad de que yerren el disparo, sonríe –“la fe mueve montañas, hijo mío”, le repetía sin cesar su madre, aun ya desahuciada de enfermedad, decrepitud y desesperanza.

Tras unos instantes, fraguados de quietud y eternidades, la misma voz inmisericorde de siempre da orden de abrir fuego, y un estruendo de palomas abatidas salpica el horizonte de silencios, al tiempo que, inerme, se va desplomando en cuerpo y alma sobre el abrupto lecho de las horas exánimes y la hierba despojada de rocío.

Al olor de la pólvora, enmudecen los gallos y aúllan los perros con estrépito, y entonces, como cada negro amanecer, vuelve a sentir creciendo en sus entrañas el pavoroso tormento de la piel indemne, mientras desde su alma acribillada y exangüe, a borbotones brotan sin cesar espinas negras. Luego, de nuevo sumido en la hiriente y sombría humedad de su celda, baja una vez más la mirada buscando, y al ver, como cada ocaso, sus huellas descalzas, llora amargamente lágrimas cansadas.
-

Mediodía en el Trópico de Aries


Sus alas mutaron en cera, al sol del mediodía. Sus pupilas de pájaro aterido, ya no comprenden la palabra del viento.
-

martes, 8 de julio de 2008

Calma total


Atado al mástil de su deriva sin alisios, siente a las llamas consumiendo sus raíces. Arde el barco. No hay celeste que atienda a sus gemidos suplicando: todo es abismo y silencio. Pero se vuelve cera y sonríe al tormento. Al menos, no morirá de frío.


La espina amarilla


Aún con sus ojos vivos, abiertos de espanto, la cabeza de la decapitada avanza rodando, hasta quedarse al borde del mármol negro. Su sangre, a borbotones enraizando, penetra la tierra y orada la madera reseca, hasta empapar la médula de la espina amarilla que, clavada en el corazón del vampiro, daba descanso a sus sueños desterrados. Y anegado de celestes y dorados, vuelve a vivir la macabra agonía de sentirse carroña muriendo.
-

lunes, 7 de julio de 2008

Afelio


Poder alzar el vuelo

Sin alas sosteniendo;

Sin gestos,

Sin palabras.

Sin luz, huellas ni viento,

Migrar hacia el sin Norte

Flotando en el cauterio

Que, libres, nos otorga

La muerte del deseo,

La perenne inconsciencia.


La usurera


Qué hipoteca voraz

A asumir por la vida:

Es tanto el interés

Que grava el capital, tan precario, prestado

Que, al borde de su ruina,

Carne se hace de impago.

Y entonces, incoercible, la usurera

Acude reclamando la carroña

Que dio al alma su crédito.


Luna nueva


Ya tan sólo el azar
Brilla leve entre el polvo
Como fatuo amuleto
Contra mi negra suerte.

¿Sólo?

-------------- No / algo más,
De indudable certeza,
Se alumbra desde siempre
En el útero estéril
Del pozo de la noche.
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domingo, 6 de julio de 2008

Alarido


La esencia del poema

No habita en las palabras;

Bien es cierto que en ellas se sostiene:

Son sus piernas, su lengua, sus latidos,

Su carne, su piel, sus huesos, su sangre;

Que son ellas la estela

Que rasga levemente las cortinas del agua…

Mas nunca existirían sin el alma que, en grito,

Se afana en cercenar su garganta al silencio.


sábado, 5 de julio de 2008

Letanía


No me arrebates

La fe en tu Milagro.

Sabes

Que nunca he creído en los dioses

Y que jamás, por tanto,

Me serán otorgados sus favores.

Nada habrás de temer, por consiguiente,

Dejando que a los pies de tus Altares

Entone la sedienta letanía

Que te ruega me acojas

En tu Gloria:

Nunca tu Reino

Será de mi mundo.

Mas deja que hasta el fin de la jornada,

Cuando el ocaso con su negro manto,

Caiga certificando la Quimera

De mis vanas y absurdas esperanzas,

Mantenga mi creencia en el Prodigio

De tus Brazos abriéndome las Puertas

Que llevan al calor y a la dulzura

De tu ansiado Celeste.


viernes, 4 de julio de 2008

Entre crepúsculos



Qué agridulce el temblor de las horas cayendo,
Con sus alas sin vuelo, desde el alba al ocaso;
En las hojas marchitas salpicadas de otoño;
En los huesos del fruto, hechos sed enraizando.

Qué belleza sin par atesora un crepúsculo,
Anegando en su sangre, de un fulgor maculado,
Las praderas nevadas bajo el límpido cielo,
Mientras nace una estrella desde el orto asombrado.

Qué dulzura en las olas y en la risa de un niño;
En la rosa y su espina, en los trinos del pájaro;
Y aunque siendo quimera sin lugar en lo eterno,
Cuánta luz, cuánto amor, nos otorga un abrazo.

Qué ilusión en las huellas que arderán de mareas,
En la piel que humedece la caricia de un labio,
En las manos tendidas cual si puentes de arena,
En la asfixia brutal con que ahoga un orgasmo.

Qué belleza sin par desde el alba al ocaso,
Cuánto amor, cuanta sed, en la piel junto al labio,
Qué agridulce el temblor sin ayer ni mañana,
Qué tibieza, qué luz,

--------------------------------- cuánta…
------------------------------------------------ desesperanza.
-

jueves, 3 de julio de 2008

Antes... ciego que sombra


La bruma perniciosa del ocaso

Que anega desde siempre mi mirada,

Hoy se ha metido hasta el fondo de mi alma.

Nunca pensé que la sal de mi sombra

Pudiese morder la sed de otras alas,

De abismo aniquilándolas.

Pero ha sucedido y, ciego de espanto,

Palpando he rebuscado en mil bolsillos

La trémula y tenue luz opacada

De mis gafas de cerca,

Pensando en poder, quizás, salvarme

Mirando en sus retinas mis adentros.

Mas, al ver lo que he visto,

He quebrado con rabia sus cristales

Y henchido de sus trozos mis pupilas,

Para así no sufrir otra vez la embestida

De herir o ser herido en la mirada.

(No alumbrará nunca más mi crepúsculo

La luz que se ha extinguido entre penumbras

Vaciándole sus cuencas a mi entraña).


Taxi


- Adónde, caballero...


…caballero, le pregunto que adónde.


- La verdad, no lo sé:

Desde hace mucho tiempo

No tengo adonde ir

Ni a nadie que pueda estar esperándome.


- Por qué ha subido, entonces.


- Lo cierto es que tampoco

Sabría que decirle con certeza.


Quizá es que estoy cansado

De tanto arrastrar mis huellas vacías,

Sin nada de valor en los bolsillos.


- De veras lo lamento, caballero;

Mas, si no tiene un óbolo,

Habrá usted de apearse


Y seguir caminando.