
Que sientas en tus carnes el desprecio
Con la violencia que yo lo he sentido,
Que de una vez por siempre a ti te olviden
Aquellos que tuviste por amigos;
Que te desvele en la noche la náusea
Que anega al que se siente muerto en vida,
Que al buscarte en tu adentro, acongojada,
Halles tan sólo pavor e inmundicia;
Que en tu alma se instale la honda tristeza
Que sufre el perro enfermo y desvalido
Que muere de abandono en la cuneta
Sin nadie que lo atienda en sus ladridos;
Que ya nunca más quien hayas querido
Te hable, te escuche, te mire, te piense,
Y así te sientas tú tan yerma y gélida
Cual árbol en las nieves de diciembre.
Mas que al fin cuando pienses sin respiro,
Rota y rendida que no puedes más,
Descubras desde el fondo de tu vientre,
Surgir encendido un odio voraz
Contra quien fuere tu ser más querido.
(Oh, que veneno el rencor tan brutal,
Pero qué dulce, mi amiga, qué dulce).